El Juego Maldito (Ñahui)

3:36 a.m.

Era un momento aterrador en la habitación. Claramente podrían sentir como el corazón latía y latía desde dentro de su pecho, con fuerza, temeroso, acelerado. Sentían como la sangre se movía por sus venas. Mirla es insegura, inteligente y hasta muy astuta, pero ahora no entendía ni un carajo de lo que sucedía en dicha habitación y con ese estúpido juego. Le parecía ilógico y tonto que dos pedacitos de madera tengan que ver con lo que es verdad y con lo que no. No lo creía, ella estaba segura que eso era coincidencia o un truco muy bien hecho de Tábata.

—¡Si estás jugando con nosotras, lo más sensato es que pares! —grita Mirla echando toda la culpa de lo sucedido a Tábata. La chica abrió su boca en una expresión de rabia y susto, ya que los gritos de ella la hicieron dar un brinco.

—¡No seas tonta! —replicó—. En ningún momento tu viste que yo volteé los pedazos de madera. Es imposible.

—¡No es lo que traté de decir!

La cara de Mirla palideció tres tonos mientras que Jeanine solo se concentró en ver la cara pálida de Mirla que escupía rabia de todos lados y Tábata al parecer no le importa lo que su amiga diga o lo que no. Siempre ambas han sido difíciles de tratar, muy diferentes. Jeanine aún recuerda el día en que fueron a una cafetería, la camarera les cambio las bebidas que pidieron. Tábata bebió el café latte de Mirla y eso fue una razón para bajar la luna a la misma tierra y armar alboroto. Recuerda como parecen dos pequeñas niñas que habían pedido sin permiso sus juguetes, que en cualquier momento iban a jalar de sus cabellos e ir a llorar en las faldas de sus madres. Siempre tan infantiles, como siempre, como si fueran enemigas de por vida, como si no existe una razón clara por la cual estén en paz. Como dos esposos que no se aman y que buscan una razón para el divorcio, solo que ellas ni están casadas, ni se aman, están frente a frente solo por Jeanine, la mejor amiga de ambas.

—Vamos a calmarnos, chicas —la voz tranquilizadora bajó el pánico de Mirla quien estaba a dispuesta ponerse de pie y marcharse del lugar—. No ha pasado nada malo aún. No veo porqué estamos perdiendo el control tan rápido. Tábata, se un poco más tolerante, por favor. Mirla, cálmate, no puedes imaginar historias de terror sin haber visto la película antes. No hay nada que temer.

Las palabras de Jeanine surtieron muy poco efecto, no eran tan claras como el agua y Mirla no aceptaba eso, no aceptaba que le cuenten una historia sobre el viento que no tiene ni pies, ni cabeza.

—Tú viste, Jeanine...—protesta Mirla con un hueco en el estomago.

—Como tú lo dijiste puede ser solo casualidad y ya —intervino Jeanine, su mirada de calma estaba perforando el miedo de Mirla y frenarlo de algún modo—. Puede ser solo casualidad, magia o lo que sea. Lo importante es no asustarnos. No ha pasado nada malo y tú ya estás con el pánico en el aire. Solo respira y continúa.

Una risita capto la mirada de las dos. En ese momento, Mirla quería sacarse su zapato y romperle la frente a Tábata por ser tan estúpida.

—Que llorona.

—¡Basta, Tábata! —espeto la más sensata de las tres—. Tú también debes de calmarte. A veces eres irritante.

—Está bien, voy a ser un poco más tolerante —saboreo las palabras la chica—. Pero..., sí sigue con su plan de la chica que lo sabe todo...

—¡¿Qué harás?! —reta Mirla furiosa inlfando su pecho dispuesta a dar batalla—. ¡Anda! ¡¿Qué harás?!

—¡Silencio! —engrosa la voz, sin poder controlarse al ver como sus dos mejores amigas pierden el control muy fácilmente—. ¿A quién le toca?

—Es mi turno —expreso nerviosa, con un miedo que nace desde su estómago, provocando que sus pies tiemblen. Mirla toma aire, como si tuviera que tomar una decisión muy importante. Agarra el recipiente con su mano temblante, coloca los dos pedazos de madera en el vaso de aluminio. Era tan difícil para Mirla creer en lo que el juego mostraba. Tres de tres preguntas fueron dadas como ciertas. Mirla sabía muy bien que una pudo haber sido por el azar, dos pudo haber sido una coincidencia, pero tres llegaba a tener que pensarlo por unos segundos.

Mirla pensó, pensó a cada instante. Mirla siempre ha tenido ideas suicidas, ideas que otras chicas no pueden tener, ideas que cualquier persona en su sano juicio puede arrepentirse. Mirla es la tercera hija de cinco hermanos, su madre es una mujer muy trabajadora, que se levanta a las cuatro de la mañana y se duerme a las doce de la noche, sus ojeras muy marcadas, siempre bostezando, trabaja en un edificio, para un gran adinerado arquitecto, la madre de Mirla es una secretaria de un hombre rico de apellido Clifford, Willhelm Clifford sin mas no acierta. Pero, ese recuerdo vago pasaba por la cabeza de Mirla por una sola razón, su padre. Su padre es un hombre violento, que desde pequeña tenía muy bien grabadas en su cabeza lo que su progenitor hacía con sus hermanos, madre y con ella. El padre de Mirla golpeaba salvajemente a su madre, una noche de locura casi la mató a golpes, escuchaba los gritos, como tuvo que armarse de valor para tomar un cuchillo de la cocina y darle una gran cortada en el antebrazo para que detenga los golpes. Ese día, su cara fue golpeada como si se tratara de una bolsa de boxeo para entrenamiento. Ese día, ese día logró tomar el valor y las riendas del coraje de su familia y no solo se enfrentó a su padre, sino que lo hirió de gravedad, ella recordó muy bien como tuvo que romperle una silla en la cabeza luego de haberlo cortado y antes de ver como su padre se lanzó encima de su madre para seguir con su tortura. Ese día, ella se arrepintió cuando tomo el cuchillo, del mango sosteniéndolo con fuerza, la hoja filada no solo corto el aire, sino que se enterró en el ojo de su padre. Mirla, recordaba muy bien los gritos que estallaba su padre.

_"¡Maldita puta!"—gritaba dentro de su cabeza—. "¡Juró que iré por ti y te mataré como a la zorra de tu madre!"




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