El Hotel Infinito

El Transductor

El espacio no se comportó como una puerta normal. Al dar el paso hacia adelante, Alexa no cruzó un umbral; fue absorbida por una hendidura que se abrió en el tejido de la realidad y se selló a sus espaldas sin dejar rastro. Lo que siguió fue un trayecto indescifrable: un camino raro donde veía y no veía al mismo tiempo, una distorsión sensorial que en su cabeza se prolongó durante una eternidad asfixiante, aunque en el tiempo real no hubiesen transcurrido ni dos segundos.

Cuando el mareo cesó, Alexa parpadeó y se encontró de pie en medio de un recibidor monumental.

El lugar era de una elegancia imponente, casi obscena. El suelo estaba revestido por una especie de mármol en tonos crema que brillaba como el agua, reflejando el inicio de unas escaleras señoriales que subían y se perdían en lo alto de las escaleras. Alfombras rojas con ornamentos dorados cruzaban el salón, amortiguando los pasos de una fauna que el cerebro de Alexa simplemente no estaba preparado para procesar.

Había robots botones moviéndose con precisión mecánica y especies totalmente inenarrables, criaturas con formas y extremidades que el ser humano no podía comprender y que desafiaban cualquier lógica biológica.

—Hola, 42. Me llamo Steve.

Alexa dio un salto del susto. Frente a ella, detrás de un gigantesco mostrador de madera oscura, estaba un androide— un robot lo suficientemente avanzado como para simularlo— que vestía un traje impecable. Tenía una amabilidad plástica y cansada, la típica expresión de alguien que está sosteniendo el turno de la tarde y ya quiere volverse a su casa. Según las medidas de tiempo de la Tierra que parpadeaban en una pantalla auxiliar, eran alrededor de las 16:00.

Alexa, que todavía sentía el gusto a croissant rancio en la boca y la presión del pipí en la vejiga, lo miró con los ojos abiertos como platos.

—¿Quién carajo es 42? Yo soy Alexa —soltó, con la voz rara por la confusión—. No entiendo qué hago acá.

Steve parpadeó con un leve zumbido electrónico, revisando una planilla digital.

—Ah, perdón, Alexa. Te confundí —dijo, sin perder la parsimonia burocrática—. Estás aquí para ser la nueva encargada del Hotel Infinito.

—¿Encargada? ¡Yo no soy encargada de nada! —Alexa se abalanzó sobre el mostrador, estiró los brazos y agarró a Steve de las solapas, zarandeándolo con la fuerza que le devolvió la indignación—. ¡Yo trabajaba en una tienda de conveniencia normal donde vendía muchas cosas y después me iba a mi casa! ¿Cómo regreso a casa, Steve? ¡Dime cómo vuelvo!

Steve ni se inmutó por el sacudón. Con una paciencia infinita, le desprendió los dedos de la solapa uno a uno.

Esta es tu casa ahora —respondió él, señalando el elegante e incómodo uniforme que ella llevaba puesto—. Y tienes el uniforme de la gerente, así que no puedes decir que no lo eres. Las normas son las normas.

Antes de que Alexa pudiera encajarle una bofetada en su perfecta cara de silicona, Steve frunció el entrecejo simulado, notando algo en la vestimenta de la joven.

—Tienes mal puesto el dispositivo— comentó, estirando una mano hacia el cuello de Alexa.

—¿Qué cosa? Suéltame...

—Es un transductor —explicó Steve con total naturalidad, mientras manipulaba el pequeño objeto metálico de textura casi orgánica—. Te permitirá comunicarte con cualquier tipo de ser vivo o no vivo que tenga la capacidad de expresarse, mediante cualquier tipo de sentido, incluso aquellos que los humanos no poseen. Podrás notar sus cambios de humor, intenciones y mucho más. Permíteme.

Steve le colocó el dispositivo directamente en la nuca.

El efecto fue devastador. En el milisegundo en que el transductor hizo contacto con su piel, una serie de microagujas se engarzaron con un chasquido seco en su columna, conectándose directamente a su sistema nervioso. Alexa soltó un grito ahogado. Un dolor eléctrico, agudo y ramificado, le recorrió el cuerpo desde la espina dorsal inferior hasta las pestañas.

De golpe, el silencio de su mente se rompió en un millón de pedazos. Empezó a sentir infinidades de voces superpuestas, pensamientos ajenos que no le pertenecían, ráfagas de sentimientos hostiles, solicitudes de servicio, quejas de habitaciones y sensaciones ultra sensoriales de criaturas de otras dimensiones. La cantidad de información era tan abrupta, tan gigante y violenta, que sus piernas cedieron.

Alexa cayó de rodillas, agarrándose la cabeza, completamente dominada y aplastada por el caos información que le inundaba el cerebro.

—Oh, vaya. Siempre pasa con los nuevos —comentó Steve, saliendo del mostrador para levantarla del suelo con delicadeza robótica.

La sentó en la silla giratoria detrás del mostrador mientras se volvía hacia la fila de clientes —tanto orgánicos como mecánicos— que esperaban en la recepción.

—Mil disculpas, señores —dijo Steve, haciendo una reverencia general—. La nueva gerente está iniciando el día de hoy y todavía no está acostumbrada a tal cantidad de información. Agradecemos su paciencia.

Mientras Alexa intentaba respirar, reteniendo las lágrimas y aferrándose a los bordes de la silla para no volverse loca, un segundo robot apareció en el salón. Este no era humanoide; era un aparato funcional, una especie de maquina inteligente que empezó a guiar a los huéspedes recién llegados. Los colocaba sobre una especie de placa azul brillante empotrado en el suelo del recibidor. Apenas la criatura o el robot pisaba el círculo, la placa se activaba con un destello y los huéspedes eran movidos de esa manera, teletransportados directamente a habitaciones vacías que se adecuaban automáticamente a las necesidades biológicas de cada uno.

Desde el suelo, con el transductor vibrando en su nuca, Alexa comprendió dos cosas; que el infinito real era muchísimo peor que el de los foros de internet, y que seguía teniendo unas ganas espantosas de ir al baño.



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Editado: 30.06.2026

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