El estruendo final del campo minado aún parecía vibrar en los huesos de los sobrevivientes cuando el eco de las explosiones se desvaneció, dejando un silencio pesado, casi antinatural. El humo seguía elevándose en columnas grises que parecían querer sostenerse sobre el cielo artificial del lugar. Los jugadores permanecieron inmóviles unos segundos más, como si cualquier movimiento pudiera despertar de nuevo la muerte que acababan de presenciar. Poco a poco, los guardias, impávidos, comenzaron a guiar a los que habían logrado cruzar hacia una salida lateral.
Los sobrevivientes caminaron en filas desordenadas, aún en shock, hasta que finalmente fueron introducidos en un pasillo largo, metálico, iluminado por luces blancas que parecían demasiado limpias para todo lo que acababa de ocurrir. El paso de 321 pares de pies resonaba con una mezcla de cansancio, miedo y tristeza. Algunos lloraban en silencio, otros miraban al frente con ojos vacíos, y unos cuantos trataban de mantener la compostura, aunque sus manos temblaban inevitablemente.
Después de varios minutos, las puertas automáticas se abrieron y los jugadores entraron al dormitorio enorme: la habitación de múltiples niveles con literas metálicas dispuestas en torres, casi como una colmena humana. Era el mismo lugar donde habían despertado por primera vez algunos de ellos, pero ahora se sentía distinto. Ya no era un misterio. Ya no era solo incertidumbre. Ahora estaba teñido de muerte real, de pérdida tangible. Había olor a sudor, metal y miedo.
Un murmullo comenzó a crecer. Algunos buscaban a personas con las que habían hablado antes del juego. Otros contaban mentalmente, intentando confirmar si sus conocidos seguían vivos. Una mujer se dejó caer de rodillas, sollozando y nombrando a alguien que no había vuelto. Un hombre golpeó con el puño una litera, maldiciendo a gritos, mientras otro se sentaba en silencio, cubriéndose la cara con ambas manos.
En una de las esquinas, se escucharon voces más fuertes. Un jugador, de unos treinta y tantos años, con la ropa sucia de polvo, gritó:
—¡Esto fue una masacre! ¡Nos metieron a un juego imposible! ¡Nos trajeron aquí para morir como animales!
Varios levantaron la mirada. Otros asintieron con rabia contenida. Alguien más, con voz quebrada, añadió:
—¡Nos secuestraron! ¡Nos drogaron! ¡Ni siquiera sabíamos qué iba a pasar de verdad!
El ambiente estaba a punto de explotar también, pero esta vez por desesperación humana. Justo entonces, las luces del dormitorio parpadearon. Una sirena suave, no tan agresiva como la del juego, sonó durante tres segundos. De pronto, los Guardias entraron al dormitorio y avisaron que revelarán los resultados del primer juego, pantalla gigantesca se encendió en una de las paredes altas del dormitorio.
—Atención jugadores —dijo—. Felicitaciones a los que permanecen con vida. Han completado el primer juego.
Un silencio automático se apoderó del lugar. Nadie quería escuchar, pero todos necesitaban hacerlo.
—Hasta este momento —continuó—, quedan 321 jugadores vivos. Eso significa que 135 jugadores han sido eliminados en la primera ronda.
Un murmullo volvió a recorrer el dormitorio. 135 personas habían muerto. 135 historias. 135 vidas cortadas en segundos. Algunos se abrazaron. Otros se derrumbaron aún más.
—Tal como se les informó al firmar su aceptación, la firma permitia jugar durante 6 dias sin rendirse, o si no, serían eliminados. Cada juego que pierdan implica la eliminación y, por lo tanto, la muerte. Pero también cada jugador eliminado aumenta el valor del premio acumulado. Los jugadores que consigan completar los 6 juegos recibirán la totalidad del dinero. Solo los que sigan las instrucciones al pié de la letra y como se indican llegarán a ese gran premio.
Entonces, sobre la enorme esfera transparente en el centro del dormitorio —esa que nadie antes había entendido del todo— comenzó a descender una lluvia de billetes que se acumulaban dentro. Luces verdes iluminaron la esfera mientras una cifra apareció flotando sobre ella, incrementándose rápidamente hasta detenerse en una cantidad demasiado grande para ser ignorada.
Los jugadores observaron la cifra con una mezcla de horror, tentación y esperanza torcida. Era dinero suficiente para cambiar la vida de cualquiera… si lograban sobrevivir.
—Este es el monto actualizado del premio —finalizó la voz—. Descansen. Mañana enfrentarán el segundo juego. Les recomendamos conservar sus fuerzas… si desean vivir.
La pantalla se apagó. La luz regresó a la normalidad. El silencio fue reemplazado otra vez por voces humanas, pero ahora eran distintas. Conversaciones quebradas. Discusiones. Llantos. Suspiros resignados.
Karl, desde la sala de control, observaba todo. Rodeado de pantallas que mostraban cada ángulo del dormitorio, cada rostro marcado por el trauma, cada mirada perdida. Estaba en su sala negra, lujosa y oscura, con ese contraste entre riqueza y vacío absoluto. Sus manos descansaban sobre los reposabrazos del sillón, pero los dedos se movían nerviosos. Él había elegido seguir. Él había permitido que el primer juego se llevara tantas vidas. Ahora, viendo las consecuencias tan de cerca, la decisión pesaba más que nunca.
—Ya no hay marcha atrás… —murmuró, apenas audible, como si necesitara convencerse a sí mismo.
En el dormitorio, un grupo comenzó a hablar cerca del centro. Entre ellos, una mujer joven, de rostro cansado pero firme, levantó la voz. Era la Jugadora 76. Su respiración era irregular, pero su mirada estaba llena de coraje y desesperación al mismo tiempo.
—¡Necesito salir de aquí! —gritó—. ¡Tengo una bebé! ¡Una bebé recién nacida! ¡No puedo morir aquí!
Muchos la miraron. Algunos con compasión. Otros con molestia, porque su dolor reflejaba el propio. Ella continuó, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
—¡Ustedes no entienden! ¡Yo no puedo perder! ¡Me necesitan! ¡Ella me necesita! ¡No acepté esto sabiendo que iba a morir!
Editado: 29.12.2025