El Juego del Millonario

Capítulo 4: El precio del orgullo

Las palabras de Hanna quedaron flotando en el aire, pero la tensión en la habitación cambió drásticamente en un segundo. Alex la miraba en silencio, procesando el ultimátum, con el orgullo herido batallando cruelmente contra la obsesión que sentía por ella. Para un hombre acostumbrado a mandar, verse acorralado y cuestionado en su propia hombría y estatus era intolerable.

Hanna vio la duda en sus ojos. Vio cómo la mandíbula de Alex se tensaba y cómo el ego de aquel CEO dominante intentaba superponerse a la realidad. En ese instante, una fría realización la golpeó: a pesar de los dos meses, a pesar de los cuidados, Alex seguía atrapado en su propio pedestal. Él no quería a una igual; quería a alguien a quien moldear.

El amor que Hanna sentía, intenso y real, se transformó de golpe en una punzada de amargura y orgullo propio. Ella era una reina; no rogaría por aceptación.

—¿Saber si puedo manejarlo? —habló Alex finalmente, dando un paso al frente, intentando recuperar su postura autoritaria—. Hanna, me montaste un teatro. Me viste la cara de idiota. Ningún hombre con un poco de dignidad se quedaría aquí a escuchar cómo una niña de dieciocho años le dice que es la dueña de su vida.

Hanna dejó ir una risa amarga. La máscara de la estudiante universitaria se rompió por completo, dejando salir a la implacable mujer de negocios que controlaba imperios. Su mirada se volvió tan fría como el hielo.

—¿Dignidad, Alex? ¿O es simplemente que no soportas saber que tu gran fortuna no es más que el cambio de bolsillo de una sola de mis empresas? —Hanna se cruzó de brazos, barriendo a Alex con una mirada de absoluta superioridad—. Sí, me enamoré de ti. Te lo admito. Pensé que tu obsesión era por mí, pero veo que solo estabas obsesionado con el control. Y déjame aclararte algo: nadie controla a Hanna.

Alex se quedó sin palabras, impactado por el repentino cambio de actitud de la joven.

—Se acabó —sentenció Hanna con voz cortante, señalando la gran puerta doble del salón—. Vete de mi casa, Alex. Es mejor dejar las cosas así.

—Hanna, no puedes hablar en serio... —intentó decir él, pero ella lo interrumpió sin piedad.

—Hablo completamente en serio. Mírate, estás temblando del golpe a tu ego. La verdad es que eres un pobre delante de mí, Alex. Un asalariado con un título elegante. Sí, sentí algo por ti, no lo niego, pero si tengo que elegir entre bajarme de mi trono para inflar tu orgullo de cuarentón o quedarme con mi imperio... elijo el dinero. Siempre elegiré mi dinero.

Cada palabra de Hanna fue como una estocada directa al corazón y al amor propio de Alex. La mujer de la que estaba perdidamente obsesionado lo estaba reduciendo a nada, tratándolo como a un peón insignificante.

—No tienes derecho a tratarme así —rugió Alex, con los puños cerrados.

—Tengo todo el derecho porque este es mi mundo, y tú solo estabas de visita —respondió Hanna, dándole la espalda—. Seguridad —llamó con voz firme hacia el pasillo.

De inmediato, dos hombres corpulentos de traje oscuro aparecieron en la entrada. Hanna ni siquiera se giró para mirarlo una última vez.

—Acompañen al señor al exterior. Ya terminó su visita.

Alex, con el rostro descompuesto por la furia, la humillación y el dolor de estar perdiendo a la mujer que amaba, no tuvo más opción que dar la vuelta y caminar hacia la salida. Mientras cruzaba las enormes puertas de la mansión, una verdad se asentó en su pecho: Hanna lo había echado, pero la obsesión por ella, ahora mezclada con el resentimiento y el deseo de recuperarla, se había vuelto completamente incontrolable

Alex caminó por el sendero de mármol de la mansión con el sonido de sus propios pasos resonando en sus oídos como una burla. Los dos guardias de seguridad lo escoltaban a una distancia prudente, pero para él, cada metro recorrido era una puñalada a su orgullo. Subió a su auto deportivo, el mismo que horas antes consideraba un símbolo de su éxito inalcanzable y que ahora se sentía como una baratija.

Encendió el motor, pero no avanzó. Clavó la mirada en el retrovisor, observando la imponente fachada de la casa de Hanna. La furia y la humillación quemaban en su pecho, pero debajo de ese fuego, la obsesión no hacía más que crecer, mutando en algo mucho más oscuro y peligroso. Ella lo había llamado pobre. Lo había reducido a un asalariado. Había elegido su dinero por encima del amor que ambos sabían que existía.

Alex apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Una sonrisa fría y calculadora, la misma que usaba para destruir a sus rivales en la mesa de juntas, comenzó a dibujarse en su rostro.

—¿Un pobre, Hanna? —susurró para sí mismo, con la voz cargada de una determinación letal—. ¿Crees que tu imperio es eterno?

Apagó el motor, abrió la puerta del auto y, desafiando la presencia de los guardias que lo miraron con desconfianza, se paró firmemente en el patio de la propiedad. Levantó la vista hacia el gran ventanal del segundo piso, intuyendo que ella lo estaba observando desde las sombras.

—¡Escúchame bien, Hanna! —gritó Alex, con una voz potente que resonó en todo el jardín, desprovista de cualquier rastro de la derrota que ella pretendía imponerle—. ¡Me echas de tu casa y te burlas de lo que tengo, pero esto no se va a quedar así! ¡¿Quieres jugar en las grandes ligas?! ¡Pues prepárate!

Los guardias dieron un paso al frente para interceptarlo, pero Alex no retrocedió ni un milímetro. Mantuvo los ojos fijos en la ventana.

—¡Te juro por mi vida que me volveré el hombre más poderoso de este mundo! ¡Voy a comprar cada mercado, voy a absorber cada corporación y voy a duplicar cada maldito centavo que posees! —sentenció, con una intensidad febril que rozaba la locura—. Y cuando esté en la cima absoluta, cuando mi apellido pese más que todo tu imperio corporativo... vas a volver a mí. No porque te lo pida, sino porque no tendrás otra opción.

Hanna, oculta tras las cortinas de su despacho, escuchó cada palabra. Su corazón latía con fuerza. Vio a Alex dar la vuelta, subir a su auto y acelerar a fondo, dejando una nube de humo tras de sí.




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