El beso fue un campo de batalla donde se libraron dos guerras a la vez: la del presente, hecha de labios, café amargo e ira contenida; y la del pasado, cuyo eco familiar —una intimidad que ambos juraron olvidar— tronó bajo la superficie. Cuando Damián se separó bruscamente, dejando el sabor salado de su respiración entrecortada en la boca de Lucía, el frágil presente de la oficina se quebró. Y a través de la grieta, irrumpió, imparable y voraz, la memoria.
La escena se superpuso a esta, nítida y cruel, como un negativo fotográfico revelado a la fuerza.
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CINCO AÑOS ATRÁS.
FIESTA DE NAVIDAD DE LA FAMILIA ROJAS.
Valeria pensó que Damián ignoró a su amiga. La verdad es que, al verla, se quedó mudo. Era joven, sí, pero de una belleza que lo paralizó. Notó la tela del vestido deslizándose sobre sus curvas, el brillo en sus labios, un mechón rebelde jugando en su rostro. No fue grosería. Fue que su cuerpo entero se tensó, redirigiendo toda su conciencia a una reacción intensa y poco decorosa, robándole cualquier palabra coherente.
Pero la verdad —áspera, eléctrica— floreció más tarde, lejos del salón principal. Ahogado por el bullicio de personas influyentes que solo veían en él al heredero, Damián escapó hacia la intimidad de un balcón helado. Allí la encontró. Lucía, igualmente abrumada por aquel mundo ajeno, buscaba un respiro.
Contra todo pronóstico, la conversación fluyó. Ella, con una admiración que derribó su escepticismo inicial, le confesó cómo para su generación universitaria él era un referente: Damián Rojas, con solo 28 años al frente de Vanguard Media, y las campañas visionarias que había dirigido. Él, a su vez, se despojó de la armadura de ejecutivo. Entre el vapor de su aliento en el aire gélido, le habló no como el exitoso hombre de negocios, sino como un hombre común: de sus inicios, de su verdadera pasión por la arquitectura frustrada por el destino familiar, del peso asfixiante de ser solo un peón en el tablero de su padre y del apellido Rojas.
Lucía correspondió a esa vulnerabilidad con la suya. Le habló de su madre costurera en el Poble-sec, de las horas extras para mantenerse, del esfuerzo solitario que dejaba cicatrices para conservar sus becas y de los sueños forjados a pura tenacidad. Fue la conversación más honesta de sus diecinueve años.
Y cuando la noche se deshacía y Lucía buscaba su abrigo para irse, él se acercó en el vestíbulo ya desierto. La miró, y toda la certeza del director ejecutivo desapareció por un instante, dejando al descubierto al hombre del balcón.
—Tengo que volver a hablar contigo—dijo, la voz un poco más áspera por la emoción contenida—. ¿Me darías tu número?
Ella asintió, sin palabras. Él le alcanzó su propio teléfono para que lo ingresara. Al devolvérselo, sus dedos se entrelazaron en un roce breve pero cargado de algo más que no pudoeron descifrar.
La contactó al día siguiente.
Así comenzó lo prohibido.
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Citas furtivas en librerías olvidadas del Raval, donde el polvo de los libros era su único testigo. Cenas en pequeños bares de tapeo donde nadie reconocía al heredero de Vanguard Media. Noches enteras en su apartamento del Barrio Gótico, un caos acogedor de planos de edificios desplegados en el suelo, pilas de libros y el aroma a café y madera vieja. Un refugio construido a escondidas del mundo, donde él era solo Damián y ella, simplemente Lucía.
—Nadie puede saberlo —le susurró él una noche, enterrando su rostro en la curva de su cuello, sus palabras un mantra y una súplica—. Mi familia… mi padre… Valeria… Convertirían esto en un drama, en un cálculo. Quiero que esto sea solo nuestro. Un tesoro escondido. ¿Me entiendes?
Ella asintió en la oscuridad, enamorada no del magnate, sino del hombre vulnerable y brillante que solo existía entre esas cuatro paredes, convencida hasta la médula de que el Damián Rojas público —frío, exigente, distante— era solo una armadura, un disfraz necesario.
Durante ocho meses lunares, ocho meses de risas ahogadas y secretos compartidos, fue perfecto. Fue su verdad.
Hasta que las grietas aparecieron.
Llegadas tarde justificadas con reuniones “inesperadas”. Miradas evasivas cuando sonaba su teléfono. Una sombra sin nombre comenzó a alargarse sobre su burbuja, un peso que él cargaba en los hombros y que se negaba a compartir, sepultando lentamente la luz que los envolvía.
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La última noche en su apartamento, la tensión era un muro tangible entre ellos. El silencio, antes cómplice, ahora era hostil. Lucía lo observó desde el sofá, viendo cómo estudiaba un plano sin verlo, los músculos de su espalda tensos como cuerdas.
—¿Qué está pasando, Damián? —preguntó finalmente, su voz extrañamente calmada en la tormenta que sentía dentro—. Ya no estás aquí. ¿Hay… hay alguien más?
Él se volvió lentamente. Y en sus ojos, durante una fracción de segundo brutal y honesta, ella vio un torbellino de agonía pura, una batalla interna que estaba perdiendo. Fue un destello de verdad, del hombre que amaba. Pero se apagó al instante, sofocado, reemplazado por una frialdad de mármol que le heló la sangre en las venas.
—Esto —dijo, con una voz que no le pertenecía, plana y definitiva— ha sido… un error, Lucía. Un paréntesis. Y los errores, a veces, hay que corregirlos.
“Error”.
La palabra la golpeó en el centro del pecho, con la fuerza contundente de un puño. Se expandió, vaciándola por dentro. Ella, la chica que había luchado por cada cosa que tenía, que le había abierto su mundo con las manos temblorosas, había sido solo un equívoco en la vida meticulosamente planificada del heredero Rojas. La humillación fue un ácido que le subió por la garganta, quemando todas las palabras de amor, todas las preguntas, todas las súplicas que tenía para él.
—Eres la peor clase de cobarde —logró articular, levantándose con una calma que intentaba disimular todo el dolor que estaba sintiendo—. No el que miente, sino el que usa la verdad a medias para no mancharse las manos. Para que la otra persona sea la que se aleje, la que se rompa. Así te libras de la culpa, ¿verdad?