El jardín de mentiras

Capitulo 4 el chico de la iglesia

Camila se quedó inmóvil.

La hoja temblaba entre sus manos.

"Dejen de investigar o terminarán igual que ella."

Leyó la frase una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Pero las palabras no cambiaron.

Seguían allí.

Amenazantes.

Reales.

Alguien había entrado en su habitación.

Alguien sabía que ella y Diego estaban investigando.

Y ese alguien quería asustarlos.

Lo estaba logrando.

Sin pensarlo, tomó su teléfono.

—Diego, contesta... contesta...

La llamada fue respondida al segundo timbre.

—¿Camila?

—Alguien entró en mi habitación.

Del otro lado hubo silencio.

—¿Qué pasó?

Camila le explicó todo.

La carta.

La amenaza.

El sobre negro.

Cuando terminó, Diego habló con una voz más seria de lo normal.

—No toques nada.

—¿Qué?

—Voy para allá.

Veinte minutos después, Diego estaba frente a su casa.

Camila bajó rápidamente.

Era la primera vez que lo veía de cerca bajo la luz del día.

Cabello oscuro.

Ojos intensos.

Y una expresión preocupada.

—¿Dónde está la carta? —preguntó.

Camila se la entregó.

Diego la examinó durante varios segundos.

—¿Reconoces la letra?

—No.

—Yo tampoco.

Guardó silencio.

Parecía estar pensando en algo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Camila.

Diego levantó la mirada.

—Esto ya no es solo un asesinato.

—¿A qué te refieres?

—Alguien está intentando ocultar algo.

Y está dispuesto a amenazar a cualquiera que se acerque demasiado.

Un escalofrío recorrió la espalda de Camila.

Más tarde decidieron volver al jardín abandonado donde había aparecido el cuerpo de Valeria.

El lugar estaba vacío.

Las cintas policiales seguían rodeando la zona.

El viento movía las ramas de los árboles.

Todo parecía inquietantemente silencioso.

—¿Segura de que quieres estar aquí? —preguntó Diego.

—No.

—Entonces estamos igual.

Camila soltó una pequeña risa.

La primera desde que comenzó todo.

Mientras caminaban entre los senderos cubiertos de maleza, algo llamó la atención de Camila.

Una cadena plateada.

Estaba medio enterrada entre las hojas.

—Diego.

—¿Qué pasa?

Camila señaló el suelo.

Diego se agachó.

Tomó la cadena.

En el colgante había grabada una letra.

V.

Los dos se quedaron mirando el objeto.

—¿Valeria? —susurró Camila.

Diego asintió lentamente.

—Podría ser de ella.

Camila sintió que el corazón se aceleraba.

Era la primera pista real que encontraban.

Pero entonces escucharon un ruido.

CRACK.

Una rama rompiéndose.

Los dos se giraron al mismo tiempo.

Alguien estaba allí.

Entre los árboles.

Observándolos.

Camila apenas alcanzó a distinguir una silueta oscura antes de que echara a correr.

—¡Oye! —gritó Diego.

Y salió corriendo tras ella.

Camila lo siguió.

El bosque parecía interminable.

Las ramas golpeaban sus brazos.

El suelo resbalaba por la lluvia.

Pero la figura seguía alejándose.

Hasta que desapareció.

Como si nunca hubiera estado allí.

Minutos después, jadeando y cubiertos de barro, regresaron al lugar donde habían encontrado la cadena.

Pero algo había cambiado.

Camila sintió que el estómago se le revolvía.

—Diego...

—¿Qué pasa?

—La cadena.

Diego miró el suelo.

Y palideció.

Había desaparecido.

La única pista que tenían acababa de esfumarse.

Y eso solo podía significar una cosa.

La persona que los observaba había regresado por ella.



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En el texto hay: misterio, romance, tracion

Editado: 01.07.2026

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