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Pasaron tres meses.
Nada explotó.
Nada crujió.
Nada susurró diagnósticos en la oscuridad.
Eso fue lo inquietante.
La vida se volvió… normal.
Demasiado normal.
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Valeria volvió a trabajar.
Octavio volvió a dormir sin hablar.
Mateo dejó de revisar cortinas inexistentes en su baño.
San Benito no apareció en noticias.
No hubo incendios.
No hubo demoliciones.
Como si nunca hubiera existido.
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Hasta que llegó la carta.
No tenía remitente.
No tenía sello.
Solo estaba ahí, sobre la mesa de la cocina.
Papel blanco.
Perfectamente doblado.
Octavio la vio primero.
—Dime que eso es una factura —murmuró.
Valeria no respondió.
La abrió.
Una sola hoja.
Una sola línea.
“Evaluación post-alta programada.”
Silencio.
No fecha.
No hora.
No lugar.
Solo eso.
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Mateo fue el primero en romper la tensión.
—Bueno. Técnicamente dice “programada”. No dice “obligatoria”.
Nadie rió.
Valeria volvió a leer la hoja.
El papel olía a nada.
No desinfectante.
No humedad.
Nada.
Eso era peor.
Octavio se acercó despacio.
—No siento nada —dijo—. No presión. No tirón.
Valeria asintió.
Ella tampoco.
Y ahí estaba el problema.
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Esa noche no hubo sueños.
Hubo algo distinto.
A las 3:12 a.m., Valeria abrió los ojos sin saber por qué.
El cuarto estaba oscuro.
Tranquilo.
Respiración acompasada a su lado.
Todo en orden.
Hasta que escuchó el sonido.
No un bip.
No ruedas.
Un lápiz escribiendo.
Suave.
Constante.
Desde algún lugar que no era la casa.
Octavio también abrió los ojos.
—¿Lo oyes? —susurró.
Valeria no respondió.
Porque ya sabía.
No era el hospital llamándolos.
No era una puerta formándose.
No era una negociación.
Era algo más simple.
Más frío.
San Benito no necesitaba retenerlos.
No necesitaba perseguirlos.
Solo necesitaba observar.
El sonido de escritura se detuvo.
Y una frase apareció en la pared frente a la cama.
No luminosa.
No sangrante.
Sutil.
Como si siempre hubiera estado ahí.
“El alta no implica el fin del expediente.”
Octavio se incorporó.
La frase se desvaneció.
La pared volvió a ser pared.
Silencio absoluto.
Valeria respiró hondo.
No había presión en su pecho.
No había núcleo latiendo.
Solo una certeza incómoda.
—No nos quiere de vuelta —dijo despacio.
Octavio la miró.—¿Entonces qué?
Valeria sostuvo la oscuridad como si pudiera verla.
—Quiere ver qué hacemos sin él.
En algún lugar lejano, demasiado lejos para ubicarlo en un mapa, un edificio viejo permanecía en pie.
Sin luces encendidas.
Sin voces.
Sin pacientes visibles.
Pero en un archivo que no estaba hecho de papel ni de bytes, dos nombres seguían registrados.
No como retenidos.
No como propiedad.
Como caso abierto.
Y debajo de ambos, una nueva anotación:
“Evolución espontánea fuera de entorno controlado.”
“Resultado… pendiente."
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A la mañana siguiente, la carta había desaparecido.
La mesa estaba limpia.
La cafetera hizo su ruido habitual.
Nada más.
Valeria miró a Octavio.
Él la miró a ella.
No dijeron “¿volvió?”.
No dijeron “¿y ahora qué?”.
Solo desayunaron.
Porque si alguien estaba tomando notas…
que tuviera algo interesante que escribir.
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Seguimiento: activo.
Reingreso:no indicado.
Observación:continua.