El apartamento no era lujoso.
Pero era perfecto.
Ubicado en una zona tranquila de Valenfort, con ventanales altos y una vista parcial del río, Alessia lo había elegido por una sola razón:
Silencio.
Después de años sosteniendo a alguien más… lo único que quería era paz.
Dejó el bolso sobre la mesa y se quitó los tacones con un suspiro leve.
El día había sido largo.
Demasiado.
Gabriel Montreux.
Su nombre volvió a su mente sin permiso.
Frunció ligeramente el ceño.
No le gustaba eso.
No le gustaba pensar en hombres fuera de contexto profesional.
No después de Daniel.
El teléfono vibró sobre la encimera.
No necesitó ver la pantalla.
Ya sabía.
Suspiró… y lo ignoró.
Pero volvió a vibrar.
Y otra vez.
Y otra.
Alessia cerró los ojos un segundo.
—No.
Lo tomó finalmente.
Daniel (12 llamadas perdidas)
Mensaje nuevo:
“Sé que estás en Corvienne. ¿De verdad crees que puedes desaparecer así?”
La mandíbula de Alessia se tensó.
Otro mensaje.
“Solo quiero hablar.”
Soltar una risa seca fue inevitable.
Hablar.
Claro.
Después de meses manteniéndolo.
Después de pagar renta, comida, gastos… mientras él “buscaba trabajo”.
Después de descubrirlo con otra mujer.
En su cama.
En su casa.
Caminó hacia la ventana.
Valenfort brillaba elegante y distante.
Y por primera vez en mucho tiempo… no se sentía atrapada.
Recordó el momento exacto.
La maleta en la puerta.
Con la ropa de Daniel que ella metio con furia dentro.
La cerradura cambiada.
Su voz firme:
“No vuelvas.”
Pero él siempre volvía.
Con llamadas.
Con mensajes.
Con excusas.
Porque Daniel no la amaba.
Dependía de ella.
Y eso era más difícil de cortar.
El teléfono volvió a vibrar.
Alessia lo apagó.
Silencio.
Por fin.
***
Gabriel no estaba en su oficina.
Estaba en su residencia privada.
Y eso ya era una anomalía.
No trabajaba desde casa.
No mezclaba espacios.
Pero esa noche… no estaba concentrado.
Tenía el informe abierto frente a él.
Y no lo estaba leyendo.
Estaba pensando.
En ella.
Alessia Durand no reaccionó al ataque mediático.
No se defendió.
No pidió ayuda.
No mostró miedo.
Eso no era normal.
Eso era… control.
Apoyó los dedos sobre la mesa.
Había revisado su historial.
Impecable.
Demasiado limpio.
Pero ahora sabía algo más.
Vivía sola.
En un apartamento alquilado.
Sin vínculos visibles en Corvienne.
Independiente.
Y eso le resultaba… inquietante.
Porque las personas así no eran fáciles de anticipar.
Y él necesitaba anticipar.
Siempre.
Su teléfono vibró.
Un informe breve.
“Actividad constante desde número extranjero hacia el teléfono de Durand.”
Gabriel entrecerró los ojos.
—¿Qué es esto?
—Llamadas repetitivas. Insistentes.
—¿Identidad?
—Daniel Ríos. Registro previo en Francia. Sin actividad laboral estable.
Silencio.
Gabriel apoyó el teléfono lentamente sobre la mesa.
Algo oscuro se acomodó en su pecho.
—¿Frecuencia?
—Alta. Persistente.
Gabriel se levantó.
Caminó hacia el ventanal.
Valenfort seguía perfecta.
Pero algo no le gustaba.
Nada.
—Monitoreen.
—¿Intervención?
Pausa.
Gabriel respondió con frialdad absoluta:
—Aún no.
Pero su mente ya estaba trabajando.
¿Quién era ese hombre para insistirle así?
Editado: 21.03.2026