El Juego del Millonario

Capítulo 3: El velo se cae

Habían pasado dos meses desde aquella primera cita en el cine. Lo que comenzó como un juego entretenido para Hanna se había transformado en algo que ella no planeaba: se había enamorado de Alex. Detrás de su arrogancia y su necesidad de control, él le demostraba una devoción genuina; su obsesión por ella solo había crecido, cuidándola y buscándola a cada momento. Hanna amaba cómo la miraba, pero cargaba con el peso de saber que él estaba enamorado de una mentira, de la "niña pobre y vulnerable" que él creía proteger.

El día de cambiar las reglas del juego había llegado. Alex conocería a los padres de Hanna.

Alex conducía su flamante auto deportivo hacia la dirección que Hanna le había enviado. Esperaba llegar a un barrio de clase media o baja, un apartamento pequeño donde él, con su porte de CEO millonario, se presentaría como el gran salvador de la familia. Al notar que el GPS lo guiaba hacia la zona de mansiones más exclusiva y restringida de la ciudad, frunció el ceño.

El auto se detuvo ante unas enormes puertas de hierro forjado con un escudo familiar. Dos guardias de seguridad privada armados se acercaron, revisaron la matrícula y, tras recibir una confirmación por radio, le abrieron el paso. Alex tragó saliva. La propiedad era un palacio moderno, rodeado de hectáreas de jardines perfectos, fuentes de mármol y una flota de autos de superlujo que hacían que el suyo pareciera un juguete.

Cuando la servidumbre de guante blanco lo guió hacia el gran salón, Alex se sentía extrañamente pequeño.

Ahí estaba Hanna, vistiendo un traje sastre de seda que gritaba alta costura, con una postura imponente que nunca antes le había visto. A su lado, un hombre y una mujer de una elegancia imponente lo observaban con tranquilidad.

—Alex, te presento a mis padres —dijo Hanna, con una voz firme, despojada de cualquier timidez.

—Un placer, señor... —Alex extendió la mano, pero se quedó helado al detallar los rostros.

El hombre frente a él era el magnate principal de los fondos de inversión internacionales más grandes del continente. Pero lo que realmente hizo que el corazón de Alex se detuviera fue ver la enorme pantalla del despacho del fondo, donde se proyectaba un organigrama empresarial. En la cúspide de todo, por encima del nombre de sus padres, figuraba un solo nombre como dueña y accionista mayoritaria de quince de las corporaciones más masivas del planeta: Hanna. Incluyendo la firma que controlaba las acciones de la propia empresa de Alex.

—Mucho gusto, Alex —dijo el padre de Hanna con voz profunda—. Nuestra hija nos ha hablado mucho de ti. Nos sorprende que el CEO de AeroTech no supiera que su principal inversionista y jefa directa era la mujer con la que está saliendo.

Alex sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Miró a Hanna, con los ojos completamente abiertos por el impacto. La revelación lo golpeó como un tren: la universitaria indefensa, la chica que él pretendía deslumbrar con cenas VIP y lecciones de economía, era en realidad una titán de los negocios, inmensamente más rica y poderosa que él. Desde los nueve años, ella controlaba el dinero que a él le tomaría tres vidas conseguir.

Hanna dio un paso hacia él. Sus ojos reflejaban amor, pero también la seguridad de una reina.

—Hola, Alex —susurró ella con una sonrisa, esta vez sin ninguna máscara—. Bienvenido a mi mundo.

El silencio en el salón era tan denso que se podía escuchar el tic-tac de un reloj de pie antiguo. Alex miraba a Hanna, pasando de la incredulidad al desconcierto más absoluto. El hombre que minutos antes planeaba impresionar a una familia humilde con su estatus de CEO, ahora sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Tú... —la voz de Alex salió en un hilo, áspera, rota por el impacto—. ¿Quince empresas? ¿Desde los nueve años?

Hanna miró a sus padres de reojo, indicándoles con un sutil gesto que les dieran un momento a solas. Ellos asintieron con la misma parsimonia elegante y se retiraron hacia la terraza, dejando a la pareja en el centro de la inmensa estancia.

Hanna se acercó a él, pero Alex dio un paso atrás de forma instintiva. No era miedo; era el choque brutal de ver cómo el mapa mental que tenía de su novia se hacía pedazos. La chica dulce y desprotegida ya no estaba; en su lugar había una mujer con un poder financiero capaz de hundir o salvar su propia compañía con un solo chasquido de dedos.

—Alex, por favor, escúchame —pidió Hanna, y por primera vez en dos meses, su voz no tenía la seguridad fingida del juego, sino una vulnerabilidad real—. Al principio, sí, fue un juego. Estoy acostumbrada a que la gente se acerque a mí o a mi familia por conveniencia. Cuando te conocí y vi cómo me mirabas, decidí ocultar quién era para ver hasta dónde llegabas.

—¿Para burlarte de mí? —preguntó Alex, con la mandíbula tensa y el orgullo herido—. ¿Te divertía verme pagar salas de cine que te pertenecen? ¿Ver cómo te explicaba finanzas como un idiota?

—¡No! —Hanna dio un paso rápido y, esta vez, le tomó las manos. Alex intentó apartarlas, pero el agarre de ella fue firme—. Al principio me pareció curioso, no lo voy a negar. Pero las cosas cambiaron, Alex. En estos dos meses me enamoré de ti. Me enamoré de cómo me cuidas, de tu intensidad, de la forma en que estás pendiente de mí. Nadie me había querido por ser simplemente "Hanna". Todos me quieren por lo que poseo. Contigo... contigo fui libre por dos meses.

Alex la observó con fijeza. Su obsesión por ella no había disminuido; al contrario, saber que era una mujer tan poderosa despertaba en él un torbellino de emociones contradictorias. Su ego de macho alfa y CEO exitoso estaba sangrando, pero su fascinación por ella se había multiplicado por mil. Ya no estaba obsesionado con una niña indefensa; estaba obsesionado con una igual... o mejor dicho, con su superior.

—Me mentiste todo este tiempo —susurró Alex, aunque su tono ya no era tan severo, sino cargado de una intensa confusión—. Todo lo que creía saber de ti es una fachada.




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