En la completa oscuridad, mis sentidos empiezan a agudizarse como nunca. Gateo en búsqueda de algo que me permita ver. Me tardo un poco, pero creo encontrar lo que me iluminará hasta llegar donde Lyra. Al tacto se sentía frío pero a su vez, emitía un calor extraño que no era capaz de describir, junto con otro objeto de similar tamaño, noté como estos se empezaban a atraer magnéticamente. Entre más cerca estaban, más luz irradiaban. Y así fue. Una vez unidos, un pequeño haz de luz rodeaba mi cuerpo y las cercanías en un tenue tinte verde que apenas era perceptible. Todo estaba completamente vacío, no quedaban rastros de los ciudadanos. Sus cuerpos no están, los computadores, las mesas y todo lo que decoraba la habitación, tampoco. Como si todo se tratase de una simulación a tiempo real. –Pensé–.
Moverme es algo que se vuelve instintivo para mí en estos momentos. Me siento guiado por lo que parece ser un tenue pulso que está en algún lugar, siento como me llama, mi corazón me está llevando hacia eso. Sin darme cuenta, comienzo a extrañar lo que se siente estar acompañado, de alguna manera, me había acostumbrado a sentir la presencia de alguien, sin Lyra a mi lado, nuevamente me siento desprotegido y sin rumbo. Toda mi vida me he refugiado en algo o alguien más para poder subsistir. Primero pierdo a Axia y luego a ella, Orven está desaparecido. No sé a quién más perderé en esta travesía.
Lentamente los pulsos se fueron haciendo más intensos entre más me acercaba. Tengo la corazonada de que estoy yendo por el camino correcto. Me topo con el final del lugar, una pared que al tacto pareciera tener inscripciones rúnico-tecnológicas, acerco mi linterna ligeramente para tratar de descifrar sus mensajes y al momento de hacerlo, esta se siente atraída por la pared. De una fuerza indescriptible se escapa de mis manos y el impacto agrieta la estructura, como si fuera una llave –dije.
Con la grieta, la pared empieza resquebrajarse rápidamente hasta que esta misma tiene un tamaño de extremo a extremo. El pulso que antes podía sentir, comienza a sentirse como un corazón palpitante que aturde mis sentidos. Doy un paso hacia atrás, pero el palpitar de la pared se sincroniza con el de mi corazón y las mismas fisuras emergentes, empezaron a emitir un resplandor verde que se escurre hacia el suelo, formando símbolos que antes no estaban allí.
Es entonces cuando la superficie se retrae como piel viva.
Un pasadizo angosto se forma frente a mí, exhalando un aire húmedo, cálido, que huele vagamente a metal oxidado y a algo más… algo orgánico.
El pulso que me guiaba ahora late con fuerza, casi doloroso, como si me empujara a entrar.
Y allí, al fondo del corredor, lo escucho:
un débil zumbido azul.
El mismo que emitía Lyra cuando estaba a punto de reiniciarse.
Mi corazón se aprieta.
—Lyra… ¿eres tú? —susurro, casi con miedo de que la respuesta sea un sí o un no.
La luz azul parpadea una vez. Luego dos. Luego desaparece.
Algo —o alguien— sabe que estoy aquí.
Me obligo a respirar hondo. El aire en este pasadizo parece más denso, como si tuviera peso, como si cada inhalación fuera vigilada por algo que no puedo ver. El resplandor verde detrás de mí disminuye, dejándome únicamente con mi tenue luz y el eco del zumbido azul que escuché al fondo.
—No estoy solo… —murmuro, no sé si para convencerme o para advertir a lo que sea que me esté observando.
Avanzo con cautela. Las paredes del corredor laten, sí, laten, como si condujeran un flujo interno de energía que pulsa a través de algún organismo gigantesco. Cada pocos pasos, pequeños filamentos emergen de la superficie, casi como nervios expuestos, vibrando al compás de un sistema que no logro comprender.
Mi linterna improvisada parpadea, y durante un segundo, la luz verde ilumina una sombra que se desliza rápidamente por el borde del pasadizo. Me detengo en seco. Mis manos sudan. Algo se mueve aquí conmigo.
El zumbido azul vuelve a escucharse, pero esta vez más nítido. Más cercano. Me recuerda al tono que emitía Lyra cada vez que cargaba sus memorias, un timbre que siempre me daba tranquilidad. Ahora me provoca un miedo punzante. ¿Se encuentra consciente? ¿O alguien está manipulando su núcleo para atraerme?
Doy un paso hacia adelante y el piso vibra levemente bajo mis pies, como si reconociera mi presencia. Las runas bajo el polvo se iluminan y se reacomodan formando un patrón que no logro identificar, pero sé que significa algo. Algo importante.
El corredor desemboca en una sala circular.
Y ahí la veo.
Lyra.
En el centro de la habitación hay un tubo enorme recubierto de cristal, y ahí está ella. Su hermoso cuerpo yace suspendido en el aire, sostenido por cables orgánicos y ferrosos que parecen clavarse en su estructura. Su pantalla emocional está apagada, pero su núcleo de energía titila de color azul, débil, como una luciérnaga moribunda.
—Lyra… —se me quiebra la voz.
Pero antes de poder acercarme, algo más reclama mi atención.
En la penumbra, detrás de ella, hay una silueta. Alta. Delgada. De un verde radiante. La luz no viene de una linterna ni de un dispositivo: emana de su propio cuerpo.
La figura parece estar conectada a la sala entera a través de cientos de filamentos que salen de su columna y se extienden por el techo como raíces lumínicas. Su rostro es una máscara lisa, sin rasgos, como la de Synthar. Pero esta es distinta. Más antigua. Más completa.