El jefe final que no quiere ser derrotado

Capítulo 1: Dos caras de la misma escuela

La escuela siempre estaba llena de gente.

Pasillos abarrotados, voces superpuestas, pasos que no se detenían nunca.

Y aun así, Aoi caminaba por ellos como si no estuviera allí.

No porque lo evitaran.

No porque lo rechazaran.

Simplemente… porque nadie lo veía.

Aoi Mizuchi no era bajo ni especialmente alto, su cuerpo delgado pasaba desapercibido entre los uniformes idénticos. El cabello negro, largo para los estándares escolares, caía desordenado sobre su rostro, ocultando casi por completo sus facciones. Usaba lentes rectangulares de marco oscuro que, sumados a su postura encorvada, le daban un aire apagado, como si estuviera siempre intentando reducir su presencia al mínimo.

Bajo esa apariencia descuidada, su rostro era sorprendentemente fino. Rasgos suaves, piel clara, labios delicados… pero nada de eso se notaba. El cabello y los lentes se encargaban de borrar cualquier detalle que pudiera llamar la atención.

Y Aoi no hacía nada por evitarlo.

Caminaba con la mochila colgada de un solo hombro, los ojos bajos, avanzando entre la multitud como una sombra más.

Se detuvo frente a su casillero y lo abrió con movimientos tranquilos, casi automáticos. A su alrededor, la vida escolar seguía su curso habitual.

—¿Viste el nuevo torneo del juego?

—Dicen que ahora es completamente inmersivo.

—El consejo estudiantil anunció algo para hoy.

Aoi escuchaba sin escuchar.

Para él, ese murmullo constante era como el sonido del viento: estaba ahí, pero no exigía atención.

Cerró el casillero y se giró para seguir caminando.

Y entonces chocó con alguien.

No fue fuerte.

No fue dramático.

Solo un pequeño impacto de hombro contra hombro.

—Ah— lo siento —dijo una voz apresurada.

La chica dio un paso atrás y lo miró… y recién entonces parpadeó, dándose cuenta de algo.

—Ah… —repitió—. No te había visto.

Aoi se quedó quieto un segundo.

—No… no pasa nada —respondió en voz baja.

Ella asintió, algo incómoda, y siguió su camino.

Aoi la observó alejarse apenas un instante. No había enojo ni tristeza en su expresión, solo una aceptación silenciosa.

Así era su lugar en ese mundo.

Sala del consejo estudiantil

En el otro extremo del edificio, el ambiente era completamente distinto.

—Presidenta, los documentos ya están listos.

—Bien, déjenlos sobre la mesa.

—¿Y la reunión con los clubes?

Reika Kanzaki avanzaba por el pasillo del consejo estudiantil con paso firme. Era alta, de figura estilizada, con el uniforme perfectamente ajustado y sin una sola arruga fuera de lugar. Su largo cabello, de un tono oscuro con reflejos azulados bajo la luz, caía ordenado por su espalda, siempre bien cuidado.

Su rostro era hermoso de una forma clara y directa. Ojos afilados, seguros, que parecían evaluar todo a su alrededor. No necesitaba levantar la voz para imponerse; su sola presencia bastaba para que el ambiente se ordenara.

Las conversaciones bajaban de volumen cuando pasaba. Las miradas la seguían con respeto, a veces con admiración.

—La reunión será después de clases —dijo Reika—. No quiero retrasos.

—¡Sí, presidenta!

Entró a la sala del consejo y cerró la puerta tras de sí. El espacio era amplio y luminoso, con grandes ventanales que daban al patio central. Reika dejó su carpeta sobre la mesa principal y, por un breve instante, se permitió soltar el aire que llevaba contenido.

Miró por la ventana.

Desde ahí se veían los estudiantes cruzando el patio, formando grupos, riendo, discutiendo, existiendo.

—Todo funciona —murmuró—. Así debe ser.

Para Reika, la escuela era un sistema que debía mantenerse en equilibrio. Cada rol cumplido, cada engranaje en su lugar.

Ella estaba en el centro de ese sistema.

O al menos, eso creía.

Aoi entró al aula minutos después y tomó su asiento habitual, junto a la ventana, en una esquina donde nadie lo molestaba… ni lo buscaba.

Apoyó el mentón en la mano y observó el cielo despejado.

Pensó, vagamente, en sus hermanas.

En el paquete que debía llegar esa tarde.

En algo nuevo que estaba por comenzar, aunque todavía no podía ponerle nombre.

Reika, al mismo tiempo, revisaba la agenda del día sin notar que, bajo el mismo techo, caminaba alguien cuyo rostro jamás había visto con atención.

Dos estudiantes.

Dos mundos.

Dos caras de una misma moneda que aún no había sido lanzada al aire.

Y ninguno de los dos sabía que, cuando ese mundo cambiara,

Aoi ya no podría volver a pasar desapercibido.

Casa de Aoi

La casa estaba en silencio cuando Aoi llegó.

Dejó los zapatos en la entrada, colgó la chaqueta en el respaldo de la silla y caminó directo a su habitación sin encender más luces de las necesarias. El sol de la tarde entraba por la ventana, tiñendo el cuarto de un tono cálido y tranquilo.

Su habitación era simple.

Demasiado ordenada para alguien de su edad.

Un escritorio junto a la ventana, una estantería con libros y videojuegos, la cama perfectamente hecha. No había pósters ni adornos llamativos. Todo parecía… funcional. Como si Aoi hubiera decidido, inconscientemente, no dejar demasiadas huellas de sí mismo.

Apoyó el paquete sobre el escritorio.

Era una caja negra, elegante, sin logos visibles. Solo una pequeña etiqueta con su nombre escrito a mano.

Aoi frunció ligeramente el ceño.

—…esto no es normal —murmuró.

Sin abrirla, tomó su teléfono y marcó el contacto que ya sabía de memoria.

La llamada fue respondida casi de inmediato.

La pantalla se dividió en dos.

—¡AOI! —dijeron dos voces al mismo tiempo.

En la mitad izquierda apareció Hina Mizuchi, la mayor. Tenía el cabello largo, de un castaño claro, recogido de manera descuidada en una cola alta. Sus ojos vivaces contrastaban con las ojeras leves de alguien que dormía poco, y vestía ropa cómoda de universidad, con una sudadera amplia y auriculares colgándole del cuello.



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Editado: 09.09.2026

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