El Imperio del Invierno.

Capítulo 16—El Riesgo de Elegir

Valenfort amaneció distinta.

No más suave, ni más cálida. Pero sí más clara.

Como si el invierno hubiera dejado de ser una tormenta para convertirse en un cristal.

​Alessia despertó antes que él. No estaba acostumbrada a la quietud, a compartir el oxígeno, a no sentir la urgencia de huir antes de que el sol delatara su posición. Pero ahí estaba Gabriel. Dormido. Sin el traje, sin la mirada gélida, sin el peso de su apellido sobre los hombros.

​Parecía real. Y eso la desarmó más que cualquier amenaza.

Lo observó en silencio. La ausencia total de control en su rostro era el regalo más caro que él le había hecho jamás.

—Confío en ti —susurró ella para sí misma.

Fue una confesión peligrosa. Una locura. Pero no se movió.

​Gabriel despertó segundos después. No hubo sobresalto, solo una expansión de sus sentidos al notar que el espacio a su lado no estaba vacío. La vio. Ahí. Sosteniéndole la mirada sin máscaras.

—Sigues aquí —dijo él. No fue una pregunta, fue el reconocimiento de un milagro.

—Sí.

—Pensé que te irías.

—Yo también —admitió ella con una sonrisa triste—. Pero me olvidé de cómo correr.

***

​Horas después, la mansión Montreux recuperó su pulso.

No era una cena; era un veredicto. Gabriel había convocado a la estirpe. Henri y Margaux estaban allí, como dos monumentos a la tradición. Lucas, con su ironía intacta, y Rayan junto a Elara con esa calma que siempre precedía al caos.

​Alessia estaba de pie. A su lado.

Margaux la evaluó con la precisión de un joyero buscando grietas en un diamante. No encontró ninguna. Alessia no bajó la mirada; no buscaba permiso para existir, solo ocupaba su lugar.

​—Entonces, es definitivo —sentenció Margaux.

—Lo es —respondió Gabriel, y su voz no dejó espacio para la réplica.

Henri asintió lentamente. Entendía el lenguaje del poder, y lo que veía entre su hijo y esa mujer era una alianza que nadie en esa mesa podría romper.

—Bienvenida al caos elegante —murmuró Lucas con una chispa de diversión.

***

​Esa noche, la ciudad brillaba desde el ventanal de la torre Montreux. Un mar de luces frías y perfectas.

—Esto no es lo que planeé —dijo Alessia, apoyando la frente en el vidrio.

—Yo tampoco —Gabriel se colocó detrás de ella, sin tocarla, dejando que su presencia la envolviera.

—No quiero perderme en ti, Gabriel. No quiero ser una pieza más en tu tablero.

​Él la obligó a girarse. Sus ojos eran dos tormentas contenidas.

—No eres una pieza. Eres el tablero —él acortó la distancia—. No te voy a dejar perderte, porque yo me perdí contigo hace mucho tiempo.

​Alessia tragó saliva. El aire pesaba.

—Eso suena a derrota.

—Lo es. Para ambos.

​Gabriel la tomó del rostro, con una delicadeza que contradecía su naturaleza implacable.

—He pasado mi vida controlando cada variable, Alessia. Pero contigo... no quiero estar seguro. No quiero tener razón.

Él bajó la voz hasta convertirla en un secreto compartido:

Te amo. Y es lo más peligroso que he dicho jamás.

​El corazón de Alessia se detuvo. No fue una palabra suave; fue una rendición.

Yo también te amo —respondió ella, y sintió cómo se rompía la última estructura que la protegía—. Y me aterra.

​—A mí también —admitió él.

Y la besó.

​No fue un beso de duda, sino de decisión. El invierno no desapareció; Valenfort seguía siendo fría y despiadada. Gabriel Montreux no dejó de ser un estratega, ni ella dejó de ser libre.

​Pero algo había cambiado en el sistema.

Había nacido un punto ciego para el mundo. Un rincón donde el control no servía de nada, porque ahora, por primera vez, ambos habían elegido no tener el poder, sino tenerse el uno al otro.

​En Valenfort, nada cambió.

Y al mismo tiempo, el mundo entero era nuevo.




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