El Jardín de las Flores Tristes

Capítulo 11. Las flores sienten celos de otras flores.

El Profesor Jacinto tenía ya un mes dando clases a en el “Jardín Triste” como llamaban a la escuela Secundaria Privada “Jardín de las Alegrías”, para jovencitas. La escuela más prestigiosa de la ciudad. El verde apagado de sus muros debido al moho era algo característico. La cantera rosada en ocasiones se asomaba de las estructuras como huesos viejos de un gigante muerto hacía mucho tiempo. Enredaderas gigantes cubrían los muros más septentrionales del enorme patio amurallado. Éran unas enormes cortinas verdes que hacían sentir en otro mundo, en el mundo de las hadas.

El profesor Jacinto solía permanecer mucho tiempo en su oficinita donde faltaba la luz y sobraban las sombras. Era tétrico quedarse hasta que oscurecía así que siempre salía de ahí al punto de las seis de la tarde, cuando las sombras empezaban a extenderse por el suelo. Ross permanecía mucho tiempo con él, al igual que Myrtle. Contaban historias extraordinarias, cuentos reales disfrazados de mentiras donde él podía encontrarlas a ambas en el mundo de las hadas.

Lalea fue la primera en irse, sus padres esperaban ya a la puerta de la escuela. Ross siempre se iba sola a su casa, nadie pasaba por ella. Jacinto había preguntado a la niña el porqué de ese enorme moretón en su cara. Ross tardó en responder, no era una flor que soliera hablar ni siquiera en defensa propia, su mejor arma era el silencio. La rosita garabateó rápidamente en su cuaderno y le mostró a su profesor la verdad en el mundo de las hadas.

Su padre era un hombre muy rico y su madre una mujer muy joven. El padre de Ross tenía una embotelladora de gaseosas en varios estados del país y residían en aquella taciturna ciudad por seguridad. Su padre era alcohólico y su madre, bueno su madre simplemente nunca estaba en la realidad. Según el dibujo de Ross, aquella noche, luego de una riña con su madre, como de costumbre, su padre irrumpió en su mundo de las hadas…

Todo aquello era evidencia suficiente para hacer caer de su imperio a sus irresponsables padres y poder arrebatar la patria potestad de tan inocente niña. Jacinto le dijo que debía darle esos dibujos y él buscaría a como diera lugar la manera que dejara de sufrir tanto y pudiera hacer real su mundo de las hadas.

Orchid era hermosa y siempre miraba al profesor como un perro hambriento mira a la carne al otro lado del mostrador en la carnicería. Orchid y su séquito de flores se habían propuesto un único objetivo. La hermosa flor de ojos violeta solía buscar al profesor para preguntar sobre las tareas a última hora, cuando él ya se disponía en abandonar la escuela. Sus complacientes amigas siempre miraban escondidas en los recovecos del edificio, puntos estratégicos. Jacinto siempre la rechazaba sutilmente diciéndole que con gusto podía atenderla mientras estuviera en su horario de trabajo. Pero aquella tarde fue distinto, Orchid encontró la manera de sobornar al profesor para que entrara a su mundo de las hadas.




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