El Hospital Que Te Sigue A Casa

Capítulo 12: Alta

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😈🖤

No hubo explosión.

No hubo derrumbe.

No hubo gritos.

Lo primero que notaron fue el sonido.

Un perro ladrando a lo lejos.
Un coche pasando.
El viento moviendo hojas reales.

Eco imperfecto.

Humano.

Valeria abrió los ojos.

Estaba en la calle frente a su casa.

La de verdad.

Pintura descascarada en la esquina.
La maceta torcida que siempre olvidaba enderezar.
La cafetera que probablemente seguía odiándola.

Octavio estaba de pie frente a ella.

Respirando.

No clínicamente.

Simplemente respirando.

Se miraron.

Esperando el bip.

El olor a desinfectante.

La luz blanca invadiéndolo todo.

Nada.

Mateo estaba sentado en la acera.

—Bueno —dijo—. Si esto sigue siendo una alucinación compartida, al menos mejoró el presupuesto.

Don Eusebio no estaba.

Y eso era buena señal.

---

Valeria dio un paso.

El suelo no vibró.

No hubo líneas rojas.

No hubo evaluaciones.

Solo gravedad.

Normal.

Se llevó la mano al pecho.

No sentía la presión del núcleo.

No sentía la expansión protectora.

Solo su propio pulso.

—¿Lo sientes? —preguntó Octavio.

Ella asintió.

—Silencio.

Pero no el silencio clínico.

Silencio libre.

---

Entraron a la casa con cautela absurda.

La cocina era pequeña.

Desordenada.

Real.

Valeria abrió el refrigerador.

Sin etiquetas.

Sin advertencias horarias.

—Qué irresponsable todo —murmuró.

Octavio rió.

Y la risa no tuvo eco artificial.

Fue breve.

Suya.

Ella lo miró.

Esperando que algo faltara.

Que la intensidad hubiera bajado.

Que el hospital tuviera razón.

Pero lo que sentía no era menos.

Era distinto.

No urgencia.

No dependencia amplificada.

Elección.

Se acercó.

Lo besó.

No desesperado.

No de supervivencia.

Presente.

Cuando se separaron, ninguno dijo “¿sigue ahí?”.

Porque la pregunta ya no tenía sentido.

---

Esa noche, Valeria soñó.

No con pasillos.

No con camas.

Soñó con su abuela.

Sentada en una silla de madera.

Sonriendo sin dramatismo.

—No todo lo que te protege quiere retenerte —dijo la voz en el sueño.

Valeria despertó tranquila.

Octavio dormía a su lado.

Humano.

Finito.

Libre.

---

A kilómetros de distancia, el edificio de San Benito seguía en pie.

Viejo.

Silencioso.

Sus ventanas reflejaban la luna.

No latía.

No evaluaba.

No intervenía.

Pero en algún rincón profundo, donde se acumulaban historias no resueltas, algo había cambiado.

Un espacio vacío.

Dos expedientes cerrados sin reemplazo.

El hospital no había sido destruido.

Había aprendido un límite.

Y eso, para algo que vivía de retener… era una forma de herida.

---

Días después, Valeria volvió a la cocina.

La cafetera hizo un ruido extraño.

Bip.

Ambos se congelaron.

Silencio.

La máquina terminó de calentarse.

Nada más.

Octavio levantó una ceja.

Valeria suspiró.

Y luego sonrió.

—Si quieres asustarme —dijo en voz alta, mirando el techo— vas a tener que hacerlo mejor.

El mundo no respondió.

No porque no escuchara.

Sino porque ya no decidía por ellos.

Octavio la abrazó por detrás.

Sin contratos.

Sin cláusulas ocultas.

—¿Estamos bien? —preguntó.

Valeria apoyó la cabeza en su pecho.

Pensó en pulseras ardiendo.
En puertas imposibles.
En elegir sin garantía.

—No lo sé —respondió con honestidad—. Pero estamos aquí.

Y esta vez…

eso era suficiente.

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ALTA REGISTRADA
Sin reingreso programado.
Sin seguimiento obligatorio.

Solo vida.




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