La cena había terminado, pero nadie se marchaba aún.
En Valenfort, las decisiones importantes no se tomaban en la mesa.
Se tomaban después.
En el salón principal de la mansión Montreux, las conversaciones se dispersaban en pequeños grupos. Las luces cálidas, el murmullo contenido y el tintinear ocasional de copas creaban una atmósfera de cordialidad estudiada.
Todo parecía tranquilo.
Pero en ese salón se encontraban las cinco familias más influyentes de Corvienne.
Nada allí era casual.
Alessia permanecía cerca de una de las ventanas altas, observando el jardín iluminado. Necesitaba un momento de distancia para ordenar las conversaciones que había escuchado durante la cena.
La puerta del salón se abrió suavemente.
Camille Renaud entró.
Su vestido rojo oscuro era impecable, elegante, cuidadosamente elegido para una noche como aquella.
Caminó con seguridad hacia Alessia.
—Señora Durand.
Alessia se volvió.
—Señora Moreau.
El título no era inocente.
Camille sonrió con suavidad.
—Espero que haya disfrutado la cena.
—Fue muy instructiva.
—Me imagino que sí —respondió Camille—. No todos los días se tiene acceso directo a las cinco familias de Valenfort.
Alessia sostuvo su mirada.
—No estoy aquí por acceso social.
—Claro.
Camille inclinó ligeramente la cabeza.
—Está aquí porque el señor Montreux lo decidió.
Silencio.
Alessia no respondió.
Camille dio un pequeño paso más cerca.
—Debe sentirse… privilegiada.
—No es la palabra que usaría.
—¿No?
La sonrisa de Camille se tensó apenas.
—Curioso.
Porque desde fuera parece que ha captado la atención de Gabriel Montreux con bastante rapidez.
Alessia no reaccionó.
—Mi trabajo ha captado su atención.
—Por supuesto.
Camille observó el salón.
Lucas conversaba con uno de los representantes de Vallencourt.
Rayan hablaba con Henri Montreux.
Gabriel estaba de pie cerca de la chimenea.
Y aunque parecía distraído, su mirada estaba dirigida exactamente hacia ellas.
Camille lo sabía.
Y por eso dijo lo siguiente.
—Debe tener cuidado.
Alessia arqueó apenas una ceja.
—¿Con qué?
—Con creer que los Montreux permiten que cualquiera entre en su mundo.
Antes de que Alessia respondiera, una voz elegante intervino.
—Camille.
Margaux Montreux.
Había cruzado el salón sin que ninguna de las dos lo notara.
Margaux sostenía una copa de vino con la misma serenidad con la que presidía las cenas más influyentes de Corvienne.
—No creo que esta sea la conversación adecuada para una invitada de la casa.
Camille mantuvo la sonrisa.
—Solo conversábamos.
—Lo sé.
Margaux observó a Alessia durante un instante.
No con hostilidad.
Con evaluación.
—Y estoy segura de que la señora Durand tiene conversaciones mucho más interesantes que escuchar esta noche.
El mensaje era claro.
Camille lo entendió.
—Por supuesto.
Dio un paso atrás.
—Disfruten la velada.
Se alejó con elegancia.
Cuando desapareció entre los invitados, Margaux volvió la mirada hacia Alessia.
—En Valenfort, las conversaciones rara vez son inocentes.
Alessia asintió.
—Lo estoy empezando a entender.
Margaux observó el salón.
—Eso es bueno.
Hizo una pausa breve.
—Las personas que tardan demasiado en comprenderlo suelen marcharse muy pronto.
Alessia no respondió.
Margaux inclinó ligeramente la cabeza y se alejó con la misma calma con la que había llegado.
Alessia permaneció unos segundos mirando la copa que tenía en la mano.
—Interesante.
Editado: 21.03.2026