Caótico es lo que define al mundo en este preciso instante. El aire se cierne de ansiedad, terror, sangre y muerte… mucha muerte.
Los cuerpos de cientos o miles yacen inertes en distintos terrenos. La mayoría siendo cuerpos de humanos; soldados con entrenamiento en la lucha, militares experimentados en la guerra. Todos muertos a causa de rasguños y mandíbulas que destrozador sus cuerpos. El bando opuesto no fue lo esperado, tanto que incluso, civiles debieron volverse guerreros de la noche a la mañana. Intentaron defender sus mundos, su libertad, su tierra… Ninguno lo logro.
Casi todos fueron aplastados, por un bando que atravesó las sombras donde se ocultaban de los ojos humanos, donde permanecían como simples leyendas de historias fantasiosas. Lobos.
La realidad convertida en tristeza y dolor. Los restos de humanos que quedaban ocultos, no parecía ser una dicha continuar con vida. No ante el nuevo destino oscuro que los acechaba.
—La victoria es un fuego que no quema. Se siente como una caricia que enciende el animo, dejándote en paz y no en cenizas —Un hombre montado en su corcel, declaró en medio de calles inquietantemente silenciosas. —La sensación es incluso más gratificante si la consigues con tanta facilidad —Su edad real era burla a sus rasgos maduros, llenos de vitalidad y fortaleza. —Los humanos son débiles sin sus armas. Como siempre: dependientes de algo, no saben dirigir su vida por su mismos—sonrió— ¿No lo crees, Erik?
—Sí, mi Señor —respondió un hombre junto a él, un hombre montado en un blanco equino—. Siempre lo han sido.
Su aspecto descordinaba con el lúgubre ambiente. Más que un guerrero que hace un par de horas masacraba a un ejército, se veía como un ángel de iris celestes y hebras rojizas. Ni la sangre que manchaba su armadura o su piel blanca lo hacía ver menos puro y divino. Él aparentaba la perfección e inocencia.
—El exterminio de una plaga siempre me ha parecido interesante de presenciar; chillan, corren y sufren —carcajeó, tirando de las riendas—. Es divertido en verdad —Se detuvo frente a una alta torreta de energía con varios cables que viajaban a lo largo del aire. —Busca los centros de despacho de carga. Ahí es donde la preciada energía de la que depende bombea. Cortemos su pulso para que sus ciudades se apaguen como velas por un soplo. Quiero a los humanos que quedan, cautivos y controlados.
Con el ceño fruncido, preguntó —¿Mi Señor, no los matará?
—No sería divertido. Además, sirve como un mensaje para mi enemigo. La prueba de como he logrado conquistar a la mayor plaga sobre la tierra.
—Es una actitud misericordiosa. A no ser que se vuelvan nuestros esclavos.
—Para nada. Ver granjas de hormigas es más entretenido. Y también me gusta la palabra “misericordioso” Rima bien con su nuevo Gobernante.
Se coronó así mismo. No solo de su propia especie, sino de una que no le pertenecía, pero ahora por su aguda mente y la fuerza de sus guerreros era suya.
Tarareo sintiendo plenitud por el nuevo reino a su disposición. Tal vez antes la especie humana no formó parte del plan. No era parte del reino que por derecho de sangre le correspondía. Pero a veces nada sale como uno cree que sucederá.
—Sin ser insolente, quisiera pedirle algo, mi Señor —Con tono cauteloso indagó en el tema.
—Adelante.
—Le he sido leal la mayor parte de mi vida. Nunca le he cuestionado nada. He liderado y ganado incontables batallas para el Reino. Yo he…
—Deja la fanfarronería, Erik. Ve al grano.
—Disculpe —No fue igual al resto. No enseño el temor que el resto mostraría como respuesta, porque no lo sentía en realidad. —A lo que quiero llegar es que merezco un puesto a su lado, mi Señor. Me lo he ganado. En esta toma bélica contra los humanos, lo he demostrado una vez más.
Bajar su rostro mínimamente pudo haber sido interpretado como miedo al recibir la mirada profunda de su Señor. No. Bajar la mirada fue por costumbre. La costumbre arraigada al estar delante de todos y cada uno de los Reyes Lycan. En ocasiones por respeto o miedo, en otras por protección como ahora. Protección de los “ojos malditos”.
—Es verdad —sonrió anchamente—. Tu lealtad hacia mi ha sido inquebrantable, digna de admirar —ladeó la cabeza, provocando que un mechón negro azabache de sus ondas abiertas, cayera sobre su frente—. Mereces una muestra de mi gratitud. Mereces un puesto a mi lado.
—Gracias, mi Señor —Una suave sonrisa se desplazó de sus labios rojizos. —No lo defraudaré.
—Lo sé. Y un puesto como el de mi principal consejero es lo que mereces.
Levantó la cabeza, conectando por unos breves segundos sus ojos celestes con los infernales carmín. —Mi señor, no es eso…
—No tienes que agradecerme más —levantó la mano cubierta por un guante de cuero negro—. Es lo que te doy y no hay vuelta atrás. En cuanto al otro puesto…
El resonante sonido de unos cascos contra el asfalto, interrumpió al nuevo Gobernante. No sé disgusto como hubiera hecho con otros, por el contrario, un tenue brillo resplandeció en sus iris carmín apagados.
De entre la densa neblina del amanecer, un jinete sobre un animal negro, emergió. Su figura cubierta por una armadura oscura lo destacaba tanto como su fiero aspecto, tanto como el negro de sus iris.
—Seth —canturreó, incitando a su yegua a avanzar—, déjame felicitarte por haber vencido al ultimo ejército de los humanos. Bien hecho —deteniéndose a un lado del joven lobo, extendió su mano desnuda, rodeando un lado del cuello—. Sabía que no me defraudarías.
Ante tanto alago, no mostró reacción. Se mantuvo distante y frío, incluso cuando hablo. —Todos los altos mandos han caído.—abrió la palma de su mano, donde yacía un dije de oro blanco con un pequeño triángulo de cristal de roca incrustados en un lado—. La especie humana es suya… Majestad —Ese aparente simple cristal significaba más que una joyería. Representaba la caída de un líder importante.
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Editado: 01.05.2026