El Juego del Tiempo - Leyendas de Verano e Invierno 1

59. Aleidón VIII

Trato

—Necesito a uno de ustedes.

Las palabras se repetían una y otra vez vez en mi cabeza, mientras el viaje a través del espacio y tiempo parecía infinito. Las imágenes también, como el hombre sin dificultad nos lanzó a todos hacia atrás y con un ágil movimiento me tomó por la espalda y desaparecer. Todo en menos de diez segundos, o quizás menos.

Y ahora sentía que flotaba, de la mano de aquel hombre y pronto caía en un bosque, al frente mío un petún negro, con las rodillas cruzadas observando a un enorme árbol.

—No pensaba que despertarías. Te hubiera podido matar aquí mismo —dijo el petún al verme. Había algo distinto en sus ojos, estaban azules— como mi hermana acabará con toda la población del Puerto de Guria.

—Pero debemos dejar atrás rivalidades —dijo una voz y como un reflejo traslúcido apareció un hombre de largos cabellos, ojos morados y una vestimenta gris, casi negra. No me causaba buena espina.

—No pienso hacer tratos con asesinos.

—Por favor, Aleidón —dijo el petún y se puso de pie frene a mí— donde quedó lo de dejar rivalidades.

—Podrían haberme invitado —miré al hombre que todavía tenía la daga en la mano— no traerme de esa forma, es claro que no confíe en ustedes.

—Si te hubiéramos llamado, no hubieras venido. Es simple. Además lo que te voy a pedir ahora es que traiciones la voluntad de tu Diosa.

—Eso nunca —respondí.

—Entonces la muerte —dijo el petún sonriendo y se acercó más a mí. Retrocedí, estaba asustado y solo no podría contra ellos.

—La muerte, si. Asusta a los mortales. ¿No Aleidón? Tienes miedo de acabar hoy día sabiendo de que tienes muchos años por delante, más de los que ya llevas.

—¿Y qué es lo que quieres? —él tenía la razón. No iba a morir.

—Pues es simple. Hacer de traidor —ahora reía y mi rostro era de un seguro desconcierto— los guiarás lo que quede del camino, les enseñarás y lucharás a su lado hasta destruir a los cinco dragones. Robarás sus poderes para realizar una gigantesca magia. Como sabes los dragones explotan —varias ramas se agitaban y ahora había mucho viento en el lugar— cada trozo se transforma en un huevo, quiero que tomes uno y concentres toda la energía del Dragón Maestro allí, y luego me lo traerás. Luego decidirás si quedarte con gente que posiblemente acabe contigo por traidor o venir con el petún a mi torre en el norte, para ajustar cuentas.

—Pero todavía no despierta el Dragón Maestro —dije y el hombre de los ojos morados miró al cielo que oscurecía.

—Hoy vigésimo día lo despertarán. Ya los otros cuatro están despiertos y van al sur —ahora me miró a mí— protege a tus amigos.

Un adormecimiento recorrió mi cuerpo y todos los hombres encapuchado desaparecieron, se quedó solo el petún mientras las ramas del árbol se abrían para que una elfina saliera. Pero yo también desaparecí, aunque no en mucho tiempo aparecí en un pueblo abarrotado de mercados. Frente a una casa de cambio.

Crucé la puerta y sonó una campanita, que logró sin mucho esfuerzo erizar mis vellos. Seguía asustado. En el pequeño local había un hombre de tez clara y cabello negro lacio, como la mayoría de gente en el lugar.

—Necesito cambiar porteños —saqué la bolsa que me quedaba pues muchas monedas cayeron al mar, solo cincuenta mil— por las monedas que den acá.

—Es extraño ver porteños aquí en Helo —dijo el hombre tomando una extraña lupa para analizar las monedas— tienen un bajo valor aquí en las redes imperiales de Guria. Le puedo otorgar cinco mil Dorados por la cantidad de monedas. Es el mismo valor y eso que las monedas están un poco oxidadas.

Intenté ver en sus ojos y en su mente la verdad pero algo me lo impedía. Simplemente asentí y el hombre regresó con los mil Dorados en un pequeño saco.

—Monedas de auténtico oro. En el sello se encuentra una D que representa su valor, rodeada de las hojas oficiales del Imperio y en la cara podemos observar el rostro del Primero Gur, quién formó el Imperio.

—Gracias, pero solo me interesa su valor.

Extendí la mano que se encontraba temblorosa y por primera vez después de mucho tiempo deseé mi báculo para apoyarme en el suelo. Coloqué el saco en el cinto y salí del local a una posada, pues ya amanecía y no quería ningún encuentro inoportuno.

Hoy vigésimo día lo despertarán. Eso quería decir que veinte días habían pasado, veinte días sin guiar a Jor, a Ojos Verdes y sin ayudar a encaminarse a Shakar. Entré a un recinto llamada Posada Pequeña y me senté junto al fuego, simplemente a observarlo, y mientas más lo veía menos intenso era, le tenían que echar leña constantemente y así un buen rato hasta que la puerta se abrió dejando pasar a tres hombres encapuchados.




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