La puerta de la habitación 101 se había abierto cuando la golpeé. En ese instante las lámparas comenzaron a titilar y se encendieron.
Me quedé observando el pasillo, ya que las luces llamaron mi atención. El ascensor que estaba en el otro camino comenzó a abrirse y cerrarse, sonando su timbre cada vez que se movía la puerta.
Clavé la vista en Tomás, pero él se quedó en silencio, esperando que entráramos al cuarto.
Volví mi atención hacia la puerta, apagué mi linterna y la guardé, ya que no era necesaria. Empujé la puerta con suavidad entrando con la mirada a medida que se abría.
Cuando terminó de abrirse, noté que nadie se encontraba dentro —¿Entonces, no había una persona aquí? —me pregunté— ¿Pero, y la comida caliente de quién era?
Antes de dar el primer paso hacia el interior comencé a llamar para ver si alguien me respondía. —¿Hola? —repetí varias veces. Pero nunca nadie me contestó.
Entré y di un vistazo rápido. A mi izquierda había una cama de dos plazas. Esta, estaba hecha. Encima de ella un bolso negro de mujer. Junto a un tapado de color marrón, parecía ser bastante abrigado.
A la derecha un televisor muy similar al de la habitación 102, de hecho eran idénticos, solo que este se hallaba encendido y solo mostraba interferencia. El sonido estaba a todo volumen así que corrí a apagarlo lo más rápido que pude.
Tomás revolvía el bolso, comenzó a vaciarlo y dentro había: una foto familiar, que detrás de ella estaba escrito “Mi familia”. Un lápiz labial con brillos, un monedero vacío con la foto de dos niñas aunque en la parte de la cara estaban quemadas y no se veían.
Supuse que debían ser las mismas de la foto familiar. Noté que eran gemelas, ambas vestían con el mismo vestido celeste con falda. Parecían tener unos ocho o nueve años de edad. Había otra foto de una mujer de unos cuarenta años en una silla mecedora.
A su lado, un hombre que parecía ser su esposo, también estaban en la otra foto junto a las niñas. El hombre tenía un pantalón negro de jean y una camisa a rayas con varios bolígrafos en su bolsillo del pecho. La hermosa mujer rubia era muy parecida a las niñas,
aunque el vestido de ella era blanco con lunares rojos y en su mano tenía el mismo tapado que estaba en la habitación 101. Al lado de la cama se encontraba la silla mecedora de la imagen, le tomé una foto y en ese momento la luz volvió a cortarse.
—Parece que han fallado nuevamente los fusibles —mencionó Tomás.
—No encuentro mi linterna —le dije mientras palpaba mi bolso.
En ese momento empecé a oír un chirrido de madera. —¿Tocaste la silla mecedora? —le pregunté a Tomás. Pero él me dijo que no. Las luces comenzaron a prenderse y a apagarse con rapidez. Hasta que de repente el foco explotó.
Comencé a buscar mi linterna con desesperación, cuando de pronto la tele volvió a encenderse. Iluminaba un poco el lugar, aunque el sonido de la interferencia era insoportable.
Algo extraño se oía en aquella interferencia, así que me acerqué con lentitud. No quitaba la vista de la televisión.
Cuando llegué a ella, no escuché más el sonido de la silla mecedora. Volteé a mirarla y estaba quieta. Volví la vista al televisor y acerqué mi oído, cerrando apenas los ojos.
De repente se escuchó un grito que me hizo retroceder y la televisión se apagó. Era el grito de una mujer, parecía asustada. Como si algo estuviera a punto de sucederle.
Tomás encendió su linterna, yo estaba sujetándome el pecho del susto. Respiré profundo, tomé mi cámara y le saqué una foto a la tele.
Al observar la imagen, podía ver a la mujer de la foto señalando algo. Di un salto al verla, pero también sentí curiosidad. Le mostré la fotografía a Tomás y esta vez, él pudo ver su imagen.
—Un momento —le dije— es la misma mujer del baño que tocó mi hombro.
—No puedo creerlo —él estaba atónito, mientras yo lo miraba esperando que me diera la razón.
—¿Qué es lo que está señalando?
Ambos observamos la imagen con detenimiento, hasta que Tomás se dio cuenta. Él se posicionó donde estaba la televisión y señaló hacia donde lo hacía la mujer.
Era la silla mecedora... ¿Por qué la señalaría? Me puse frente a ella, me incliné un poco, miré a través de la cámara y le tomé una foto.
Cuando lo hice, volvió a mecerse como si el flash la hubiera empujado.
Tomás se puso a mi lado, esperando que la cámara fuera al menú de fotos. Y ahí estaba ella de nuevo, en aquella silla. Continuaba señalando algo, ¿qué era esta vez?
Ambos nos miramos, esperando que uno decidiera sentarse en ella. Respiré hondo, y tomé valor para hacerlo yo, pero al bajar para sentarme, él me agarró del brazo y me dijo que él lo haría.
Le mencioné que yo podía hacerlo, necesitaba ser valiente. Así que él me soltó con lentitud. Me senté en la mecedora y señalé hacia donde lo hacía la mujer.
Mirando la punta de mi dedo, mientras Tomás iluminaba, noté que apuntaba hacia el baño. Sentí un escalofrío por todo mi cuerpo, ya que fue ahí donde la vi, solo que en la otra habitación.
Enseguida entré en pánico, mi compañero me dijo que esperara allí. Pero le tomé la mano antes de que se alejara y le pedí que no me dejara sola.
Me pidió quedarme tranquila, pero yo no podía hacerlo. Me levanté de la silla y caminé hacia el baño, abrazando su brazo.
Cuando llegamos allí, mi corazón comenzó a acelerarse aún más. Comencé a marearme un poco. Él me apoyó en la pared y empezó a hacer viento con su mano frente a mi rostro.
Intenté calmarme un poco, asentí con la cabeza para decirle que me sentía mejor y me preguntó si estaba segura de continuar.
Volví a asentir, él estuvo de acuerdo y entramos.
La puerta se hallaba muy dura. Tomás usó el costado de su cuerpo para empujarla con fuerza, hasta lograr abrirla.
Tanto la ducha, como la canilla del lavabo estaban abiertas, el agua salía con mucha presión y el baño se inundaba con vapor.
Él se acercó haciéndome distancia con su mano. Cerró la canilla, corrió la cortina de baño y cerró la ducha.