El Juego del Tiempo - Leyendas de Verano e Invierno 1

34. Maego III

El renacer del fuego

Salí de la posada pisando fuerte y me senté en las escalinatas de su entrada, miré los edificios blancos frente a mí y luego en torno a la dirección del Hogar de Antigüedades de Ismá, sentí un Aura distinta y entonces caminé hacia el lugar de donde había conseguido la espada.

Estaba en ruinas.

Acaricié mis sienes y vi que detrás mío venía el ogro, sus muslos estaban sangrando pero al gigante verde le parecía importar muy poco, a su costado pasó el hombre que le dio un codazo y prosiguió con su camino, montó y viendo que la tormenta había cesado se fue a galope.

Miré al ogro de reojo y como un tonto me adentré en las ruinas del Hogar de Antigüedades, todo estaba lleno de telarañas y en el mostrador se encontraba un duro esqueleto de color negro, llevaba un collar dorado, me senté a su lado y desenvolví las cartas de La Posta Médica de Islum.

«Querido Maego —empezaba la primera— varios meses sin tu ausencia ya son notorios, la barriga creció rápidamente tras la última noche que nos vimos, mi padre quiso acabar con el bebé pero no se lo permití, pues significaba mucho para ti y mucho más para mí, y creció fuerte nuestro pequeño niño, tiene tus ojos y mi cabello, además demuestra una fuerza y calidez inusual, desde un inicio sabía que no era como el resto, pero el Sabio de la ciudad dice que es malcriado con los niños de su edad y que les pega, me acuerdo que cuando nos conocimos dijiste que eras malo, pero yo no te sentí así. Quisiera decirte lo mucho que te quiero Maego, pero tengo que ir a atender a los heridos contra Arrecife, la guerra está poniendo a todos en un mal estado y parece afectar al pequeño Martin. Con cariño Helena».

Era increíble, un hijo... ¿Yo? En parte me costaba creerlo, me parecía casi imposible tener un hijo, si bien la última noche que la vi hubo una anécdota memorable. Y como lo describía iba acorde a lo que vi en mi sueño, ojos amarillos y cabello dorado, con un rostro cruel. Abrí la segunda carta.

«Maego, soy consciente de que el servicio postal es lento y puede incluso demorar seis meses en el peor de los casos, pero no dieciséis años, Martin ha cumplido la mayoría de edad y quiere a su padre, quiere que su padre lo abrace y lo visite y yo le he dicho que en el peor de los casos estarás en seis meses, Maego, tu hijo me ha amenazado, ha dicho que si no te presentas para cuando el cumpla diecisiete va a acabar con mi vida. Maego te lo pido, si todavía me amas vuelve a Islum, ven con tu hijo e impide que me mate. Helena».

Dieciocho años pasé en el destierro, dieciocho años en los que mi hijo había crecido, dieciocho años y Helena estaba muerta.

Mis manos dejaron de sostener las cartas que cayeron al suelo, miré el esqueleto de Ismá y asumí que todo se trataba de una maldita alucinación... y los tambores sonaron nuevamente.

Había entrado por la puerta el ser grueso y verde, parecía molesto pues tenía los puños cerrados y el ceño fruncido, se sentó en el suelo de roca cruzando las piernas y me miró al lado del esqueleto ignano.

—Eres imbécil para meterte a esta casa embrujada —dijo el grandullón— muy pocos salen.

—Es la segunda vez que entro —dije acariciando mis sienes, sentía que las lágrimas pronto correrían.

—Gracias —dijo el ogro después de un silencio— salvaste mi vida de ese racista de Ralén. "El norte es mejor" —ridiculizó la voz— te debo mi gratitud ogra, mi nombre es Jard'Vardot.

—Yo soy Maego —dije y alcancé las dos cartas, las sostuve un momento y las arrugué.

—¿Qué decían? —dijo Jard.

—Que mi hijo mato a mi mujer —una lágrima rebelde se escapó de mis ojos y apreté la mandíbula con impotencia— pero ya no importa —apreté los ojos.

—Perdón —dijo nuevamente el ogro y calló por un largo rato mientras miraba la construcción desolada y derruida— es lo único que quedó de la revuelta —se rascó la nariz— jamás la demolieron y ahora escucho malditos tambores que vienen de este lugar, me llamaban todo el rato y quizás no lo demolieron porque estos los amenazaban.

—¿Tambores? —dije recordando lo que me había pasado en el desierto— ¿Cómo lo manejas si es que están dentro de tu cabeza y no paran?

—Simplemente hago de que no están allí, pero me atormentan —se puso de pie— y no se quién seas Maego, pero tu espada es de fuego y los tambores cesaron cuando apareciste, sea lo que sea tengo que acompañarte pues contigo está mi destino.

—Tienes honor Jard'Vardot, pero no creo que quieras acompañarme a subir el Volcano.

—Lo haré, pues presiento que los tambores también te llaman —asentí.

***

Y los días pasaron, el ogro se quejaba constantemente de tener hambre y estar cansado, pero nunca se dobló y mantuvo firme su opinión hasta llegar a la Meseta Roja, que se encontraba a mitad de camino de subida del volcán.




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