El Juego del Millonario

Capítulo 1: La ilusión del control

El restaurante L'Éclipse estaba cerrado exclusivamente para ellos. Alex acomodó los puños de su camisa de seda, controlando la ligera ansiedad que amenazaba su usual compostura de acero. A sus 40 años, como CEO de AeroTech Industries, estaba acostumbrado a que los hombres temblaran ante su presencia y las mujeres cayeran rendidas a sus pies. Pero Hanna era diferente.

Desde el momento en que la vio salir de una biblioteca universitaria hace tres meses, una obsesión ciega se había apoderado de él. Su juventud, su aparente timidez y esos ojos oscuros que parecían mirar a través de la gente lo habían cautivado.

La puerta de cristal se abrió y Hanna entró. Llevaba un vestido sencillo, el cabello suelto y zapatos planos. Se veía tan joven, tan... vulnerable. Alex sonrió, sintiendo esa oleada de superioridad que tanto le gustaba. Él la protegería, él la moldearía. Él sería su dueño.

—Llegas a tiempo, mi pequeña —dijo Alex, levantándose para besar su mejilla y guiarla hacia la mesa.

—Nunca me gusta hacer esperar a la gente, Alex —respondió Hanna con una sonrisa mansa, sentándose.

Durante la cena, Alex desplegó todo su repertorio. Habló de sus recientes adquisiciones en la bolsa, de las presiones de liderar a cinco mil empleados y de los sacrificios de estar en la cima del mundo corporativo. Lo hacía con una falsa modestia calculada, esperando ver la admiración en los ojos de la joven de 18 años.

Hanna solo asentía, bebiendo un sorbo de agua.

«Cinco mil empleados», pensó Hanna, divirtiéndose en su fuero interno. «Qué tierno». Solo en NovaCore, una de las quince corporaciones que ella controlaba desde las sombras desde que tenía nueve años, la nómina superaba los cien mil trabajadores a nivel global. Mientras Alex se jactaba de sus ganancias del último trimestre, la mente de Hanna calculaba que la fortuna entera de este hombre equivalía a los ingresos mensuales de una sola de sus subsidiarias de transporte marítimo.

Pero Hanna mantenía su máscara de inocencia. Le fascinaba observar la arrogancia humana, y Alex era un espécimen fascinante.

Al llegar el postre, Alex tomó la mano de Hanna sobre la mesa. Su mirada se volvió intensa, casi febril. La obsesión que había estado reprimiendo por semanas finalmente desbordó.

—Hanna, sabes lo que siento por ti. No soy un hombre de juegos. Quiero que estés a mi lado, quiero cuidarte, sacarte de esa pequeña rutina universitaria y darte el mundo. Hanna... ¿aceptas ser mi novia?

Hanna miró la mano de Alex sobre la suya. Sabía exactamente lo que él veía: una estudiante universitaria impresionable a la que podría controlar con dinero y estatus. No tenía idea de que, si ella quisiera, podría comprar la empresa de Alex antes de que terminara la semana solo para usar el edificio como estacionamiento.

La idea de ver la cara de este orgulloso CEO cuando descubriera la verdad en el futuro era demasiado tentadora para dejarla pasar. El juego era simplemente irresistible.

Hanna levantó la mirada, fingiendo un ligero rubor en las mejillas, y sonrió con timidez.

—Sí, Alex. Acepto ser tu novia.

Alex exhaló un suspiro de triunfo, sintiéndose el rey del mundo, sin saber que acababa de firmar su entrada al tablero de una reina que jugaba en una liga completamente diferente.

Para su primera cita oficial, Alex decidió que el cine tradicional era demasiado mundano. Él no llevaba a su novia a hacer filas ni a compartir espacio con extraños. Por eso, llamó al gerente del complejo más exclusivo de la ciudad y alquiló la sala VIP principal solo para ellos dos.

Cuando Hanna llegó, el vestíbulo estaba desierto. Alex la esperaba junto a la entrada de la sala, vistiendo un traje impecable pero sin corbata, buscando un aire más juvenil. Al verla llegar en jeans, una playera blanca y una mochila al hombro, una sonrisa de suficiencia se dibujó en su rostro.

—Pensé que una película sería un buen plan para empezar relajados —dijo Alex, rodeando su cintura con el brazo—. Pedí que prepararan el menú de la sección gourmet solo para ti. Puedes pedir lo que quieras, Hanna. No te preocupes por los precios.

—Muchas gracias, Alex. Es un detalle muy lindo —respondió ella, forzando una mirada de asombro.

Por dentro, Hanna contenía las ganas de reír. El complejo de cines donde estaban parados pertenecía a CineMax Group, una cadena nacional que, a su vez, era propiedad de una firma de inversiones llamada Vanguard Investments. ¿Y quién era la accionista mayoritaria y fundadora silenciosa de Vanguard? Ella misma. Básicamente, Alex le estaba presumiendo que había gastado un par de miles de dólares en alquilarle una sala... en el negocio que ella misma poseía.

Entraron a la sala. Las luces eran tenues y los asientos eran enormes sillones de piel reclinables. Un mesero entró de inmediato, ofreciéndoles champaña y bocadillos de salmón.

—Sé que como estudiante debes estar acostumbrada a los cines ruidosos, así que preferí esto —comentó Alex mientras se acomodaba, tomando la mano de Hanna—. Aquí nadie nos va a molestar. Quiero que te acostumbres a este estilo de vida, Hanna. Te mereces lo mejor.

—Es todo muy lujoso, nunca había estado en un lugar así —mintió ella perfectamente, entrelazando sus dedos con los de él.

La verdad era que Hanna odiaba las salas VIP; prefería ver los estrenos en las pantallas de cine IMAX de 100 pies que tenía instaladas en los sótanos de tres de sus mansiones. Pero ver a Alex inflar el pecho como un pavo real valía cada segundo de actuación.

La película comenzó: un drama de intriga financiera que estaba de moda. A los cuarenta minutos, el villano de la historia realizaba una OPA (Oferta Pública de Adquisición) hostil para destruir a su competencia.

Alex se inclinó hacia Hanna y le susurró al oído con tono de sabelotodo:

—Esa estrategia de mercado que hace el personaje es muy arriesgada en la vida real. Yo la usé el año pasado para absorber a un competidor menor. Se necesita mucha madurez y nervios de acero para manejar ese nivel de presión corporativa. Algún día te explicaré cómo funciona el mundo de las finanzas, mi niña.




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