Alessia no regresó a casa directamente.
Caminó.
Sin rumbo.
Valenfort de noche tenía algo peligroso.
Elegante… pero frío.
Como él.
Soltó un suspiro.
—No empieces…— Se dijo a sí misma.
Pero ya había empezado.
Gabriel Montreux no era su tipo.
No lo era.
Demasiado control.
Demasiado silencio.
Demasiado… todo.
Y sin embargo… lo pensaba.
Eso la irritaba.
Su teléfono vibró.
Otra vez.
Daniel.
No contestó.
Pero esta vez dejó que sonara.
Como si ignorarlo no fuera suficiente.
—¿Qué quieres de mí…? — Murmuró.
—Lo mismo que siempre.
La voz no era del teléfono.
Alessia se giró de golpe.
Daniel.
De pie frente a ella.
Desordenado.
Desgastado.
Familiar… de la peor manera.
—¿Cómo…?
—No fue difícil —sonrió—. Siempre eliges lugares tranquilos.
El estómago de Alessia se tensó.
—No deberías estar aquí.
—Y tú no deberías haberme dejado.
Ella soltó una risa sin humor.
—¿Dejarte?
Dio un paso hacia él.
—Te saqué de mi casa.
—Por un error.
—Por una traición.
Silencio.
Daniel bajó la voz.
—Yo te necesitaba.
Eso fue suficiente.
—No —respondió ella firme—. Tú me usabas.
El rostro de él cambió.
—No empieces con eso.
—¿Con qué? ¿Con la verdad?
Daniel avanzó un paso.
—Yo estaba pasando por un mal momento.
—Llevabas dos años en un “mal momento”.
—Porque tú podías ayudarme.
Eso… eso la quebró por dentro.
No visible.
Pero profundo.
—No vuelvas a buscarme —dijo, más bajo.
—No puedes borrarme así.
Daniel alzó la mano, intentando tocarla.
Alessia retrocedió.
—No me toques.
Pero él insistió.
Y entonces—
—Ya fue suficiente.
La voz cayó como hielo.
Gabriel.
No se acercó de inmediato.
No necesitaba hacerlo.
Su presencia llenó el espacio.
Daniel lo miró.
—¿Y tú quién eres?
Gabriel no respondió la pregunta.
Miró a Alessia.
—¿Está bien?
Ella asintió.
Pero su respiración no estaba estable.
Gabriel volvió la mirada hacia Daniel.
Fría.
Precisa.
—Se va a retirar.
Daniel soltó una risa.
—No tienes idea de con quién estás hablando.
Gabriel inclinó apenas la cabeza.
—La tengo.
Silencio.
—Y usted tampoco no sabe con quién está hablando — Algo en su tono… no era amenaza.
Era certeza.
Daniel dudó.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—Esto no termina aquí —murmuró, retrocediendo.
—Para usted sí —respondió Gabriel.
Daniel se fue.
Sin mirar atrás.
Silencio.
La ciudad seguía viva alrededor.
Pero entre ellos… todo estaba detenido.
Alessia se llevó una mano al cabello.
—No necesitaba eso.
Gabriel la observó.
—Sí.
—No.
—Sí.
Silencio.
Ella lo miró con molestia.
—No soy alguien a quien tengan que salvar.
Gabriel dio un paso hacia ella.
—No la salvé.
—Interviniste.
—Porque era necesario.
—Para ti.
—Para la situación.
Silencio.
La tensión creció.
—Siempre haces eso —dijo ella—. Decides por los demás.
—No.
—Sí.
Lo miró fijamente.
—Decides qué es mejor. Qué se hace. Qué no.
Gabriel se acercó un poco más.
—Y suele funcionar.
—No conmigo.
Eso… eso lo detuvo.
Por primera vez.
Alessia sostuvo su mirada.
—No soy parte de tu sistema.
Gabriel bajó la voz.
—No.
Pausa.
—Eres el problema.
El aire cambió.
Ella frunció el ceño.
—¿Perdón?
Gabriel la miró.
Y esta vez no fue análisis.
Fue otra cosa.
—Desde que apareciste…
dio un paso más.
—todo dejó de ser predecible.
El corazón de Alessia latió más fuerte.
—Eso no es mi problema.
—Lo es.
Silencio.
Ella no retrocedió.
No podía.
No quería.
—Entonces aprende a controlarlo.
Error.
Gabriel reaccionó.
No con rabia.
Con decisión.
Su mano rozó la de ella.
No la sujetó.
Pero no se apartó.
—No todo se controla.
Ella lo miró.
Respiración irregular.
—Yo sí.
Y entonces pasó.
No fue lento.
No fue suave.
Fue inevitable.
Gabriel la besó.
Directo.
Sin aviso.
Sin pedir permiso.
Pero tampoco forzando.
Como si hubiera cruzado una línea que llevaba días conteniendo.
El beso no fue suave.
No fue lento.
No fue calculado.
Y eso fue lo que lo hizo peligroso.
Gabriel no besaba así.
No perdía el control.
No actuaba sin pensar.
Pero en ese momento… no pensó.
La besó como si hubiera estado conteniéndose demasiado tiempo.
Y Alessia… respondió.
Ese fue el verdadero problema.
No lo apartó.
No lo cuestionó.
No lo detuvo.
Lo sintió.
El calor.
La presión.
La certeza.
Por un instante… todo lo demás desapareció.
Daniel.
Valenfort.
El trabajo.
Todo.
Cuando se separaron, el aire entre ellos era distinto.
Más denso.
Más cercano.
Más peligroso.
—Esto fue un error —dijo ella.
Pero su voz no tenía la firmeza de alguien convencido.
Gabriel la observó.
Respiración contenida.
Control regresando… poco a poco.
Pero no del todo.
—No.
Esa sola palabra… le tensó algo en el pecho.
Alessia apartó la mirada.
Necesitaba espacio.
Necesitaba claridad.
Porque lo que acababa de pasar no tenía sentido.
No encajaba.
No era ella.
Yo no hago esto.
Se dijo.
No con hombres como él.
No con nadie.
No después de Daniel.
No después de aprender a no depender.
Editado: 21.03.2026