El sonido del despertador no era una invitación al éxito; era una agresión acústica de banda ancha.
Alexa estiró un brazo pálido fuera de las sábanas, apagó la alarma de un manotazo y se quedó mirando el techo de la habitación durante diez minutos exactos. Su rutina matutina carecía de misticismo. Se bañó con el agua lo suficientemente caliente como para empañar el espejo, se cepilló los dientes y se despertó con un café instantáneo que sabía a polvo quemado. Todo esto lo hizo envuelta en una toalla gris de algodón rústico. No tenía apuro por vestirse. Estar en toalla era su única trinchera contra el tiempo de la empresa.
Para Alexa, comer bien no era negociable; era el núcleo duro de su ”yosismo“. Se tomó su buen tiempo para cocinarse un desayuno de reyes, algo delicioso, crujiente y perfectamente sazonado, disfrutando de cada bocado en el silencio de su mesa. No tenía plantas en el rincón de la ventana. Ni un mísero cactus. Alexa consideraba que mantener sus propios órganos vitales en funcionamiento y garantizarse esa comida rica de las mañanas ya era una carga administrativa suficiente como para encima andar gestionando el ciclo de vida de una planta. No le gustaba atarse a nada. Tampoco a la gente.
Había tenido un par de parejas sentimentales en el pasado, pero todas habían terminado porque el espacio ajeno le resultaba invasivo. Le gustaba estar sola, le gustaba ser libre, y el silencio de su casa le parecía un lujo que había heredado de la manera más práctica posible: cuando sus abuelos murieron un par de años atrás, le dejaron la propiedad. Sin hipotecas, sin alquileres, sin el esfuerzo titánico de encadenarse a un banco por treinta años. Mantenerla limpia ya requería bastante energía, una energía que dosificaba con precisión para que le alcanzara para su empleo como dependienta en la tienda de conveniencia.
El trabajo era un desfile diario de misantropía. La fauna urbana que cruzaba la puerta automática era capaz de agotar la paciencia de un santo, pero nadie en el vecindario alcanzaba las altas cumbres de impertinencia de Marta.
Era jueves, lo que significaba que era el día de Marta.
La mujer entró a las once de la mañana, arrastrando los pies y cargando una botella de jugo de naranja de un litro por la mitad. Apoyó el envase plástico sobre el mostrador con un golpe seco.
—Está vencido —dijo Marta, cruzándose de brazos.
Alexa miró la botella, luego miró a Marta. El sello de seguridad estaba roto y la tapa chorreaba un líquido pegajoso.
—Señora Marta, el jugo no está vencido. Y aunque lo estuviera, ya lo abrió y se tomó la mitad. No puedo hacérselo cambio si ya lo consumió. Son las normas.
—A mí no me hables de normas, niña. El gusto es rancio. Quiero hablar con tu supervisor.
Alexa respiró hondo, dejando que el aire frío del aire acondicionado le llenara los pulmones. En su mente, una hermosa fantasía en la que Marta caía accidentalmente dentro de una trituradora de carne industrial le devolvió la sonrisa plástica de empleada del mes. La gran ironía del asunto es que en esa tienda no había ningún supervisor. Los dueños eran una corporación fantasma que solo aparecía en los recibos de sueldo y ella era la única entidad humana en tres cuadras a la redonda.
—Por supuesto, déjeme revisar en el depósito —dijo Alexa.
Caminó hacia atrás, esperó tres segundos detrás de la puerta de madera, regresó con una botella nueva y fría, y se la entregó a la mujer sin decir una sola palabra. Marta agarró el botín con un bufido de victoria boba y salió de la tienda. Alexa anotó la pérdida en la planilla de mermas bajo el concepto de “rotura”, pensando que en realidad debería llamarse “impuesto por no cometer un homicidio”.
Para evitar volverse loca durante las horas muertas, Alexa dependía de la televisión de tubo que colgaba en la esquina superior del techo, empotrada en un soporte de metal oxidado. El control remoto había desaparecido hacía tres meses, así que la única forma de interactuar con el aparato era subirse a una banqueta para enchufarlo o desenchufarlo directamente de la pared. Estaba clavado en el mismo canal estatal de documentales aburridos. Era su ruido blanco, su anestesia auditiva.
Ese jueves en particular fue una plancha absoluta. En seis horas de turno solo entraron dos clientes. Aburrida hasta las lágrimas, con los codos apoyados en el mostrador, Alexa levantó la vista hacia la pantalla. Un locutor con voz de barítono empezó a explicar la Paradoja del Hotel Infinito de David Hilbert.
La pantalla mostraba animaciones rústicas de pasillos que no terminaban nunca y puertas con números digitales. El locutor explicaba con fascinación matemática cómo un hotel de infinitas habitaciones, incluso estando completamente lleno, siempre podía albergar a infinitos huéspedes moviendo al ocupante de la habitación n a la habitación n+1.
Alexa arrugó la nariz. Su cerebro de cajera rechazó el concepto de inmediato de manera puramente logística.
“Qué soberana estupidez”, pensó, mientras miraba el gráfico. “¿Pasillos infinitos? ¿Cómo carajo limpias eso? El presupuesto en trapos de piso y cloro dejaría en quiebra a cualquier administración. ¿Y de dónde viene la mercancía para el desayuno? El depósito de ese lugar tendría que ser una aberración descomunalmente insoportable. Los matemáticos no trabajaron en atención al público en su puta vida.
Apagó la tele desenchufando el cable de la pared con un tirón seco cuando terminó su turno, pero la duda le quedó rebotando en la nuca como un mosquito encerrado.
Al llegar a su casa, por puro ocio y aburrimiento, prendió la computadora de escritorio. Alexa era una analfabeta tecnológica por elección; le importaba tres carajos el software, las actualizaciones o la privacidad digital. No sabía lo que era una VPN ni le interesaba aprenderlo. Abrió el navegador común y corriente y, en lugar de buscar artículos científicos, terminó hundiéndose en el pozo ciego de Gajoo Respuestas, ese foro prehistórico donde la gente todavía dejaba preguntas flotando en la web.