El mundo seguía girando.
Corvienne mantenía su equilibrio precario.
Las cinco familias. Las alianzas. El poder.
Nada había colapsado.
Pero todo era diferente.
Gabriel Montreux no había perdido su imperio.
Simplemente…había reescrito las reglas.
A miles de kilómetros de la frialdad de cemento de la ciudad.
Lejos de las miradas.
Lejos del deber.
Una cabaña de cristal y madera oscura se alzaba sobre un acantilado privado.
Rodeada de nieve virgen.
Frente a un lago congelado que parecía un espejo de obsidiana.
Lujo silencioso.
Absoluto.
Hacía días que el mundo no existía para ellos.
Solo el sonido de la leña crepitando.
Y el ritmo de dos respiraciones que ya no sabían estar separadas.
Alessia estaba de pie frente al inmenso ventanal.
La nieve caía afuera, suave, constante.
Ella vestía solo una camisa de seda blanca.
De él.
Le quedaba grande.
Se sentía extrañamente protegida.
Sobre una mesa de diseño, descansaba una revista financiera internacional.
La había traído Rayan, como una broma pesada antes de que se fueran.
En la portada: Gabriel.
Impecable. Gélido. Los ojos como dagas.
El titular, en letras doradas:
“El Monarca del Hielo: El hombre que nunca tiembla.”
Alessia sonrió. Una sonrisa privada. Lleno de un conocimiento que nadie más poseía.
Sintió sus pasos antes de escucharlo.
El calor de su cuerpo la envolvió por detrás.
Un contraste perfecto con el frío del vidrio frente a ella.
Gabriel la rodeó con sus brazos.
Fuerza contenida.
Apoyó la barbilla en su hombro.
Sus manos, esas manos que firmaban sentencias y movían fortunas, bajaron por la seda de la camisa.
Despacio.
Como si ella fuera algo frágil.
Y al mismo tiempo, lo único sólido en su vida.
—¿En qué piensas? —su voz era un ronroneo grave.
Solo para ella.
Alessia dejó caer la cabeza hacia atrás, buscando su cuello.
—En que el mundo te tiene miedo.
—Mejor así.
Ella se giró en sus brazos.
Quedaron atrapados entre el cristal frío y el fuego de su cuerpo.
Lo miró a los ojos. Esos ojos que en la portada parecían vacíos.
Ahora…
ahora ardían.
—Están tan equivocados —susurró ella.
Rozó con sus labios la línea de su mandíbula.
—¿Ah sí?
—Dicen que no sientes.
Le dio un beso corto. Suave. Tortuosamente lento.
—Que eres inalterable.
Otro beso. En la comisura de sus labios.
Gabriel contuvo la respiración. Sus dedos se clavaron ligeramente en su cintura.
—Y aquí estás tú —continuó ella, su aliento acariciando su boca—. Temblando.
Silencio.
Él no lo negó.
No podía.
No con ella.
Con Alessia, la verdad era la única moneda válida.
—Solo por ti —confesó él.
La voz rota. El control desmoronándose.
—Solo tú tienes el poder de destruirme, Alessia.
La levantó en vilo, como si no pesara nada.
Ella enredó las piernas en su cintura.
—Úsalo —le pidió ella.
Él no la llevó a la cama.
La poseyó allí mismo, contra el cristal, con el invierno como único testigo.
No fue rápido. No fue furioso.
Fue una ceremonia.
Una entrega total de un hombre que nunca se entregaba a nada.
Cada caricia, una promesa.
Cada gemido, una confesión.
El Monarca del Hielo se derritió en sus manos.
***
Horas después.
La chimenea era solo brasas.
Estaban tendidos en la cama inmensa, envueltos en sábanas de lino y mantas de piel.
Editado: 15.04.2026