Caminaba midiendo el mundo con la yema de los dedos, leyendo grietas y percibiendo la claridad y la oscuridad porque detrás de mis párpados cerrados había fragmentos de bordes filosos que rozaban como si el mundo fuera un reflejo en el vidrio ajeno.
Y aun así sigo construyendo castillos de aire para no mirar el abismo, aunque sepa que la sangre es el único cimiento que nunca se derrumba porque a veces el mundo es una herida abierta que nadie mira, un ruido que se esconde y aunque los bordes sigan cortando sigo sosteniendo lo invisible, aprendiendo a existir sin necesidad de abrir los ojos.