El instante de tinta y sangre

Salto al vacío

El ardor del dolor,
el valor del amor.

A pesar de todos los cortes se acercó a las rosas y soportó las punzadas de sus espinas que se clavaron como olas cortantes, como piedras afiladas que terminaron siendo recordatorios de que tenemos que rompernos para entender de que estamos hechos, de que necesitamos sentirnos realmente solos para darnos cuenta de la compañía que somos, de que toda rosa se contamina con la marchita, porque, así como el veneno se esparce llegará un día donde la mente se nuble y el torrente llene cada parte que aún sobrevive.

En medio de un incendio de cenizas la cara de la persona estaba rajada, siempre había tenido esa marca por todas las quemaduras provocadas por el fuego. Y aunque una herida se sana si es profunda siempre quedara una cicatriz.

Cada lágrima que terminó derramada al final se convirtió en tinta porque la niña estaba herida, estaba atrapada entre una huida que acababa con su vida. Por eso al borde del puente la persona agarró impulso, colocó su cuerpo frente al daño y saltó al hueco del precipicio donde el vuelo venció al viento.

Ella hacía castillos de arena y veía como la marea los empujaba hacía la orilla destrozando cada recuerdo que escribió porque no soportó el silencio lleno de ruido que no cesó y que las raíces secó.




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