El insoportable de mi jefe

Primera orden: observar

El ascensor hasta el piso 21 de Vanguard Media sonó con su familiar ting. Lucía Montero salió, ajustando la correa de su portafolio en el hombro. En su otra mano, un latte de la cafetería de abajo. Respiró hondo. El aroma a café y a limpiador de oficina era el de siempre. Hoy, todo parecía igual. Y todo era distinto.

—Buenos días, Lidia —saludó a la recepcionista al pasar.

—Buenos días, señorita Montero. El señor Rojas preguntó si había llegado.

—Gracias. Voy para allá en un momento.

Al pasar frente a la oficina de Damián, él alzó la vista desde unos papeles. Sus miradas se cruzaron menos de un segundo. Él asintió, una sola vez, breve y seco. Era la señal. Lucía siguió caminando hacia su cubículo, cerca de la cocina. Los nervios le hormigueaban en los dedos, pero sus pasos fueron firmes.

Encendió su ordenador. Entre los correos del día, uno llamó su atención: «Recordatorio: Revisión de procesos internos». Lo abrió. Un texto gris sobre reuniones de eficiencia. Pero las dos primeras letras de cada párrafo, si las leías en vertical, decían: O-J-M. Observar a Javier Márquez.

Primera orden. Clara.

Lucía tomó su taza y se dirigió a la fotocopiadora, que estaba cerca de una zona abierta con vista a varios despachos, incluido el de Javier. Se puso a hacer copias de un informe, lentamente, mientras miraba.

Javier llegó pasadas las nueve y media, con su traje gris. Desde lejos, se le vio reír con su asistente por algo en el móvil. Lucía terminó sus copias y volvió a su sitio.

La mañana transcurrió entre su trabajo real y pequeños actos de observación. Vio que Javier hacía llamadas cortas con el móvil, siempre de pie junto a la ventana. Vio que un contable de Finanzas, el señor Soriano, pasó por su despacho y estuvieron hablando un rato con la puerta entreabierta.

A la hora de comer, bajó al café de la planta baja. Mientras esperaba en la cola, una voz a su lado la sobresaltó.

—Lucía, hola. ¿Cómo vas?

Era Javier. Lucía sintió un pequeño vuelco en el estómago, pero esbozó una sonrisa.

—Hola, Javier. Pues sobreviviendo, ya sabes. Informes y más informes.

—Cuéntamelo. A veces pienso que en Legal tenemos monotemática, pero vosotros en proyectos tenéis una montaña rusa cada día. —Se acercó un poco, en un gesto casual—. Por cierto, la otra noche al final te fuiste pronto. Espero que el ogro no te hiciera quedarte hasta tarde corrigiendo cosas.

—Algo así —dijo Lucía, encogiéndose de hombros con naturalidad—. Al final se arregló. Es su estilo, ya nos acostumbramos.

—Bueno, si alguna vez necesitas un descanso de ese estilo, ya sabes. Aquí hay una silla en mi despacho y café decente —dijo él, sonriendo—. Lo de nuestro café pendiente sigue en pie, eh.

Lucía rio, un sonido ligero.

—Tienes razón, te tengo abandonado. Esta semana ha sido un poco loca, pero la que viene sin falta. Te aviso.

—Mejor así. Un café a media tarde salva cualquier jornada.

Javier le dio una palmada amistosa en el brazo y se fue hacia la zona de ensaladas. Lucía tomó su bandeja, sintiendo el latido en sus oídos. Había sonado normal. Cortés. Natural.

Por la tarde, Adrián apareció en su cubículo, rodando en una silla de escritorio vecino.

—¿Y? ¿Cuántos gritos llevamos hoy? ¿ En qué fase del calendario lunar tenemos al jefe hoy? —preguntó, mordisqueando una galleta de chocolate.

—Creo que ayer no le dio luz de luna así que vino bastante tranquilo—contestó Lucía, sin levantar la vista de la pantalla—.

—Es un paso. —Adrián hizo una pausa y bajó un poco la voz—. Oye, por cierto, te vi hablando con el príncipe de Legal abajo. ¿Recuperando terreno después del baile interrumpido?

—Solo era una conversación en la cola del café —dijo ella, mirándolo por fin—. No todo es una trama, Adrián.

—En esta oficina, hasta la máquina de agua tiene sus intrigas —respondió él, sonriendo—. Es broma. Javier es buen tipo. Solo que a veces es demasiado… disponible. Como esos muebles que venden por televisión: parece cómodo, pero no sabes muy bien de qué está hecho.

Lucía no pudo evitar una sonrisa.

—Eres terrible.

—Yo solo observo. Es mi don y mi condena. —Se levantó de la silla—. Bueno, a seguir con el suplicio. Que Rojas no te oiga reír, o pensará que no estás sufriendo lo suficiente.

Cuando Adrián se fue, Lucía dejó escapar el aire que no sabía que retenía. La conversación había sido fácil, como siempre con él. Pero sus palabras, esa vez, resonaron de otra forma.

Al final del día, cuando la oficina se vaciaba, Lucía guardó su primer informe usando el método acordado: un borrador en la carpeta compartida de Luxury Cosmetics. Escribió notas dispersas sobre proveedores, pero entre líneas dejó la información: J.M. recibe llamadas en ventana. Reunión con Soriano (Finanzas). Preguntó por incidente. Ofreció café/confidencia.

Poco después, su teléfono personal vibró. Una notificación de una app del tiempo. «Noche despejada. Visibilidad óptima. Continúe monitorizando vientos del Oeste.» El mensaje era claro. Había hecho bien. Debía seguir.

Al salir, pasó por la oficina de Damián. Él estaba al teléfono, con el ceño fruncido. Al verla pasar por el cristal, su mirada se desvió hacia ella un instante. No hubo gesto. Solo esa mirada intensa, rápida, que lo decía todo: Estoy aquí. Cuidado.

Lucía salió a la calle, donde el aire fresco de la tarde la recibió. Se ajustó la chaqueta y caminó hacia la parada del autobús. Los nervios seguían allí, pero ahora mezclados con algo más: la certeza de estar haciendo algo. Algo real. Algo junto a él. Cada palabra normal dicha hoy había tenido un peso nuevo. Y ella había logrado decirlas.




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