Recuerdo que cuando era niño, habían ocasiones en que confundía mi propia imaginación con la realidad. Regularmente me pasaba que comenzaba a divagar e iniciaba un viaje a las más extraordinarias alucinaciones. Algunos de estos pensamientos eran hermosos, dónde conocía personas, lugares y situaciones increíbles, para luego, de forma repentina y desilusionada, volver a la realidad en la que me encontraba.
Mi propia imaginación le daba nombre y aspecto a cada una de las personas que formaban parte de mi mundo personal, e incluso rutinas y situaciones en las que, de manera excepcional, podría asociar a cada "ente" con su propia existencia. Era como si realmente cada individuo imaginado tuviera una vida independiente y real, escapando a veces de mi propio entendimiento.
Cuando niño era sencillo, porque básicamente me dejaba llevar por las cosas que iban pasando y generándose espontáneamente dentro de los límites de mi imaginación. El problema radicaba en que muchas veces "algo" me atrapaba dentro de estás alucinaciones y no me permitía salir. Ahí es cuando comenzaba a gritar y a llorar y mis padres acudían para sacarme de esa cúpula imaginaria.
Poco a poco se empezó a crear un miedo en mí, que me hacía querer evitar los viajes mentales, pero siendo niño, pocas veces podía controlarlo. Éstos eran repentinos, pues a veces los tenía cuando estaba completamente despierto y consciente, y esto me ayudaba a que podía de cierta forma decidir qué hacer dentro de cada uno de estos episodios.
Pero a medida que iba creciendo, y con el desarrollo cognitivo que lo acompaña al desarrollo de cada ser humano, las situaciones límites se extendían cada vez más, por lo que mi mente era capaz de crear universo increíblemente complejos.
De un par de individuos cuando era pequeño, ya de adulto podía generar ciudades enteras, con cada una de las personas que las conformaban, desde la persona que me cortaba el pelo hasta mi propia familia imaginaria.
Día tras día, durante casi 22 años, fui dándole vida en mis pensamientos a muchísimas personas. Cada una tenía un nombre, cada una tenía características físicas y psicológicas, y cada una tenía una vida dentro de este universo, incluso algunas fallecían producto de situaciones que podía generar voluntariamente.
Pero también habían situaciones involuntarias.
Accidentes, enfermedades, despidos laborales, discusiones. Todo eso y más ocurría en mi mundo. Por lo general, según fui entendiendo con el tiempo, todos los infortunios o cosas negativas eran repentinas y aleatorias, y escapaban de mi control.
Creo que 12 fueron las sesiones de terapia psicológica a las que acudí para entender esto que sucedía conmigo. En un par de ellas el profesional fue capaz de visualizar directamente cómo me alejaba durante un par de minutos del presente en el que me contaba, para irme a este mundo que había creado para supervisar las cosas que sucedían.
Luego de varias horas de análisis y complejos esquemas psicosociales que fuimos generando y estudiando, pudimos entender que mi mente era una herramienta tan extraordinaria y superdotada que, bajo las tan poco exigentes condiciones de mi vida cotidiana, pudo generar un mundo paralelo dentro de mi cabeza que le diera un uso de mayor intensidad. Una especie de pasatiempo.
Con respecto a las cosas que escapaban de mi control, según me dió a entender, llegó a la conclusión de que había un poder, fuera de cualquier entendimiento, que creaba un equilibrio en este mundo artificial, ya que todas las cosas que había creado eran buenas. Tenía que haber una contraparte, y, al no ser capaz de ver la maldad y plasmarla por mis propios medios, ese poder lo generaba en la misma intensidad pero en el sentido contrario.
Básicamente el yin y el yan.
No pudimos seguir investigando dentro de mi cabeza qué o en qué consistía ese intrigante poder que generaba las situaciones desfavorables, ya que el psicólogo falleció producto de un accidente automovilístico hace algunas semanas.
A pesar de todo, creía tener todo este mundo bajo control.
Lo creía.
Hasta que ví al responsable de todo ello.
Estaba una noche sentado en la sala de estar, junto a mis dos gatos, cuando las luces comenzaron a titilar. Un sonido de interferencia sonó dentro de mi cabeza, algo que jamás había pasado.
Algo pasaba. Tenía que averiguar.
Entré en mi mundo.
Me sentía despierto en el exterior, y mi mente flotaba y ágilmente comencé a crear cada detalle de la ciudad que habia dado vida, por así decirlo.
En una milésima de segundo, las casas tomaron formas, los árboles, calles, vehículos, cada milímetro fue formándose a mi alrededor, y yo de pie en el centro de todo eso.
Las personas fueron apareciendo, me saludaban alegremente. Hombres, mujeres, niños. Incluso animales. La ciudad se llenó de vida y alegría, como siempre lo había imaginado.
Allí estaba yo. En una ciudad increíblemente rica en detalles.
Cómo cada día de mi vida, desde que desarrollé aquella increíble habilidad, me encontré de pie frente al gran árbol en el centro de la plaza principal.
Un árbol que muchas veces lo ví frondoso, con hojas verdes y húmedas, brillando a la luz de un sol matutino.
Era una especie de punto de partida cada vez que ingresaba a este mundo.
Algo me obligó a cerrar los ojos.
Todo se quedó en silencio, un silencio aterrador. Un silencio que me hizo asustarme. No me gustaba. No quería silencio.
Tuve que luchar y poner mucha energía mental en poder abrir los ojos nuevamente.
En ese preciso instante, el árbol ahora estaba seco y ardía en llamas. Estaba oscuro, la ciudad a mi alrededor estaba completamente en la penumbra. No pude visualizar las casas, ni las calles, ni a la gente que hace tan solo unos segundos me miraba y sonreía.
El único sonido que existía era el del fuego consumiendo las ramas del enorme árbol.
De pronto grité, sin siquiera pensarlo, como todas aquellas cosas malas que se generan en este mundo. Grité, porque ese grito escapa de mi control.
Allí, frente a mí, se encontraba una persona.
No pude distinguirla, porque el árbol ardiendo estaba tras él, por lo que solo ví una silueta negra.
Sin embargo, no necesité luz para darme cuenta que era el responsable de todo aquello, de que mi mundo estuviera así.
Jamás pronunció palabra. Sólo estaba de pie allí.
De pronto me sentí ajeno a ese lugar, perdí capacidad de control. Intenté cambiar las cosas, crear, eliminar, pero nada, era imposible hacer algo al respecto.
Cómo si quisiera presumir al respecto, el hombre levantó la mano y chasqueó los dedos. Un gigantesco relámpago iluminó el cielo por un par de segundos, tiempo suficiente para ver centenares de cuerpos tendidos en el suelo, por todas partes.
Cada habitante de mi mundo estaba muerto.
Él los había matado.
Junto a mi pude notar a una madre con sus dos hijos pequeños. Los primeros habitantes a los que les había dado vida.
Comencé a llorar.
Sentí la pérdida como si hubieran sido reales, porque para mí así lo fueron. Fueron más de 20 años viendo cada día de mi vida a esos entes.
Dolió en lo más profundo.
El hombre frente a mí comenzó a reír. Sus carcajadas resonaban por todo el espacio que nos rodeaba, y con cada una de ellas se caían pedazos de cielo, explotaban estrellas en el espacio lejano y se derrumbaba alguna casa. Con cada una se incendiaba un árbol, y se agrietaba el suelo. Fueron en ascenso, tanto en sonido como en intensidad de consecuencia.
El mundo que había creado por tanto tiempo se estaba destruyendo, por culpa de un intruso que jamás había visto.
El único ser de ese universo mental que no fue creado por mi.
Quise crear una pistola para destruirlo, aunque posiblemente no sirviera de nada, y de repente el hombre dejó de reír. Sentí como algo aparecía en mi mano pero nunca llegó a materializarse.
Ahí fue que lo entendí.
No había perdido el control, ese ente estaba evitando que creara.
De alguna forma estaba bloqueando mis acciones.
Y si él también creaba y podía impedir que yo lo hiciera, eso significaba que también era alguien consciente.
Aquello se había transformado en una batalla mental.
Toda mi vida me dijeron que mi mente era una herramienta extraordinaria, capaz de imaginar y crear situaciones que nadie jamás podría.
Era hora de emplear mi mente a fondo para expulsar a ese intruso.
Cerré los ojos en mi proyección, y comencé a generar patrones a una velocidad impresionante.
Armas, soldados, aviones, tanques, bombas.
Me alejé a una velocidad abrumadora, demencial.
De pronto estaba en la cima de la montaña más alta de mi mundo, y comencé a atacar con todo el arsenal.
Fue una tormenta de fuego y explosiones.
Todo acabó en 30 segundos.
Cuando acabó todo, ya era de día y podía ver nuevamente la ciudad. Estaba completamente destruida.
Mi ataque había sido letal. Efectivo.
Mortal.
Volví a la ciudad a ver si había tenido éxito.
Los cuerpos antes tendidos por todos lados ahora estaban desmembrados. Sangrando y... ¿Sufriendo?
Gritos, dolor, sufrimiento, lágrimas...
Nadie estaba muerto en mi ciudad.
Estaban dormidos.
Y yo ahora me encargué de exterminarlos a todos.