Min-Ji
La noche me había dejado exhausta. Cuando finalmente decidí salir de la oficina, las calles ya estaban casi vacías y el silencio de la madrugada me acompañó hasta mi casa.
Mi apartamento, aunque lujoso y amplio, me recibía con el mismo vacío de siempre. Ninguna risa, ninguna voz esperándome. Solo el eco de mis propios pasos sobre el mármol brillante.
Me quité los tacones y los dejé caer en un rincón. El espejo del pasillo me mostró el reflejo de una mujer impecable, con el cabello perfectamente peinado y el traje sin una sola arruga, pero detrás de esa imagen solo había cansancio.
Me serví una copa de vino, intentando engañarme con la idea de que el alcohol podría borrar la sensación que Ji-Hoo había dejado en mí. Pero ni una gota pudo hacerlo. Dormí poco, con pesadillas que mezclaban viejos recuerdos con aquella mirada penetrante que tanto odiaba.
La mañana llegó demasiado rápido.
Cuando entré a Titan al día siguiente, llevaba el mismo gesto frío de siempre, pero en el fondo mis pensamientos seguían enredados. Saludé a Lisa con un breve asentimiento y me encerré en mi oficina, fingiendo que los contratos y cifras podían devolverme el control que sentía perder.
Lo que no sabía... era que, en otra parte de la ciudad, mi enemigo tejía su propia telaraña.
Ji-Hoo
El humo del café recién hecho llenaba la sala del apartamento donde me reunía con Seo-Joon. Él estaba sentado frente a mí, con su eterna expresión calmada, aunque sus ojos decían más de lo que su boca callaba.
—Tienes que pensarlo bien, Ji-Hoo —dijo, empujando hacia mí una carpeta gruesa—. A veces la venganza no te da respuestas... solo más preguntas.
Lo miré de reojo, tomando la carpeta sin dudar.
—Yo no necesito respuestas, Seo-Joon. Necesito justicia.
Abrí los documentos y ahí estaba: fotografías, copias de correos electrónicos, registros que parecían apuntar todos a lo mismo. Titan había movido fichas estratégicas poco antes de la tragedia que destruyó a mi familia. Y el nombre de Min-Ji brillaba en tinta negra, como si hubiera sido la pieza central.
Apreté los dientes, sintiendo que la rabia me quemaba por dentro.
—Esto es suficiente —murmuré, con una sonrisa amarga—. Ella sabía. Ella estuvo detrás de todo.
Seo-Joon suspiró y se pasó la mano por el cabello, visiblemente incómodo.
—O... quizá alguien quiere que creas eso. Estos documentos pudieron ser manipulados, Ji-Hoo. Tú lo sabes mejor que nadie.
Levanté la vista y lo observé fijamente.
—¿Estás diciendo que deje esto así? ¿Que viva mi vida como si nada hubiera pasado?
—No —respondió él con firmeza—. Solo digo que tal vez Min-Ji no es el enemigo que piensas.
Me incliné hacia él, dejando la carpeta sobre la mesa con un golpe seco.
—Entonces explícame por qué todo la señala a ella.
El silencio se hizo pesado entre los dos. Sabía que Seo-Joon me apoyaría porque era mi amigo, pero también podía sentir la duda en su voz. Aun así, nada ni nadie iba a desviarme del camino.
Me puse de pie, tomando mi abrigo.
—No importa lo que digas. Haré que pague. Min-Ji me arrebató a mis padres... y yo me encargaré de arrebatarle todo lo que ama.
Seo-Joon Lo observo marcharse con esa mirada oscura que tanto le preocupaba. Ji-Hoo estaba convencido, y yo lo conocía demasiado bien para creer que retrocedería.
Tomé la carpeta y la volví a abrir en silencio. Había algo en esos documentos que no terminaba de encajar. Demasiado perfectos, demasiado fáciles.
"Alguien está jugando con ustedes dos", pensé, pero no lo dije en voz alta. Porque al final, por más que no estuviera de acuerdo, él era mi hermano de guerra, mi amigo. Y lo acompañaría hasta el final, aunque el camino nos llevara al abismo.
dejé los papeles en lugar y me fui para alcanzar a Ji-Hoo.
Continuará...