El Internet Muerto

Capítulo 10: Un Comienzo

Un silencio abrumador invade la punta más alta de la torre; este recorre cada uno de mis folículos, haciendo que la piel se me erice de tan solo pensarlo. Tanto esfuerzo parece haber valido la pena, pero a su vez, al dejar entrar la noción de la duda y del arrepentimiento, solo suspiro. Dejo que mi mirada se desvíe hacia el horizonte, hacia una ciudad que trata de respirar, de recordar lo que alguna vez fue ser una metrópoli próspera y un signo de progreso; un cielo cuyas nubes guardan, entre sus moléculas de agua, todas las cicatrices que la sociedad le ha dejado a este planeta y a sí misma. Trato de pensar en todo lo que he pasado para poder llegar hasta aquí y, a su vez, en lo que he dejado atrás con tal de seguir mi misión y mis principios. Todo ha finalizado; me siento contento con ello, pero me invade la sensación de haber sido solo un niño caprichoso que, una vez que le daban su dulce, ya no lo quería más. Es la sensación de haber buscado algo por tanto tiempo para, al final, sentir que mi vida nunca tuvo sentido. Me pasé todo este tiempo intentando llenar un vacío que jamás comprendí, ocultándolo con cosas que no significaron nada para mí.

De nuevo recupero el control de mi vista para darme cuenta de que a mis pies hay un extraño dispositivo que parece emitir una cálida luz azul. Decido tomarlo y guardarlo en mi bolsillo, para, acto seguido, ver que una tormenta se acerca, tan grande como la ciudad en sí. Su majestuosidad me atrapa de tal forma que dentro de mí se escurre el deseo de sentir su lluvia, de sentir cómo cada gota resbala sobre mi cuerpo. Últimamente he tenido una fascinación por la lluvia que no había descubierto antes; las veces que me mojé durante el viaje siempre experimenté una extraña sensación de placer, como si las tormentas me hicieran recordar todos aquellos buenos momentos que alguna vez tuve. Con esta lluvia pasa igual. Sin embargo, sus gotas —aquellas que ahora recorren cada átomo de mi piel— me dan la impresión de estar desprendiendo algo a lo que me mantenía aferrado. No sé qué es, pero he dejado de tener el pecho apretado.

Me quedo a observar el anochecer; las horas han pasado y por fin la tormenta ha terminado. El frío apuñala mis pulmones y hace que me estremezca, provocando que mi corazón se acelere en busca de aumentar, así sea un poco, el calor corporal por todas mis venas. Aun así, decido ignorar los llamados de mi cuerpo; solo quiero quedarme a contemplar el horizonte por última vez. Sé que debo bajar de esta torre, sé que debo buscar un nuevo comienzo, pero no estoy seguro. No sé adónde deba ir, a quién deba buscar o si seré capaz de valerme por mí mismo sabiendo que ya no hay tecnología que me acompañe. Soy, otra vez, un huérfano.

—Solo debes saltar, Kael. Así, por fin, acabarás con todo lo que te hace sufrir. Abandona este mundo cruel, un mundo al cual le quitaste toda esperanza y tecnología. Lo que hiciste ya no tiene vuelta atrás. Salta y sé libre.

Algo me susurra al oído. Mi cuerpo ahora sí se congela por completo al escuchar estos susurros. Giro la cabeza por todos lados tratando de encontrar quién o qué fue el que habló, pero, para mi tristeza, soy el único en la torre. El solo hecho de pensar en tirarme hace que mi mente implante este deseo enfermizo.

—Vamos, Kael, solo tienes que tirarte y todo acabará. Recuerda que nunca has dejado algo a medias; siempre terminas lo que comienzas.

El susurro se apodera de mis pensamientos. He perdido el control de lo que pienso y, ahora, mi supervivencia se ha vuelto una lucha constante entre el querer seguir viviendo y el morir.

Saco fuerzas de donde no las tengo y doy el primer gran paso: logro bajar hasta la habitación donde yacía el cadáver de Orven; sin embargo, este ya no está. Trato de no darle mucha importancia y continúo descendiendo lo que para mí parece una escalera infinita de caracol, un castigo sacado del mismísimo infierno. Solo los dignos que aguanten la sensación de querer tirarse conseguirán el premio de llegar hasta el final. Ahora tengo que volver a afrontar esta tortura mental, la cual me dice en cada escalón que bajo que sería más sencillo llegar hasta la puerta si tan solo me dejara caer; así mis piernas no sufrirían más y podría empezar mi nueva vida ya, sin sufrimientos, sin temores, sin nada a lo que deba temer. Pero resisto. Las voces en mi mente no logran dominarme y por un buen rato puedo bajar en completo silencio. Alcanzo el punto de volver a ver la única ventana que la torre tiene en su descenso; sé que voy por buen camino, que en cualquier momento llegaré a la base y todo esto terminará.

Pero no es así.

Las voces, al ver que en mi sangre corre esperanza, incrementan sus esfuerzos por tentarme, por hacer que termine con mi vida.

—No seas necio, Kael, solo tienes que tirarte. Nosotros te recibiremos en la base de la torre. No vas a sufrir, nadie lo hará, y así podrás reunirte con tu familia, con tus seres queridos. Solo debes de hacerlo. ¡Hazlo!, ¡hazlo!, ¡hazlo!

Las voces empiezan a gritar desesperadamente.

Cada paso que doy se vuelve más lento; mis ojos dejan de enfocar correctamente y mi respiración se fragmenta en un ritmo tan desincronizado que empiezo a tambalearme. Es ahí, en mi momento más bajo, donde logro encontrar la paz. Llego a la base de la torre, donde todo comenzó. Las voces, al ver que han fallado, dan un grito que retumba en todo el recinto, aturdiendo mis oídos y dejándome un pitido intenso.

Desorientado y tambaleante, me acerco a la entrada y noto que ya no está bloqueada: finalmente soy libre. Tomo el picaporte con las fuerzas que me quedan; me toma una eternidad girarlo por completo. La cerradura suena con un clic metálico. Abro la puerta con la lentitud de quien anhela una vida calmada, pero, justo antes de poner un pie en el mundo exterior, unos hombres me derriban mientras la puerta vuela en pedazos. Caigo al suelo, perdiendo por unos momentos la percepción de la realidad, para luego darme cuenta de que esos mismos hombres me apuntan con sus rifles.




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