El amanecer comenzaba a teñir de azul pálido el cielo tras los ventanales, arrastrando consigo la cruda realidad. La pregunta de Lucía —¿qué somos?— aún flotaba en el aire cargado de piel, sudor y verdad.
Damián no respondió de inmediato. Su mano, grande y cálida, se deslizó por la espalda desnuda de Lucía con una ternura que no le había mostrado en cuatro años. Era la misma caricia lenta, casi reverente, que solía darle en las madrugadas de su apartamento, cuando el mundo se reducía a ellos y a la promesa tácita de un futuro. Al mirarla, toda la armadura del ejecutivo y del agente se desvaneció. En sus ojos verdes solo quedaba el hombre que ella había amado: vulnerable, agotado y desesperadamente sincero.
—Egoístamente —comenzó, su voz ronca por la noche y la emoción—, quiero esto. Quiero despertar así, contigo aquí, cada maldito día que me queda. Quiero reclamarte como mía frente a quien sea. —Hizo una pausa, su mirada nublando con el peso de lo que venía—. Pero hay una parte de mí, la que te amó hasta el punto de dejarte ir, que prefiere mil veces pensar que estás a salvo. Lejos. Viviendo una vida donde nadie te mire como un objetivo. —Su mano se detuvo en la curva de su cintura, como anclándola y soltándola al mismo tiempo—. Por eso te lo pido, Lucía. Vete de la ciudad. Hoy. Tengo los recursos para esconderte hasta que esto termine.
Lucía lo escuchó, sintiendo cómo cada palabra se clavaba en un lugar distinto de su alma. Una parte de ella, la que había sobrevivido a cuatro años de dolor, anhelaba ese refugio. La paz. Pero la parte más grande, la que acababa de reconectarse con él en cuerpo y verdad, se rebeló.
Se incorporó sobre un codo, enfrentándolo. La sábana resbaló, pero ni el pudor ni el frío importaban ahora.
—Llevo cuatro años fingiendo que te había superado —confesó, su voz un susurro cargado de años de soledad—. Fingí ante Valeria, ante mis citas, ante el espejo cada mañana. Pero el dolor de haberte perdido, Damián, nunca se fue. Era una sombra en cada cosa buena que intenté tener. —Tomó aire, encontrando una fuerza que no sabía que aún tenía—. Y ahora que sé la verdad, que te he tenido aquí de nuevo… ¿crees que puedo irme? ¿Que puedo vivir con el miedo de que algo te pase, sabiendo que podría haber estado a tu lado?
Él abrió la boca para protestar, pero ella le puso un dedo en los labios.
—No. Me escuchas. Tú me pides que elija seguridad. Yo te doy una condición. —Sus ojos, oscuros y serios, lo atravesaron—. Si puedes mirarme a los ojos ahora mismo y decirme que me amas. No como un recuerdo, no como un error del pasado, sino a mí, aquí, con todas las mentiras y el peligro de por medio. Y si puedes jurarme que después de esta misión no habrá más misiones, que tu vida como agente termina aquí… entonces no me iré. Me quedaré a tu lado. No como un damisela a esconder, sino como alguien que puede husmear donde tú no llegas, que puede mover piezas en Vanguard sin levantar sospechas. Te ayudaré a terminar esto. Juntos.
El silencio que siguió fue absoluto. Damián la miró como si la viera por primera vez. Vio la niña brillante que conoció en una fiesta, pero también a la mujer fuerte y feroz en la que se había convertido. Una mujer que, a pesar del dolor, no se había quebrado. Que le ofrecía no solo su amor, sino su astucia y su valor.
—Lucía… —su voz se quebró—. Es un infierno al que te ofreces entrar.
—Ya estoy dentro —replicó ella, sin pestañear—. La única diferencia es que ahora conozco las reglas. Y te elijo. A ti y a esta lucha. Pero necesito saber… ¿me eliges tú a mí? ¿De verdad, y para siempre esta vez?
Damián cerró los ojos por un segundo, como si buscara fuerzas. Luego, los abrió, y toda la resistencia, el miedo y la cautela se desvanecieron. Tomó su rostro entre sus manos, con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de horas antes.
—Te amo —dijo, y las palabras sonaron a juramento antiguo, a confesión liberada después de una larga prisión—. Te amé cuando te dejé ir, y te he amado cada día desde entonces, incluso ahoea cuando no debería. Te amo a ti, Lucía Montero, con todo tu coraje, tu terquedad y esta luz que se niega a apagarse incluso en mi oscuridad. —Una lágrima, singular e inesperada, escapó por su mejilla—. Y juro, por lo que más quiero en este mundo, que esta es mi última misión. Cuando esto termine, solo seré tuyo. Si es que aún me quieres.
Era todo lo que ella necesitaba escuchar. Más que un plan, más que una promesa de seguridad, era el reconocimiento de su lugar en su vida. No como un accesorio, sino como un pilar.
—Entonces no me pidas que me vaya —susurró, acercando su frente a la de él—. Pídeme que luche a tu lado.
Damián exhaló, una larga y tremenda respiración que pareció sacar de su cuerpo años de soledad y peso. Asintió, lentamente, sellando el pacto con un beso suave, distinto a todos los anteriores. No era de posesión, ni de desesperación, ni de reconciliación. Era un beso de futuro.
—De acuerdo —murmuró contra sus labios—. Juntos. Pero con reglas. Reglas estrictas. Tú serás mis ojos dentro de la oficina, mi filtro para la información que no puedo recibir oficialmente. Pero yo seré tu escudo. Y ante la primera señal de peligro directo, tú obedeces. Sin cuestionar.
—Siempre y cuando las órdenes no sean ‘abandonarte’ —puntualizó Lucía, con un atisbo de su antigua sonrisa pícara.
Una sonrisa genuina, la primera que le veía en años, iluminó el rostro de Damián.
—Esa orden queda oficialmente revocada.
El nuevo día los encontró trazando estrategias entre las sábanas arrugadas. Lucía, con su conocimiento interno de Vanguard y su acceso discreto, podría monitorizar las comunicaciones de los departamentos clave, buscar patrones en los movimientos de los aliados de Vance dentro de la empresa, y ser un punto ciego favorable para Damián. Él, por su parte, le daría claves, nombres codificados y un teléfono encriptado. Un canal directo y secreto entre los dos.