El cuerpo se quebró
y la mente se derrumbó.
El niño se rompió por dentro, cada hueso terminó salpicado por el pensamiento adulto que torció su criterio y lo orillo al cambio. Él era una máquina sin alma escondido en la jaula de la rutina donde el tiempo corrió en automático y el cansancio lo consumió haciendo del hábito un ciclo infinito.
Con el tiempo el rastro de cada paso se borró y el humano se perdió a sí mismo entre el ruido del eco donde las palabras fueron piedras y los comentarios se convirtieron en cuchillos afiliados que terminaron lastimándolo, trato de evadirlos e ignorarlos, pero el oído no es sordo en cambio guardo todo en el cerebro y lo repitió cada minuto donde el miedo se apoderó, el cuerpo no resistió y se desmoronó.
El humano tocó fondo y fue ahí cuando descubrió que seguía respirando, que la valentía estaba escondida en cada grieta, así que entre los vestigios se reconstruyó y se moldeo a sí mismo donde el miedo fue el impulso que lo empujó a salir del abismo.