24 de marzo
Querida Afrodita,
Sé que no son horas para molestar, considerando tu condena y la hora o el día en que llegues a leer esta carta. Antes que todo, me disculpo por las letras o líneas desequilibradas; es debido a una herida en mi mano derecha, una que se niega a cicatrizar, de la cual te comentaré luego. Pero no es la única herida, ni la más profunda. Hay otras, invisibles, que ahora han encontrado una forma grotesca de manifestarse. Y tú, mi querida Afrodita, eres la musa involuntaria de esta macabra sinfonía.
Quiero que sepas que me dolió saber que no tendrás libertad por los años venideros. Me cayó de sorpresa, realmente no me lo esperaba. Son días ligeramente pesados y aburridos, sin que mi querida amiga toque mi puerta y, al salir, me robe los chocolates de la mesa. Pero es que tú eres como un pequeño pueblo: lleno de caos y malas decisiones. Sí, ya te imagino moviendo la cabeza de lado a lado, extendiendo las manos y diciendo: “¡Este hombre y sus berrinches, Dios...!”. Pero me das motivos para hacerlo. Porque, Afrodita, ¿qué demonios te pasaba por la mente cuando hiciste eso? ¡Sí...! Sé que “Dios”, tu dios, se escribe con inicial mayúscula, pero es mi yo interno —al que no le importa eso— quien escribe, así que deja de pensar “Dios le dará una lección”, porque, sea lo que sea ese ser o construcción del miedo, no se compara a lo que ya experimento.
Me mudé a tu apartamento hoy, domingo 24 de marzo. Prácticamente hace unas horas. Por cierto, estaba muy limpio y ordenado, ¡no me lo imaginé así! Lo había recreado sucio, con hojas secas y fundas de comida rápida. Pero en vez de eso, me encontré con unos muebles limpios y un estante lleno de libros, algunos más turbios que los títulos de escenas pornográficas. Sin embargo, me alegró que entre ellos estaba el libro que te regalé en tu fiesta de cumpleaños. Si mal no recuerdo, era el número 19. ¡Hahaha! Recuerdo que odiabas que te recordara tu edad, y tú me jodías diciéndome “anciano”, como si eso fuera una ofensa. Y no, para mí era un halago.
Pero en serio me alegra bastante. Espero que sí lo hayas leído, porque decía muchas cosas que no me animaba a decirte. Varias veces te repetí que mi forma de querer era escribiendo, y si el querer se midiese por las páginas de ese libro, pues ya debes saber cuánto te quiero. ¡Pendeja!
Pero el tema aquí es que este domingo fue un día de sombras y complejos, el que da motivos a esta carta. Antes de venir aquí, en mi anterior apartamento —¡qué apartamento! mejor decir hogar de ratas y mugre— de verdad estaba harto de vivir allí. Justo después de llamar a tu mucama y decirle que ya iba de camino, comencé a sentir náuseas y hormigueos en el estómago. Te confieso que, en vez de sentarme a quejarme del dolor, me acordé de cuando estábamos en casa de tu mamá y, muy al oído, me dijiste que te habías enamorado. Sé que mi cara parecía rara, pero por dentro me moría de la risa. Y cuando le agregaste: “creo que siento mariposas en el estómago cuando lo pienso”, yo te dije: “No, eso son gusanos, seguro tienes parásitos”. Y nos reímos tanto… ¿te acuerdas? Aunque también me acuerdo de que el muy hijo de perra te usó y luego te desechó. Por eso creo que haces las cosas por impulso, decides muy mal con quién arriesgarte a morir.
¡Otra vez me salí del tema! Cuando llegué al edificio, y después de informarle a tu mucama que ya había llegado, subí al ascensor todavía sintiendo la molestia en el estómago. Pero entre el piso 7 y 8, sentí cómo esa molestia empezó a subir hasta mi garganta, no como un vómito, sino como una presión interna, una fuerza que pugnaba por salir. Un ardor. Al llegar al piso 9, tu mucama me esperaba con las manos cruzadas y una sonrisa de esquina a esquina. Me bajé rápidamente, simulé que me amarraba los cordones, y sentí un pinchazo agudo en la palma de mi mano derecha. Al revisarla discretamente, noté una pequeña protuberancia, apenas visible, como un diminuto grano, pero con una textura extraña, casi leñosa. Ella no me preguntó nada fuera de lo normal y cordial. Y yo tampoco. La semilla había germinado. Y con ella, el verdadero horror.
25 de marzo
Afrodita,
La protuberancia en mi mano ha crecido. No era un grano, Afrodita. Era un brote. Un pequeño tallo verde, con dos minúsculas hojas, abriéndose paso a través de mi piel. El dolor es sordo, constante, como si una astilla se hubiera incrustado profundamente, pero con una vida propia. Intenté arrancarlo, pero la raíz parece aferrarse a mis huesos, a mi carne. La herida que te mencioné al principio, esa es. Sangra un poco, un líquido espeso y oscuro, casi savia. Y el olor… un aroma terroso, húmedo, como de tierra recién removida, mezclado con el dulzor empalagoso de algo que no debería estar ahí. Me miro la mano y no reconozco mi propia piel. Es como si una parte de mí se estuviera convirtiendo en algo ajeno, algo vegetal.
Te preguntarás por qué no acudo al médico. Amiga mía, esto me pasa desde los 14 años, aunque nunca de esta forma tan… invasiva. Antes eran solo las náuseas, la sensación de tener algo vivo dentro, pero nunca una manifestación física tan evidente. Nunca te lo comenté, y no quiero que lo veas como un acto de deslealtad o falta de confianza. No te lo había dicho antes porque uno no va por ahí diciendo que siente que le crecen cosas dentro. Siempre me las he arreglado solo. Siempre he sabido cómo reprimir esas emociones estando contigo. Y te lo digo ahora porque no aguanto más, y también para que no me veas como un loco. Porque, Afrodita, estoy perdiendo la cordura. Y mi cuerpo, mi propio cuerpo, se está volviendo contra mí.
Cuando siento que algo va a brotar, me pongo las manos en la zona afectada —por suerte, me pasa cuando estoy solo—. Siento la piel tensarse, estirarse, y luego el desgarro. No es doloroso en el sentido convencional, es una agonía lenta, una violación de mi propia anatomía. Es como si cada fibra de mi ser se resistiera a esta invasión, pero al final, la naturaleza siempre gana. Y cuando pienso en alguien durante este proceso, ese alguien la mayoría del tiempo eres tú, Afrodita, porque no puedo evitar imaginarte riendo si estuvieras aquí y no allá, encerrada. ¿Te reirías de esto? ¿De mi transformación en un jardín macabro? ¿O sentirías el mismo horror que me consume?