El Juego del Tiempo - Leyendas de Verano e Invierno 1

61. Jor XVII

Miedo: El Maestro

—Llegó la hora —dijo alguien atrás de nosotros, una voz serena y de hombre.

Me giré para ver al individuo, el ondulado pelo castaño oscuro caía sobre su rostro y hasta su cuello en la parte trasera. Los ojos de color marrón oscuro nos analizaban con fiereza, la nariz recta se encontraba dañada por el medio, pues una línea de quemadura la cruzaba trasversalmente, sus orejas ligeramente puntiagudas y sus alas... negras indicaban que era un guriano.

—Eres tú —dije mirando su delgado cuerpo, su marca en el antebrazo era distinta a la mía. Un ojo gris y con una nube.

—Yo soy tú, sí. Soy tu Maestro.

—He hecho un largo camino hasta acá, Maestro.

—Yo he cruzado un mundo entero —añadió y miró a todos los presentes— jamás había recibido tanta ayuda.

—Y no la habrías recibido si no hubieras venido con el mal a este lugar —dijo Aleidón acercándose al Maestro, frente a él, el guriano mostraba ser bastantes dedos más alto.

—Contrólate —empujó al mago— noto disturbios en tu conciencia, quien quiera que seas.

El mago se dejó caer y nuevamente observábamos como el Hombre de la Maza levantaba su arma al cielo invocando más de un rayo rojo. Divisamos como el Fénix se levantó pero no voló a atacar al ser de negro, sino que voló a la ciudad de Igno.

Los dragones fueron acercándose allí donde habían estado antes, y giraron torno al Hombre de la Maza y sus rayos. Pronunciaban palabras y lanzaban rugidos y escupitajos de sus poderes. Primero fuego, después hielo, no tardó la electricidad y finalmente la tierra. Después de esto todos juntos lanzaron sus poderes y el ser lo recibió con la Maza y finalmente la clavó en el suelo.

—Sabía que no podía ignorar esta situación por mucho —dijo un ser que venía acompañado por el Fénix, su cabello rojo y liso estaba peinado hacia atrás, los ojos del mismo color y la expresión de las cejas mostraban miedo. Tenía una nariz aguileña que parecía respirar con normalidad el aire allí— la maldad siempre crecía. Y Uchitel siempre estuvo allí, debimos acabarlo cuando pudimos.

—¿Quién eres? —preguntó el Maestro.

—Mi nombre es Marte —colocó su mano al pecho— soy ignano y mi gente está con ustedes —señaló a sus espaldas donde cientos de seres muy similares a los elfos cargaban con espadas o antorchas— mi población ha renacido y está lista para su primera batalla.

—Pues no deben de tener miedo —dijo el Maestro y observó nuevamente la escena. Frank fue a hablar con Marte y Aleidón no le quitaba los ojos de encima. Sirinna apoyó su barbilla en mi hombro y Ojos Verdes abrazaba a Shakar algo asustada mientras él simplemente acariciaba sus cabellos.

La tierra empezó a temblar, pero tantos temblores ya hacía de esto una costumbre, aún así todos miramos como salía de la tierra una cabeza con muchos cuernos, pronto mostró sus tres ojos brillantes y su boca alargada llena de dientes afilados. La primera ala se levantó expulsando un montón de arena, al igual que la segunda, entonces empezó a volar con fuerza retirando el resto de su cuerpo, tan grueso y enorme, como si combinarás el tamaño de los otros cuatro dragones y más.

—Uchitel —dijo el dragón recién despierto— no es comandado.

Se sacudió y desmontó al Hombre de la Maza que antes de caer colocó su arma para que contuviera su peso en la arena, por lo que cayó de pie.

—Me vas a servir —dijo el ser pertrechado y lanzó el arma que impactó en el rostro de la bestia que forzadamente tuvo que aterrizar frente a él.

Escupió algún poder mágico que obligó a correr al hombre hasta encontrar su maza que no dudó en colocar frente a él para absorber el poder del dragón, dio un salto y pareció creer cuando golpeó al reptil con el arma, estaba sometido y dejó que se montara, los dragones restantes lo miraron y al hacerlo el hombre creció.

—Ahora destruirá la ciudad. Los partidarios del Clan Dragón de mi gente deben de estar alabándolo.

Sobrevoló el campo y al vernos se rió, pasó por encima de Igno y Uchitel escupió al igual que los cuatro dragones que le seguían, toda la población corría despavorida, entre ellos dos niños.

—¡Satidia! ¡Por favor sal de ahí! —decía un niño de tez morena, su hermana estaba bajo unos escombros. No pude no sentir pena y como ellos miedo del ser que volaba.

Ojos Verdes se separó de Shakar y fue donde el niño, usando sus poderes movió la arena de tal forma que los escombros se levantaran y el pequeño pudiera sacar el cuerpo de la niña del lugar.

—Esta bien —dijo Ojos Verdes al ver que el pequeño sollozaba. Se apartó y miró hacia la ciudad que se encontraba en caos.

—Jor —llamó el Maestro— me temo que enseñarte mucho no podré, pero hay una forma de incentivar a tus poderes a salir a flote.




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