La puerta terminó de abrirse por completo.
Una luz inmensa inundó el umbral, obligando a los jugadores a entrecerrar los ojos. El aire del nuevo lugar era distinto: más fresco, más abierto… pero también lleno de algo invisible que oprimía el pecho. La tensión era tan grande que algunos sentían que el suelo vibraba bajo sus pies, aunque probablemente era solo el temblor de sus propias piernas.
Uno a uno comenzaron a entrar.
Del otro lado no había paredes.
Era un campo abierto.
Un terreno enorme, de arena clara y tierra compacta, rodeado por altos muros tan lisos que resultaban imposibles de escalar. El cielo artificial proyectado sobre ellos era de un azul perfecto, sin nubes, una calma demasiado falsa para ser tranquilizadora. A lo lejos, en la otra punta del inmenso espacio, había una línea marcada con color intenso, la meta. Entre ellos y esa meta… nada visible.
Solo vacío.
Solo distancia.
Solo silencio.
Karl observaba desde su sala negra. Las pantallas frente a él mostraban el campo desde todos los ángulos posibles. Su máscara reflejaba la luz blanca de los monitores. El tiempo parecía avanzar lento, como si el mundo dudara de seguir moviéndose.
Los guardias en rojo comenzaron a colocarse en posiciones estratégicas alrededor del campo. No levantaban armas. No gritaban. No necesitaban hacerlo.
Un gran temporizador apareció en el cielo digital, suspendido sobre el campo.
Diez minutos.
La voz del guardia del símbolo cuadrado resonó en todo el terreno.
Una voz metálica resonó por todo el lugar, retumbando en las paredes del enorme campo artificial.
"Atención, jugadores. Bienvenidos al primer juego. El primer juego se llama… Campo Minado."
La voz hizo una breve pausa, dejando que el eco y el miedo se apoderaran de todos antes de continuar:
"Las reglas son simples. Tienen que cruzar este terreno hasta la línea de meta al otro lado. Bajo el suelo hay minas escondidas. Algunas áreas son seguras… otras no. Si pisan el lugar equivocado, será su final. Cuentan con un tiempo limitado para llegar al otro lado. Si el temporizador llega a cero y aún no cruzan… también pierden."
Hubo un silencio pesado… y entonces la voz terminó con frialdad:
"Dicho esto… que comience el juego."
En ese instante, el gigantesco contador comenzó a descender, marcando el inicio del horror.
Nadie habló.
—Su objetivo es simple: llegar al otro lado del campo antes de que el tiempo termine.
Algunos soltaron un suspiro de alivio. Otros se miraron entre sí, intentando convencerse de que sí, quizá esto no era tan terrible como pensaron. Correr, caminar, avanzar… eso podían hacerlo, ¿no?
El guardia continuó:
—No hay instrucciones adicionales. No hay pistas. Solo deben avanzar… y cruzar la meta.
Karl apretó los puños.
Lo sabía.
Sabía la verdad que ellos todavía no comprendían.
El suelo de ese campo no era un simple terreno vacío…
Era un campo minado.
Literalmente.
Enterrado bajo la arena perfecta, bajo la tierra lisa, se escondían detonadores distribuidos aleatoriamente. No había patrón. No podía verse nada a simple vista. Cada paso era una apuesta. Cada movimiento podía ser el último.
. Y recuerden… quien no cruce antes de que termine el tiempo…
Se detuvo un segundo.
Ese silencio dolió.
—Quedará eliminado.
Karl sintió cómo esas palabras pesaban más que ninguna otra. Sabía perfectamente qué significaba «eliminado». Sabía lo que estaba a punto de ver. Sabía lo que esas personas descubrirían demasiado tarde.
Los jugadores no.
Ellos todavía querían creer que “eliminado” significaba perder dinero, quedar fuera, simplemente retirarse.
El tiempo comenzó a correr.
Pero nadie se movió al principio.
Era como si la realidad hubiese tardado un segundo extra en entrar en sus mentes. Algunos se miraron. Otros esperaron que los guardias dijeran algo más. Que dieran una señal diferente. Una aclaración. Algo.
Nada.
Hasta que el primer hombre decidió correr.
Fue un impulso.
Desesperación.
Determinación.
No quería quedarse atrás. No quería arriesgarse a que el tiempo acabara. Así que apretó los dientes, respiró hondo y corrió.
Sus pasos resonaron fuertes contra el suelo…
Uno…
Dos…
Tres…
BOOM.
Una explosión brutal sacudió el campo.
Un estallido de tierra, fuego y arena levantándose violentamente. El cuerpo del jugador se destrozó en una fracción de segundo entre humo y polvo. El sonido retumbó en el pecho de todos.
Los gritos comenzaron al instante.
—¡¿QUÉ FUE ESO?!
—¡HAY EXPLOSIVOS!
—¡NOS VAN A MATAR!
El pánico explotó con más fuerza que la mina misma.
Karl apretó los dientes detrás de la máscara.
La primera muerte siempre era así.
Cruda.
Real.
Innegable.
La ilusión se rompió.
La mentira desapareció.
Ahora todos sabían la verdad:
Perder significaba morir.
El caos se apoderó del campo. Personas corriendo sin dirección, empujando, tropezando, intentando retroceder inútilmente, pero los guardias les bloquearon el paso. No podían salir. No podían escapar del juego.
Otra explosión.
BOOM.
Un cuerpo salió despedido hacia un lado.
Gritos más fuertes. Llantos. Suplicas.
—¡Deténganlo! ¡Por favor deténganlo! —rogó una mujer mientras se aferraba al brazo de otro jugador.
Pero el tiempo seguía corriendo.
8:31
El reloj no sentía compasión.
El campo no perdonaba errores.
Muchos comenzaron a moverse con terror, avanzando paso a paso, intentando calcular algo imposible. Algunos intentaban seguir pisadas de otros, pero el suelo era tan amplio y caótico que nada parecía seguro. Un paso adelante podía significar vida… o podía significar fin.
Karl sintió su corazón acelerarse. Vio desde las cámaras cómo algunos se congelaban en pánico absoluto. Cómo otros, impulsados por la desesperación, corrían sin pensar, convirtiéndose en detonadores humanos.
Editado: 29.12.2025