El internado, La colmena

Capítulo 81. Show

—¡Ira! ¡Ira!—llamo mientras corro por los pasillos, me desabotono el traje, es más me lo quito y cuando me cruzo con Zunú e Itae quienes pasan por allí prácticamente les arrojo y estos lo atrapan en el aire.

—¿Sucede algo?—pregunta Zunú

—Orkias te pone al tanto...

Continuo con mi carrera cuando al fin alcanzo a Iracema qué está con Katú, Yrupé, Yara, Josefina y los franceses supongo.

—Permiso...—vuelvo a hablar y estiró a Iracema hacia mi delicadamente.

Iracema ofrece una sonrisa de disculpas a sus acompañantes y voltea hacia mi para mirarme con casi odio.

—¿Qué pasa?—pregunta entre dientes mientras Yara tiene los ojos puestos en nosotros, veo los celos, pero también veo la resignación en ella.

—Nuestro amigo, está probablemente herido en algún lugar del telar, y te necesito... no puedo ir solo.

—¿Kapiyva?—susurra y yo afirmo. Ella voltea con rapidez hacia el grupo de gente tras nuestro, y me fijo que Katú no ha dejado de verme, con odio, claro esta —, chicos, debo retirarme... nos vemos luego... ¿Si?

—Oui—responde el grupo de franceses que están babeando por mi Iracema, el resto solo mueve la cabeza.

Agarro la mano de Iracema y ella la toma sin dudar mientras salimos corriendo por el pasillo buscando un lugar donde podamos entrar y estemos seguros de que nadie estará.

Ella me estira hacia una puerta que da a un depósito, ingresamos,  llavea la puerta para que nadie entre, enciende la luz y vuelve a ponerse los guantes y a recoger su cabello en un moño, yo acompaño el ritual poniéndome también los guantes.

Podríamos hacerlo sin, pero nos quedaríamos la piel, debido a que con las manos tocamos esas redes del ñandutí que atraviesa nuestra realidad y la de los espíritus, los hilos están a tan alta temperatura  que no seria nada divertido lesionarnos así.

—Bien, vamos...— dice y hacemos lo mismo que hace rato, y al rato ya estábamos en medio del mundo espiritual.

En el suelo negro vemos manchas azules, como si fuera un reguero de sangre, huellas humanas de pies y manos que terminan convirtiendose en patitas pequeñas, luego en huellas de nuevo.

—Mierda...—Iracema toca el liquido brillante y mira hacia la dirección en la que este se esparse—, llama a Yvytú—ordena.

Obedezco sin dudar, hago mi invocación mientras La guerrera sigue el camino. Cuando Yvytú aparece ante mi, sus ojos se llenan de preocupación y miedo, el espíritu gris no duda en seguir a Iracema, ni yo a ellas.

Finalmente, damos con Kapiyva, quien pasa de su forma humana a su forma espíritu de segundo a segundo.

—¡Me descubrió!—dice apenas.

Una de sus brazos/ patas está sangrando, él se retuerce de dolor y las venas se notan cada vez más. 

—Fue envenendado—advierte Yvytú—, no nos quedará de otra, más que contarle el brazo... pero con ese cambio de forma a cada segundo, es muy peligroso.

Iracema se arrodilla a lado de Kapiyva y le sostiene la mano, el joven la mira esperanzado, a veces con sus ojos humanos y otras con sus ojos de roedor.

—Tengo una idea—Iracema habla con aparente dificultad, la escena no es tan fácil de digerir—. Lo voy a sostener, y tu aplicas el corte.

—¿Cómo?—pregunto consternado.

—Lo entendiste a la primera, no lo voy a repetir.

—Será mejor que se apuren—la voz de Yvytú sonaba sombría y pesada—, o va a morir.

Iracema prácticamente me suplica con la mirada y yo no puedo creer que vaya a hacer esto, pero si es la única forma de salvar la vida del espíritu, no queda otra cosa más que hacerlo.

Yvytú me entrega un trozo de ysypó, la liana es flexible a mi tacto.

—Invoca un arma—ordena Yvytú.

—¿Qué se supone que deba usar?—pregunto desesperado, aún no di clases de armas, se supone que eso es para 2do año en adelante.

—Takapé—dicen al mismo tiempo Yvytú e Iracema ¿Por qué ella si sabe y yo no?

Solo niego, y comienzo mi invocación.

Extiendo mis manos al cielo, cierro mis ojos y alzo la cabeza, en esta posición, siento que mis manos tocan algo suave, como pluma que que unas manos sostienen la mía.

—¿Mba'e reipota, Cario?— las voces de doncellas serenas tocaban mis sentidos y me hacían volar con su dulzura extrama preguntándome que necesito, esta es la primera vez que las oigo.

—Akotevê peteî Takapé—explico con profundo respeto que necesito una Takapé, nunca vi una, no sé que es mucho menos creo saber usarla, pero sé que lo necesito.

—Ro me'eta ndeve—la respuesta en eco y melodiosa de las doncellas vino acompañado de el peso de un objeto que ocupó ambas manos—, jajoechapeve Cario.

Y con esa despedida y promesa de que nos volveremos a ver las voces se fueron.

Abrí mis ojos y en mis manos tenia una especie de espada pero de madera bien pulida, los bordes de la misma parecian de piedra afilada y el peso era escandaloso ¿esto usaban los guaranies en sus guerras? No quisiera recibir un puñetazo de ellos si es que semejante peso cargaban con facilidad.

—Bien...—digo acercándome a Kapiyva quien solo quiere terminar con el dolor—, hagamoslo.

Iracema estira el brazo/para del espíritu, y donde veo su mano derecha sujetar, se que debo realizar el corte. Respiro hondo, y sin más preámbulo, entierro la espada.

El chillido del roedor se escapó de Kapiyva, y ¡Gracias a Dios! La extremidad que se despidió del cuerpo fue una pata peluda y no un brazo humano, porque no sé si mi estómago aguantaría eso.

El liquido azul se esparció en todo el escenario que tengo delante.

Yvytú e Iracema actuaron pronto para detener la hemorragia del roedor, quien ahora estaba más tranquilo recostado en el pecho de Iracema, aunque su respiración seguía agitada y parecía aún consternado, lo importante, es que sigue vivo.

Solté el prestamos de los espíritus,  en Takapé chocó contra el negro suelo y desapareció como si fueran las pelusas de un diente de leon.

Agobiado, preocupado y desesperado me senté en el suelo,  con la cabeza dando vueltas mientras miraba a mis acompañantes curar a la criatura.




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