Daria y sus amigos estaban en el patio de la escuela sentados frente a una fogata que habían hecho para no sentir frío, pues a esas horas era bien sabido que los fantasmas rondaban en el internado y no dudarían en matarte. Daria empezaba a sentirse muy cansada y no había forma de que pudiera ocultarlo, no cerraba sus ojos, pero ya no soportaba su propio peso y eso preocupó a todos, pero intentaban ocultarlo diciéndole que por la mañana se marcharían y no regresarían.
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Ya no tardaba en amanecer y Daria y sus amigos caminaron hasta la puerta, pero vieron a una niña de unos ocho años abrazando un oso de peluche. Se acercaron a ella y entonces vieron a un niño jugando en el suelo con un camión de juguete.
—¿Qué hacen aquí? —Preguntó Porter—, es peligroso estar aquí, debemos irnos.
El niño dejó su camión en el suelo, se paró, se limpió y sonrió cínicamente.
—Esta es mi casa, mi mami dijo que no puedo salir o seré un niño malo, ¿quieren jugar conmigo?
Porter caminó hacia atrás. El niño se acercaba a Porter, todos estaban petrificados del miedo y no podían moverse. Reynold apareció y atacó al niño, pero el niño se recompuso, empezó a atacar a Reynold y finalmente lo empezó a comer. Todos aterrados por esa escena se fueron, pero la niña no dejaba debe verlos con una sonrisa igual al niño.
Llegaron hasta la puerta, pero seguía cerrada, intentaron abrirla, pero estaba atascada, se empezó a asomar el día y entonces salieron, pero Daria se acostó en el suelo con uno de sus amigos.
—Iré por ayuda— dijo McGregor.
—Yo te acompaño— dijo una rubia.
McGregor y la rubia se fueron corriendo en busca de ayuda. Porter, Daria y los demás veían a los fantasmas a través e las rejas de la escuela y se dieron cuenta de que no podían salir.
Daria se había dado cuenta de algo, pero sabía que si lo decía sus amigos no la abandonarían y ella solo quería que ellos estuvieran a salvo.
—Daria —dijo una castaña—, en cuanto llegue la ayuda iremos al hospital, te ves muy mal y cansada.
Daria sonrió tristemente, pues sabía la verdad de porque estaba así, pero no quería entristecer a sus amigos.
—¡Nick!— Exclamó Porter.
—Porter —dijo la castaña—, ese no es Nick.
—¿Cómo que no?
Porter volteó a ver a Nick, pero este tenía su ropa rasgada y le sangraba la cabeza.
>>De-debemos irnos.
—En cuanto lleguen McGregor y Natalie.