El hotel

Capítulo 2: Ethan

Cuando subimos al primer piso la tormenta se escuchaba más fuerte. Mi linterna comenzó a titilar, Tomás me la quitó de las manos y le dio algunos golpes con su palma, mientras la insultaba.
—Aquí tienes— me dijo devolviéndomela y lo miré con cara de no entender nada. La tomé intentando ocultar mi sonrisa y comencé a recorrer el lugar con su luz.
Noté que había varios pasillos y las paredes tenían apenas un poco de humedad, debía estar muy atenta para darme cuenta. Les saqué una foto, pero la cámara no llegaba a captarlo.
En el centro de ellos había un enorme candelabro dorado, que colgaba del techo y tenía pequeñas lámparas, además de hermosos cristales en forma de lágrimas.
Desde la escalera, mirando al frente, había un camino cortito, donde estaba la sala de mantenimiento con un letrero blanco que no se distinguía bien, supuse que diría “Solo personal autorizado” con letras rojas o algo similar.
Hacia la derecha había otro camino que daba a un ascensor, aunque sin electricidad no nos era de utilidad. Sus puertas estaban casi cerradas, se podía ver muy poco de su interior y en el suelo había un cartel amarillo,
que decía “Cuidado, piso mojado”. En el de la izquierda se encontraban las reglas del hotel sobre las normas de convivencia y luego las primeras habitaciones, iniciando desde la 101. La luz de la linterna no alcanzaba a iluminar todo el pasillo.

Un carrito de la cocina, cubierto con un mantel blanco y bordes rojos, estaba frente a la primer puerta. Me acerqué con curiosidad, el piso rechinaba aún más que el de la planta baja.
Levanté el cloche del plato y noté que la comida aún estaba caliente, los cubiertos estaban envueltos en una servilleta y había un vino tinto de aquella época.
No entendía por qué en un hotel abandonado habría comida recién hecha —¿será que alguien vive escondido en este lugar?— me pregunté.
Es normal que en un sitio así haya una persona sin hogar, eso explicaría los pasos que oímos en la escalera. Tal vez está asustado, escondido en alguna parte y cree que venimos a sacarlo.
Quise hacerle notar que no éramos malas personas, que no era nuestro trabajo quitarle su espacio.

—¿Hola? ¿Hay alguien aquí? No venimos a echarte, solo estamos investigando.
—¿A quién le hablas? —me preguntó Tomás.
—¿No es obvio? Alguien está ocupando este sitio. ¿Cómo explicas la comida caliente?
—¡Oh! Es cierto —dijo con un tono burlón— alguien cocinó esto y se la trajo a sí mismo en un carrito hasta su habitación.
—Eres muy gracioso, ¿sabías?
—¿Quieres que entremos y le preguntemos?

Intentó abrir la puerta mientras se burlaba de mí, pero al girar la perilla no se abrió. Tal vez esa persona se había encerrado con llave y estaba esperando que nos vayamos.
Terminé por ignorarlo y me fui a la habitación siguiente. Cuando iluminé la numeración, noté que no tenía un dígito, decía 10.
Sin dudas era la 102, ya que se encontraba a pocos pasos frente a la anterior, no le di mucha importancia.

Le faltaba la cerradura, así que estaba abierta. Antes de entrar le tomé una foto para continuar con las pruebas del estado del hotel y también al matafuegos que estaba al lado.
Empujé despacio la puerta, el chirrido de las bisagras me hizo tensar mi cuerpo y cerrar los ojos. Al oír el tope volví a abrirlos con lentitud.
Levanté mi linterna para ver qué había en ese lugar, y solo encontré una cama con colchón y sin sábanas, una televisión de tubo sobre un mueble de madera de un tono claro con varios cajones,
y un pedazo de papel sobre la almohada. Necesitaba fotografiar todo para documentarlo, así que llamé a Tomás para que me ayudara.
—¡Tomás! —le grité. Escuché sus pasos acercarse por mi espalda y continué hablándole sin voltear.

—Oye, ¿podrías iluminar algunas cosas por mí, para yo poder tomarles una foto? —él no me respondió. Me di la vuelta con rapidez y le dije: —¿Estás sordo o qué?— cuando noté que él recién llegaba a la habitación.
—Ya estoy aquí. ¿Qué sucede?
—¿Acaso juegas conmigo?
—¿Me llamaste solo para mostrarme tu enojo?
—Tú siempre estás molestándome. Te acercaste a mí y luego saliste otra vez.
—¡Estás loca, mujer! Yo acabo de llegar, me viste entrar hace un segundo.
—Solo... —Acaricié mi frente— Lo siento, ¿ayúdame, sí?
—¿Qué necesitas?
—Quiero que ilumines algunas cosas para poder tomarles una foto.

Le señalé la televisión, y él la enfocó con su linterna. —¿Podrías hacerlo desde arriba? Ahí sale el reflejo en el tubo—. Él cambió la posición de la luz y tomé la foto.
Enseguida le pedí que iluminara la cama. Él puso la linterna de un lado, se acostó de costado posando sobre el colchón con el codo apoyado y la mano en su cabeza.
Me hizo gracia, así que le tomé una foto. Luego él se quitó y volví a sacar la foto de la cama. Cuando lo hice, la nota sobre la almohada voló y cayó al suelo.
Me acerqué y me agaché para recogerla. Había caído debajo de la cama. Le quité el polvillo que tenía y la leí con la ayuda de mi linterna. Parecían salir de un diario íntimo, estaba escrita a mano con tinta negra, decía:

El señor Ethan está siendo muy amable con nosotros. Llegamos aquí en medio de la tormenta y él nos prestó la habitación 101, sin pedirnos un solo centavo.
Dijo que podíamos quedarnos todo el tiempo que quisiéramos, mi mujer y mis 2 hijas estaban muy contentas de poder descansar luego del viaje que hacíamos.
El hotel es un lugar hermoso y hay mucha gente amable en este sitio. El señor Ethan dijo que nos dejaría la comida cerca de la entrada a la misma hora cada día, que le abriéramos cuando escuchemos el golpe en la puerta.
Es un hombre demasiado atento, aunque muy solitario. Siempre se la pasa lustrando los muebles del lobby.

La hoja estaba firmada por una persona llamada Jack.
—¿Solo escribió eso?— me preguntó Tomás y me quitó la nota de las manos. Yo me quedé pensando por un momento en lo que decía aquel escrito.
¿El señor Ethan sería ese hombre del cuadro en la recepción? Me pregunté. Mientras él releía la nota en voz alta, admiré las cortinas que cubrían la ventana de la habitación. Eran muy suaves y el tubo sobre el que colgaban estaba algo torcido.
Luego de tomar su foto, me dirigí al baño.
Por pura costumbre intenté encender la luz al entrar, suspiré al darme cuenta y me di un golpecito en la frente por sentirme tan tonta.
El baño era hermoso, jamás había visto uno tan blanco. Me acerqué a la bacha y giré ambas perillas. Estaban algo duras, al abrirlas oí el sonido de las cañerías intentando hacer llegar el agua. Luego se escuchó cómo tosía la canilla, soltó un escupitajo de agua sucia seguido de un hilo cristalino, hasta que comenzó a fluir con normalidad. Para mi sorpresa había agua, no solo eso, ¿salía caliente?




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