«Hermoso»: una palabra que pocas veces usé para describir algo o que siquiera posé en mis labios; indigna de ser para cualquiera. Es una palabra que solo se le da a aquello que hace brillar la vista y que lo enternece todo. Y entonces... lo vi.
Con esa chaqueta negra y su atuendo blanquecino, la corbata carmesí como sus labios... lo admiré como nunca. No se trataba de observar o simplemente apreciar; era algo que me hizo reflexionar y entender mil y una cosas. Miles de sentimientos que se mezclaban difusamente porque lo deseé furtivamente pero, a su vez, era como un tesoro que quería depositar en una hermosa vitrina donde nadie pudiera dañarlo.
Me prometí hacer todo lo posible para no lastimarlo, incluso si eso significaba, definitivamente, aceptar mi realidad: sin lugar a dudas, jamás podría alcanzarlo. Ni en mil años, ni en mil vidas. Como el cielo estrellado que hipnotiza a los ojos soñadores pero es imposible de poseer, así es mi querida y pequeña rosa que nunca podré tocar. Aquella a quien las flores rodean y con las abejas convive; ellas, que sí pueden tocarte; aquellas, que pueden recibir tu aroma... el mismo que yo cuidaré para ti.