El hotel

Capítulo 4: Atrapado

Me desperté exaltada, con la vista nublada, la respiración pesada y sentía mucho calor.
Tanteé con mis manos y me di cuenta al instante de que estaba sobre una cama sin sábanas.
Me refregué los ojos con las falanges de mis dedos índices, mientras parpadeaba e intentaba distinguir lo que había y qué lugar era.
Llamé varias veces a Tomás, pero no me respondía. Luego, sentí que alguien se acercó a la cama y se sentó a mi lado.

—¿To... Tomás? —pregunté, seguía sin contestarme.

Él acomodó el cabello de mi frente. Sus manos se sentían descuidadas, como si tuviera muchos callos, se sintió bastante desagradable.
Comencé a desesperarme, seguía sin poder ver bien, temí haber perdido la vista y los ojos me dolían.
Continué parpadeando mientras fruncía el ceño, pero no podía recobrarla.
Él continuó acariciando mi cabello, hasta que en un momento me sujetó con fuerza.
De repente, ya no estaba en la cama, sino metida dentro de la bañera, mientras él intentaba ahogarme.
Pataleé, quería quitar su mano de mi cabello, pero su puño estaba bien cerrado y era muy fuerte. Arañé sus brazos lo más fuerte que pude.
Luego, intenté arañar su cara, pero no lo alcanzaba, sentía cómo el agua entraba por mi boca, mi nariz y llenaba mi cuerpo.
Mis pulmones estaban repletos de agua, pude notar cómo mi vida abandonaba mi cuerpo, que convulsionaba y mis ojos perdían su brillo.
De repente... me desperté nuevamente, me levanté enloquecida. Golpeé a quien tenía delante de mí con todas mis fuerzas.

—Oye, cálmate, cálmate, soy yo —me decía.
—Suéltame, suéltame —le repetí mientras me alejaba de la cama.
—No estoy tocándote, tuviste una pesadilla.

Comencé a llorar sin poder detenerme, no entendía qué estaba sucediendo. Noté que era Tomás realmente, quien me hablaba y había golpeado.
Empecé a toser sujetando mi garganta con ambas manos, me sentía ahogada, las imágenes de aquella pesadilla donde me metían al agua pasaban por mi mente.
Una y otra vez revivía ese momento. Caí al suelo de rodillas, mientras continuaba tosiendo.
Tomás se acercó a mí y comenzó a palmear mi espalda con fuerza, hasta que por fin pude respirar con normalidad.

Di un salto para abrazarlo lo más fuerte que pude, le pedí disculpas por haberlo golpeado. A él no pareció importarle, sabía lo alterada que estaba.
Él no me abrazaba, supuse que por no aprovecharse de la situación, tomé sus brazos y lo obligué a que me abrazara. Estaba muy asustada, todo lo que quería
en ese momento era un fuerte abrazo. Jamás en mi vida lo había necesitado tanto.

Al rato, luego de calmarme, me senté sobre la cama, tragué saliva con dificultad y comencé a explicarle lo que me había pasado.
Él me insistió en que solo era una pesadilla, me contó que me había desmayado y me dejó descansar en aquella cama en la habitación 102.
Le pregunté si había visto a la niña del ascensor y me dijo que no había visto nada. Que era mi mente jugándome trucos por el lugar, que eso era todo.
No podía ser todo, le insistí varias veces que no podía serlo todo. Le pregunté sobre las fotos que mostraban a una mujer señalando lugares, no supo qué decirme a eso. Él había podido ver a la mujer de las fotos.

—Yo no estoy loca y tú lo sabes.
—No es lo que quise decir, solo quiero que estés tranquila.
—Si eso quieres, entonces ayúdame a investigar qué es lo que sucede aquí.
—Está bien, eso haremos.

Él estuvo de acuerdo en investigar por qué sucedía todo esto en este hotel.
Respiré muy hondo para poder calmarme y continuar con la investigación.
Luego... le mencioné que debíamos continuar revisando este piso, aún debíamos mirar las otras habitaciones antes de subir al próximo piso.
No debíamos olvidar que estábamos ahí para documentar el lugar, era nuestro trabajo.

Me acerqué a la salida de la habitación, giré la cabeza muy despacio hacia el ascensor esperando no encontrar nada.
Mi cuerpo estaba muy tenso, temblaba y rezaba no ver nada, ni a nadie. Levanté mi linterna hacia el ascensor, manteniendo los ojos cerrados con fuerza.
Los abrí muy despacio y con lentitud. Al notar que el ascensor estaba vacío, o al menos lo poco que se veía, di un gran suspiro y por fin pude relajarme un poco.

Di la vuelta y continué el camino, revisando cada cierto tiempo que Tomás siguiera mis pasos. No quería perderlo de vista, me sentía muy frágil y tenía miedo de que algo me pasara.
Jamás había sentido tanto miedo en mi vida. Necesitaba frenar, bajar un poco mi cuerpo sosteniéndome de mis rodillas y respirar un poco para poder continuar. Me sentí una carga para Tomás, necesitaba ser más fuerte.
Llegamos a la habitación 103, acerqué mi mano a la perilla y me detuve centímetros antes de poder tocarla, mi mano temblaba y no podía moverla.
Me repetía a mí misma en mi cabeza: "Vamos, tú puedes... hazlo". Pero jamás logré abrirla.
Tomás me hizo a un lado y abrió la puerta él. Entró sin dudarlo, se paró en el centro de la habitación vacía y alzó los brazos a los lados.

—Aquí no hay nada, puedes estar tranquila.

Asentí con la cabeza y, de repente, el piso sobre el que estaba parado Tomás cedió. El suelo atrapó su pierna, noté que le dolía demasiado, pero no soltó ni un grito. Estaba siendo fuerte, solo por no asustarme.
En cuanto quise acercarme, él extendió su brazo. No quería que me acercara y el piso se rompiera aún más. Le pregunté qué debía hacer, me dijo que mantuviéramos la calma.
Comenzó a intentar levantarse, pero la madera se había clavado en su pierna un poco. Si intentaba zafarse, solo se lastimaría aún más.

Miré hacia otro lado tapándome la cara de inmediato, él no tenía más opciones que pedirme ayuda. Volví la mirada poco a poco y comencé a dar pequeños pasos hacia él.
"Con calma", me repetía casi en un susurro. Cuando llegué a él, no sabía qué hacer, más que intentar jalarlo, pero eso empeoraría la situación.
Me pidió intentar romper el suelo un poco, donde su pierna estaba atorada, y liberarlo.




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