El Juego Del Calamar (detrás de la máscara)

Capitulo 3: Resignación

Los jugadores comenzaron a despertar uno a uno.

Primero fue un hombre de mediana edad que abrió los ojos lentamente, desorientado, con la respiración pesada y la mente intentando comprender qué estaba pasando. Después fue una joven de cabello largo que se incorporó de golpe, llevando una mano a su pecho, como si lo primero que necesitara comprobar fuese si seguía viva. Luego, poco a poco, como una ola humana que se extendía por el enorme lugar, los demás comenzaron a moverse también.

Muchos recordaban fragmentos… demasiado claros para olvidarlos. Recordaban el timbre insistente, la voz fría diciendo que subieran al vehículo, el olor a desinfectante, la sensación de algo clavándose en el brazo, y luego la oscuridad. Otros recordaban resistirse, pero sus fuerzas apagándose de golpe, como si alguien hubiese decidido por ellos cuándo dormir.

Y aun así… ahora estaban ahí.

Una sala gigantesca, completamente cerrada, sin ventanas, con paredes altas que parecían no terminar nunca. Las luces eran blancas, limpias, demasiado perfectas para resultar tranquilizadoras. El suelo era liso, brillante, tan impecable que nadie entendía cómo algo tan pulcro podía sentirse tan amenazante.

Eran muchos.

Trescientos… cuatrocientos…

Cuatrocientos cincuenta y seis.

456 personas, cada una vistiendo ahora el mismo uniforme numerado, cada una portando en el pecho una identidad nueva, reducida a un simple dígito. No había colores llamativos, no había adornos. Era como si el lugar hubiese querido borrar todo lo que los hacía diferentes, dejando solo lo esencial: ellos, y la razón por la que estaban ahí.

—¿Qué es esto? —preguntó alguien con voz temblorosa.

—Debe ser alguna clase de competencia —respondió otro, intentando sonar calmado, aunque ni él mismo se creía.

Algunos observaban en silencio. Otros empezaban a murmurar entre sí, buscando explicación, buscando consuelo. Había quienes apretaban los dientes en frustración, mientras otros simplemente lloraban en silencio, abrazándose las piernas como si con eso pudieran protegerse de algo que todavía no comprendían.

El eco de sus voces llenaba el lugar.

Entonces, las puertas al fondo de la sala se abrieron.

El sonido metálico de las compuertas resonó como un trueno. De pronto, todos callaron. Sus miradas se dirigieron hacia el mismo punto. El silencio se volvió pesado, casi insoportable. La respiración colectiva se detuvo por segundos que parecieron eternos.

Entraron ellos.

Guardias vestidos de rojo, completamente cubiertos, rostros ocultos tras máscaras sin expresión. Caminaban con precisión perfecta, como si el miedo no existiera en su mundo. No hablaban entre sí. No dudaban. No miraban a nadie en particular, pero parecía que lo veían todo.

Los jugadores retrocedieron instintivamente.

El sonido de botas ordenadas avanzando hizo que varios tragaran saliva. Parecía una coreografía fría, militar, ensayada miles de veces. Se colocaron en fila, formando una barrera humana imponente frente a los 456 participantes.

Uno de ellos avanzó al centro.

Su máscara tenía un símbolo distinto al resto. Cuadrado.

Líder de ese grupo.

Cuando habló, su voz fue amplificada por el sistema del lugar, llenando cada rincón de la sala.

—Bienvenidos.

Nadie respondió. Muchos ni siquiera respiraban correctamente.

—Han sido seleccionados —continuó el guardia— para participar en una serie de competencias.

No alcanzó a decir más.

—¡Esto es un secuestro! —gritó un hombre desde el centro.

—¡Nos drogaron! —reclamó una mujer.

—¡No aceptamos esto! ¡No sabíamos que sería así! —añadió otro, furioso, temblando entre miedo y rabia.

El murmullo se convirtió en ruido. Voces, acusaciones, respiraciones agitadas. Varios comenzaron a avanzar unos pasos, pero los guardias levantaron sus armas. No dispararon. No amenazaron verbalmente. Solo la acción bastó para congelarlos.

El guardia del símbolo cuadrado levantó la voz de nuevo, firme, inquebrantable.

—Ustedes aceptaron venir.

La frase cayó como un golpe seco.

—Llamaron antes de ser traídos. Accedieron por su propia voluntad. Cada uno sabía que esto seria decisión propia.—Su tono no era violento. Era peor: era controlado, seguro, imposible de romper—. Nosotros no los secuestramos. Nosotros cumplimos su decisión.

Nadie respondió al instante. Algunos bajaron la mirada. Otros apretaron los dientes, entre vergüenza, impotencia y orgullo herido.

—Esta es su oportunidad —añadió—. Rechazarla es libre. Asumirla… también. Pero si se quedan, entonces obedecen.

El silencio regresó, pesado, inevitable.

—Será una serie de competencias. —Continuó, retomando el hilo— Serán seis juegos.

Un murmullo recorrió la multitud.

—Seis juegos en seis días.

Seis días.

Seis pruebas.

Seis oportunidades para ganar… o para perderlo todo.

—Cada uno de ustedes ha aceptado venir aquí por decisión propia —agregó el guardia principal—. Todos tienen algo en común: necesitan una oportunidad. Esta es la suya.

Algunos bajaron la mirada. Otros apretaron los puños. No hacía falta mirar los archivos para entender que la desesperación era lo que había llevado a esas personas a ese punto. Problemas financieros, familias destruidas, deudas, vacíos, culpas… aquello no era un grupo al azar.

Era gente rota buscando un milagro.

Las luces del techo parpadearon suavemente y luego, desde el frente, se desplegó una enorme pantalla negra. En ella comenzó a aparecer texto. Letras blancas, exactas, legales.

Cláusulas.

Condiciones.

Reglas.

Había mucho para leer, pero lo más importante estaba escrito con claridad brutal:

—Para participar, deben aceptar voluntariamente las normas del juego —explicó el guardia—. Nadie será obligado. Pueden retirarse… ahora.

Un silencio frío recorrió el lugar.

—Pero —añadió— si aceptan firmar, deberán completar los seis juegos.



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En el texto hay: asesinatos, violencia, suicidio

Editado: 29.12.2025

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