El jardín espinado

Noveno Relato: Empatía

Emocionado, Nathan llegó casi cayéndose a casa de Nate, ansioso por saber qué pasó después del huracán, pues sabía ciertos detalles que, sin dudas, influenciarían en la historia.

El viejo, lejos de reclamar, entendió la emoción del pequeño, por lo que fue directo al grano, sentados ambos en la sala e iniciado el relato tan pronto terminó Nate de darle un sorbo a su vino.

Después de unos momentos, Mat terminó de bañarse, tomada la toalla y el pijama que su amigo le había dejado para que se arreglara, emergido del baño ya seco y con las prendas puestas, mismas que le quedaban algo pequeñas.

Al inicio, Nolan pensaba burlarse, pero le pareció que se veía bastante lindo, aunque el silencio le hizo creer a Mat que sólo estaba guardándose las mofas por respeto.

—¡Sí! Me veo ridículo. ¡Búrlate! Tienes mi permiso —dijo el menor, cosa que, sin dudas, le causó gracia al adulto.

—¡Te ves bien! No seas dramático. Nadie más va a verte, sólo yo y tú. ¿Qué importa? —Afuera, la tormenta se escuchaba espantosa, por lo que Nolan se apresuró en meterse a bañar, ya que la luz de las linternas de sus teléfonos no duraría mucho y todavía faltaba que se acomodaran para dormir.

Ya era tarde y Mat pensaba en que su familia podría estar preocupada. No obstante, no tenían auto, así que no había forma en la cual pudieran ir a por él. Eso lo tranquilizó, aunque sea un poco, mientras esperaba a que Nolan terminara de bañarse, sentado el estudiante en la cama del anfitrión, en medio de su habitación, a oscuras y escuchando los relámpagos afuera, al igual que las gotas de lluvia golpear la ventana de la habitación.

Nolan salió ya vestido con su pijama del baño, listo para acostarse, encontrado al joven solo en su habitación. Aquel le sonrió de momento.

—Bueno, hay que dormir ya. No hay electricidad, así que no hay manera de pasar el rato.

—Lo sé. Será mejor que me vaya a la habitación de huéspedes.

—Verás… Sobre eso —dijo el hombre, encaminado el menor al lugar, comprobado que la cama estaba empapada—. Olvidé cerrar la ventana y la habitación quedó por completo mojada. Será mejor que duermas en mi cuarto. Haré un tenderete en el suelo y tú usarás la cama.

—Nolan…

—¡Sin reclamos, ni negociaciones! —advirtió molesto el mayor, asentido al final por el joven.

Fue así como el anfitrión sacó las cobijas nuevas que compró y, con ellas, consiguió tender una cama en el suelo. Por desgracia, parte de estás estaban mojadas, por lo que sólo tenía una pequeña frazada para taparse del frío, mas eso no le importó y como quiera se plantó en el suelo, fingido estar a gusto.

Por su parte, Mat se acostó tranquilo en la cama, justo al lado de Nolan, observado con curiosidad el mayor desde la altura, ya que su vista se había adecuado a la oscuridad, al igual que la de su amigo.

—Muchas gracias por ayudarme, Nolan.

—Ni lo digas. Me da gusto que pudieras venir y no quedarte allá, donde te pudo pasar algo.

—Sí, me salvaste ahora tú. Estamos a mano.

—Buenas noches.

—¡Igual! —Ambos cerraron sus ojos y se dispusieron a descansar, usado el sonido de la luvia como un tranquilizador que les fue mermando su conciencia hasta dejarlos dormidos. No obstante, el frío se hizo presente. El huracán llegó acompañado de una ola de frío, notado esto primero por Nolan, que se despertó y empezó a temblar a media noche, para luego el ambiente helado levantar a Mat, que también comenzó a sentirse incomodo por esto, aunque era en menor cantidad gracias a sus músculos que, de manera natural, lo mantenían más caliente.

Al estar ya consciente, el menor escuchó los dientes del anfitrión chocar por el frío, al igual que su respiración temblorosa por los escalofríos. Se notaba que estaba sufriendo mucho por la temperatura baja.

Mat revisó su teléfono y se dio cuenta que, al menos, ya había un poco de señal. La red estaba demasiada lenta, pero era suficiente para avisar a todos que estaban a siete grados, lo cual era muy bajo para sólo tener una frazada de protección.

—Nolan, ¿estás bien? —preguntó el chico con una voz adormilada, respondido por el anfitrión.

—S-sí, no te p-preocupes —tartamudeaba del frío sin poder evitarlo, a lo que, decidido, el menor propuso algo.

—Yo también tengo frío. Tenemos dos opciones: aguantar y enfermarnos, o dormir juntos y usar la cobija que tendiste como cobertor para tener más calor. —La sugerencia hizo pensar unos momentos a Nolan, pero luego respiró hondo y tomó una decisión.

—Por mi e-está así b-bien. Puedo aguantar. Deja d-darte la cobi-cobija.

—¡Nolan! —exclamó un tanto molesto el estudiante, impresionado el mayor por esto—. No te voy a morder. Sube, la cama es suficiente para ambos. No tengo que abrazarte para que el calor de nuestros cuerpos se junte y ayude. No seas tonto. —Al escuchar eso, Nolan se sonrojó un poco y sonrió de felicidad, colocado un sentimiento cálido que le tranquilizó los escalofríos y le llenó el corazón.

—Está bien. —De inmediato, Nolan se puso de pie y colocó la colcha que tenía debajo sobre la cama, acomodado en ella, apenas a unos centímetros de Mat, quien le hizo espacio al instante—. ¡Hace un chingo de frío! —mencionó el hombre al temblar, tocado su brazo por Mat, percibido que estaba demasiado helado.

—¡A la verga! Estás congelado. ¿Cuánto tiempo llevabas temblando?

—No sé —confesó el mayor, a lo que el estudiante se acercó a él, alejado Nolan luego de esto—. ¿Qué pasó?

—Acércate, yo estoy cálido.

—¡Estás loco! Te va a dar frío, te puedes enfermar.

—¿Y tú no? ¡Deja de hacerte el mamoncito y ven! ¿O te genero repulsión?

—¡Claro que no!

—¿Entonces?

—¡Bien! —Al instante, Nolan se lanzó sobre Mat y lo abrazó, oculta su cara entre el hombro y el cuello del estudiante, rodeado por sus grandes brazos bajo las cobijas.




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