El hotel

Capítulo 1: El hotel

En la ciudad de Monteverde existía un enorme y lujoso hotel, aunque ya era muy antiguo. Estaba ubicado en la cima de la montaña más alta.
Allí vivía el dueño, que era un solitario hombre mayor. El día que murió, sus hoteles cerraron, ya que no tenía herederos.
Hoy en día, el gobierno quiere evaluarlo con el fin de ponerlo en funcionamiento o demolerlo y construir un nuevo hotel moderno.
Para ello... envió un equipo de dos personas a investigar y documentar todo lo que había, además de su estado.

Antes de llegar a la montaña nos detuvo un hombre de seguridad, pidiéndonos identificaciones y la razón por la que estábamos ahí.
Mi nombre es Elena Rivas. El gobierno nos envió a investigar el hotel; quien me acompaña es Tomás Ferrer, un arquitecto especializado en estructuras antiguas.
Entregué nuestros documentos y el permiso del gobierno. El hombre los examinó con detenimiento, haciendo muecas cada vez que revisaba uno de los papeles.
Nos devolvió todo y mencionó que tengamos cuidado, ya que la montaña se encontraba algo inestable, y la única manera de subir era a pie.
Le di las gracias, deseándole una buena y bonita noche a tan amable señor. Nos dirigimos hacia el pie de la montaña y nos quedamos observándola por unos segundos.
Se veía inmensa desde allí abajo. Nos dimos cuenta de que la única manera de subir era por un camino de tierra; la pendiente se notaba peligrosa, aquel hombre no había mentido.
Las telesillas estaban oxidadas y no parecían nada seguras. Estando cerca de la cima se desató una gran tormenta; el camino comenzaba a sentirse resbaloso y se derrumbaba con el viento.
Tomás fue un caballero al sujetar mi mano y preocuparse más por mí que por él mismo. Al ver su cara de pocos amigos no creí que fuera tan buena persona.

Luego de subir la montaña, corrimos lo más rápido que pudimos hacia el hotel, ya que la tormenta era cada vez más fuerte, y el viento nos empujaba como si quisiera echarnos de la montaña.
Fue muy difícil subir las escaleras de la entrada con semejante ventisca. Una vez dentro del hotel dejamos nuestro equipo en el lobby.
El lugar se sentía muy cálido, como si las estufas estuvieran encendidas hace tiempo. El frío que tenía por estar tan mojada por la lluvia se me pasó enseguida.
Tomás había traído varias toallas y compartió una conmigo. Jamás se me habría ocurrido traer algunas. Creo que es un hombre muy cauteloso, de esos que revisan haber cerrado la puerta a la que acaban de ponerle la llave.

Le agradecí toda la ayuda que me brindó desde que llegamos hasta el momento. Él solo me sonrió y me dijo que era su deber como caballero.
Lo observé de arriba a abajo y le devolví la sonrisa, aunque de inmediato sentí algo de vergüenza. Aclaré mi garganta y le dije:

—Este debió ser un hermoso lugar para hospedarse.

Él dio un paso al frente.

—¿Hola? —preguntó riéndose.

Lo curioso es que la campana de la recepción sonó por sí sola, como si le respondiera. El ruido del timbre llamó mucho mi atención, así que tomé mi cámara y le saqué una foto.
No soy una persona adinerada, así que solo tengo una pequeña máquina a rollo. Es mi fiel compañera; jamás me ha abandonado.
Mi padre me la regaló luego de recibirme de fotógrafa y ha estado conmigo desde siempre.
Avanzamos algunos pasos más cuando, de repente, la recepción del hotel se iluminó. Me pareció extraño, ya que en la época de este sitio no existían ese tipo de lámparas. Creo que me equivoqué.
O tal vez no, ya que Tomás había pensado lo mismo que yo.

—Qué extraño...
—¿Qué es lo extraño? —le pregunté.
—Esas luces no deberían encenderse solas.
—¿A qué le temes, a los fantasmas?
—Este hotel lleva cerrado quince años. La tecnología de aquí no es de las que encienden una luz por sí sola.

Pensé que tal vez algún fusible funcionaba mal y quizás fue casualidad que se haya encendido. No le di mucha más importancia.
Comenzamos a investigar el lugar; destapamos todo lo que encontrábamos cubierto por sábanas blancas.
Sillas muy antiguas en la sala de espera, sillones plateados muy desgarrados. Aunque todo parecía limpio a pesar de estar tanto tiempo olvidado.
Incluso había un trapo amarillo con un aerosol lustrador junto a él. ¿Quién lo habría dejado ahí?

Los pisos de madera rechinaban a cada paso, pero no había una sola mancha de humedad ni de moho.
¿Será que aquel hombre que pidió nuestros documentos también se encargaba de mantener aseado el lugar? Me pregunté.
Es un trabajo increíble, todo parecía estar impecable. Es mucha labor para una sola persona. Me volvería loca si tuviera que limpiar todo este sitio.

—Ten cuidado, los pisos no son muy estables que digamos —me advirtió Tomás.

Asentí con la cabeza, tomé mi cámara y le saqué foto a todo lo que encontraba. La campana fue la primera; busqué el mejor ángulo de los sillones, revisé las sillas buscando cualquier detalle que tuvieran a través de la lente y también al trapo olvidado junto al lustrador.
Las luces titilaron hasta apagarse, supuse que era por el mal clima. Tomás sacó su linterna, aunque no prendía; le dio algunos golpes y la agitó hasta que la luz parpadeó y se encendió.
Comenzó a repasar el lugar con la luz de su linterna, y no pude evitar notar el enorme cuadro que había en la pared. Era la foto de un señor de avanzada edad en ese mismo hotel. ¿Será el dueño del lugar?
A su lado había unos anaqueles que contenían cientos de copas chocando entre sí con el fuerte soplido del viento. Sería una lástima si se rompieran; eran una hermosa antigüedad.
Claro que también tomé su foto. Me resultó extraño que al hacerlo pareciera haberse movido una de las copas. Toqué el hombro de Tomás y se lo comenté, pero él entre risas me preguntó:

—¿A qué le temes, a los fantasmas?

No me gustó la burla, así que tomé mi bolso para buscar mi propia linterna, pero no la veía. Mientras él seguía caminando, revolví todo lo que traje hasta que al fin la encontré. Levanté la mirada y noté que Tomás ya no estaba.
Con un temblor en mis manos, quería encenderla, pero le erraba al switch. Apunté hacia la oscuridad mientras seguía intentándolo. Cuando logré prenderla, él ya no estaba.




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