El jardín de las flores lilas

Capítulo 1.

Sábado 2 de mayo del 2015.

Necesitaba salir.
Del ruido, del encierro, de mí misma.
Así que agarré mi mochila, me puse el suéter viejo que siempre uso cuando no quiero pensar demasiado, y salí sin decir nada.

Caminar al campo me toma casi media hora, pero no importa.
El tiempo se siente diferente cuando sé a dónde voy.

Es mi lugar.
Ese espacio donde nadie me busca, nadie me habla, y el silencio no incomoda.

Las flores lilas ya deberían estar abiertas. Las imagino antes de verlas, siempre florecen más cuando siento que todo va mal. Como si me esperaran.

Pero hoy...
Hoy hay algo diferente.

Lo noto incluso antes de llegar. Hay un murmullo bajo, como si el campo no estuviera solo. Me freno detrás de los árboles, intentando no hacer ruido.

Y entonces lo veo.

Hay un chico sentado en medio de las flores.
Alto, cabello oscuro, ropa sencilla. Parece que no pertenece ahí, pero al mismo tiempo encaja. Como si el campo lo hubiera aceptado.

Sostiene un cuaderno entre las piernas. Está concentrado. No me ha visto.

Dudo. Me dan ganas de irme, pero mis pies no se mueven.

Y justo cuando doy un paso atrás...
Él alza la mirada.

—No sabía que este lugar tenía dueña — dice, sin levantar la voz.

Me quedo congelada.

—No tiene — respondo casi en automático.

—Entonces supongo que somos dos intrusos — sonríe un poco. No parece molesto.

No sé qué más decir, pero tampoco me voy. Me siento a unos metros, sin mirarlo directamente.

—¿Vienes seguido? — pregunta.

—Cuando no quiero estar en casa.

—Entonces sí vienes seguido.

Eso me saca una sonrisa que no dejo ver.

Nos quedamos en silencio. Pero no es incómodo.
Es raro.

No sé quién es.
No sé por qué está aquí.
Y lo peor es que no me molesta.

Nos quedamos así un rato.
Él vuelve a su cuaderno, y yo simplemente observo el campo. Las flores lilas se mueven con el viento. Todo parece quieto, como si el mundo se hubiese detenido solo en este pedazo de tierra.

—¿Qué escribes?
No sé por qué lo pregunto.

Él me mira, como si no esperara la pregunta.

—No escribo. Dibujo.
Levanta el cuaderno apenas unos centímetros, pero no me lo muestra.
—¿Dibujas flores?
—A veces. Hoy, no.

Y no dice más.

Me intriga, pero no pregunto de nuevo. No quiero parecer demasiado interesada. Aunque, por alguna razón, lo estoy.

—¿Y tú? ¿Vienes sola?
Asiento.
—Siempre. Nunca hay nadie.
—Hasta hoy.
—Hasta hoy — repito.

Vuelve a mirar las flores, pero noto que de vez en cuando me observa de reojo.
Me acomodo el cabello, incómoda. No estoy acostumbrada a que alguien me mire tanto tiempo sin decir nada.

—¿Te molesta que esté aquí?
Lo piensa un segundo.
—No. Pero tampoco esperaba compañía.
—Yo tampoco.

El viento sopla más fuerte y algunas flores se inclinan como si saludaran.
Cierro los ojos un segundo. Es paz. De esa que no encuentro en ningún otro lugar.

—¿Cómo te llamas? — pregunta de pronto.

Abro los ojos. Lo miro.

—Anastacia. ¿Y tú?
—Ethan.

Guardo su nombre como si tuviera peso. Como si fuera algo importante, aunque todavía no sé por qué.

Nos volvemos a quedar en silencio, pero ya no se siente igual. Hay una tensión extraña, no incómoda... más bien, como si algo estuviera a punto de empezar.

—¿Te importa si vuelvo mañana?
Esa pregunta me toma por sorpresa.

—Es un campo libre.
—Pero tú llegaste primero.

Lo pienso.

—Vuelve si quieres. No voy a desaparecer.

Él sonríe, se levanta, sacude un poco su pantalón y comienza a caminar hacia el borde del bosque. Antes de desaparecer entre los árboles, se gira.

—Hasta mañana, Anastacia.

No sé si me está preguntando o afirmando, pero no respondo. Solo lo miro alejarse mientras el campo vuelve a quedarse en silencio.

Y por alguna razón, sé que volverá.

Me quedo un rato más, mirando el camino por donde se fue.
No debería importarme.
Ni siquiera lo conozco.

Pero lo que me inquieta no es él. Es lo que me hace sentir.
Esa pequeña sacudida que me dejó en el pecho.
Como si, sin querer, alguien hubiera movido algo que llevaba mucho tiempo enterrado.

Recojo una de las flores lilas más pequeñas. Me gusta guardarlas entre las páginas de mis libros, como si al hacerlo pudiera retener el momento. Este, en particular.

Camino de regreso a casa con el sol bajando, tiñendo el cielo de ese naranja suave que no dura mucho.
Mi mamá me saluda desde la cocina, pero no digo nada. Subo directo a mi habitación.

Me encierro. Me quito los zapatos. Me dejo caer en la cama.

Y entonces, sin planearlo, pienso en Ethan.

Su voz.
Su forma de mirar sin apuro.
Su sonrisa medio escondida.

No es normal. No debería pensar tanto en alguien que vi solo una vez.

Tomo mi libreta y escribo algo, lo primero que me viene:

Hoy no estuve sola en el campo. Y, por primera vez, no me molestó.

Cierro el cuaderno, lo dejo sobre la mesa y apago la luz.

Pero no puedo dormir.
Doy vueltas entre las sábanas, escuchando la noche afuera, preguntándome si él pensará en mí también.
Y si mañana de verdad volverá.

Me doy la vuelta por quinta vez en la cama. Las sábanas están frías, igual que mis pies.
No puedo dormir.

—Esto es ridículo... —murmuro en voz baja, mirando el techo—. Ni siquiera lo conozco.

Cierro los ojos, intento pensar en otra cosa, pero su imagen vuelve, como si alguien la proyectara en mi mente.
Su sonrisa, su forma de hablar, esa mirada curiosa.
Esa sensación rara que dejó en mí.

—¿Por qué te apareciste justo hoy? —susurro al aire—. ¿Y por qué no puedo dejar de pensar en ti?

Respiro hondo. Me siento ridícula.
Esto no me pasa. No a mí.
Yo no soy de las que se enredan en pensamientos románticos por un chico que conocieron hace horas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.