(Narrado por Ji-Hoo)
Salí de la sala de juntas con paso firme, pero dentro de mí todavía sentía la vibración de lo que había pasado. No lo mostré, no podía hacerlo. En este mundo, cada debilidad es un arma contra ti, y yo había aprendido a enterrar las mías mucho tiempo atrás.
Sin embargo, cuando cierro los ojos, todavía recuerdo la expresión de Min-Ji. Esa mezcla de furia y vulnerabilidad, como si mi toque hubiera arrancado una máscara que ella se había colocado durante años.
Me recargué en la pared de mármol del pasillo y dejé escapar un suspiro, bajo, apenas audible. No era cansancio físico; era algo distinto, más peligroso. Algo que me recordaba que mi plan debía permanecer intacto.
"No olvides quién eres, Ji-Hoo. No olvides por qué estás aquí."
La voz de mi pasado resonaba en mi mente como un eco. Mis padres... la sangre, el fuego, el vacío que dejaron. Todo eso era lo que me impulsaba. Y detrás de esa herencia de dolor estaba ella: Min-Ji. La heredera de Titan. La culpable. O al menos, eso es lo que siempre creí.
Me obligué a recuperar la calma y bajé por el ascensor hasta el estacionamiento subterráneo. Mi auto negro me esperaba en la penumbra, reflejando las luces artificiales. No estaba solo; apoyado en el capó, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa despreocupada que siempre lo caracterizaba, estaba Seo-Joon.
—Llegas tarde —dijo, arqueando una ceja mientras se enderezaba.
—Las reuniones con Titan nunca son rápidas —respondí con frialdad, abriendo la puerta del auto.
Pero él me detuvo antes de que entrara.
—No es la reunión lo que te demoró, ¿verdad?
Lo miré fijo. Seo-Joon siempre me leía demasiado bien. Había crecido conmigo, había visto mis caídas y mis cicatrices. Sabía de mi odio, de mi plan, de mi sed de justicia. Y aunque no compartía mi deseo de venganza, siempre estuvo a mi lado.
—¿Qué quieres decir? —pregunté con voz baja.
Él soltó una risa seca.
—Vamos, Ji-Hoo. Te conozco. Esa mirada... ese gesto de tensión en la mandíbula. Eso no lo provoca un contrato de negocios.
Me quedé en silencio, cerrando los puños a los lados del cuerpo.
Seo-Joon se cruzó de brazos, estudiándome con seriedad.
—La viste, ¿verdad? A Min-Ji. Y algo pasó.
No podía negarlo. No a él. Bajé la mirada por un instante antes de volver a encararlo.
—Sí. Nos quedamos solos. Y me acerqué demasiado.
Él soltó un silbido bajo, incrédulo.
—Dime que no...
—No fue nada —lo interrumpí, con un tono tajante—. Solo un movimiento calculado. Una forma de probarla.
Seo-Joon negó con la cabeza, frunciendo el ceño.
—¿Y qué descubriste?
La imagen de Min-Ji temblando, con sus labios apretados en desafío pero sus ojos brillando con una emoción que ni ella entendía, regresó con fuerza. Ese instante en que no me rechazó, cuando pudo haber gritado, pero no lo hizo. Cuando se quedó allí, como si luchara contra sí misma.
—Descubrí que no es tan intocable como aparenta —respondí al fin.
Seo-Joon me observó en silencio, y entonces habló con voz más baja.
—Hermano... ten cuidado. Ese no era el plan. Tú viniste aquí a destruirla, no a acercarte a ella.
—Lo sé —repliqué con dureza—. Y no he olvidado nada. Min-Ji pagará por lo que pasó con mis padres. Ella es parte de ese imperio podrido.
Seo-Joon suspiró, apartando la mirada hacia el piso del estacionamiento.
—Siempre estuve de tu lado, Ji-Hoo. Desde el día que lo perdiste todo. Pero dime algo... ¿qué pasa si descubres que ella no es la culpable? ¿Qué pasa si la venganza no te da la paz que buscas?
Sus palabras me atravesaron como un golpe invisible. No respondí de inmediato. Porque en el fondo, ese era el miedo que nunca decía en voz alta: ¿y si después de todo... me quedaba vacío?
—No importa —dije al fin, con frialdad—. Titan debe caer. Y Min-Ji con ella.
Seo-Joon me miró con pesar, como si quisiera discutir, pero al final asintió.
—Si ese es tu camino... entonces estaré a tu lado. Aunque no lo comparta, eres mi hermano.
Sentí un extraño alivio en esas palabras. Tenerlo a mi lado era lo único que mantenía mis pies firmes en medio de esta tormenta.
Encendí el motor del auto, dejando que el rugido llenara el silencio. Antes de ponerlo en marcha, miré mi reflejo en el retrovisor. Allí estaba: el hombre que sonreía con frialdad, el que había enterrado su corazón hace años.
Pero en lo más profundo, una voz incómoda me susurraba que Min-Ji había dejado una huella que no debía existir. Una huella que, si no la borraba pronto, podría cambiarlo todo.
Y yo no podía permitirlo.
Continuará...