El Juego Maldito (Ñahui)

Una Mesa y Una Determinación

Las familias se muestran perturbadas, Jeanine junto con su novio Harold, Mirla acompañada de su madre y uno de sus hermanos, Tábata con sus dos padres. Cada rostro parece más preocupado que el otro y es que sus vidas han estado de cabeza. Han pasado cerca de cinco días luego de la vivencia demoníaca de Tábata, quien solo duerme dos o tres horas, y siempre acompañada por alguno de sus padres.

Jeanine, por suerte ha tenido el apoyo total de su ex novio, quien justo ahora la tiene abrazada, susurrando en su oído.

—Cariño, no tengas miedo. Te juro que no me iré de aquí.

Ella se regocija en el cálido abrazo de su novio mientras que la respiración se vuelve más tenue y alivianada.

—Por favor, no me sueltes... —pide, sin ánimos de quedarse sola otra vez.

Marta y Fernando, la madre y el hermano de Mirla respectivamente se mantienen uno a cada lado de la chica, una forma muy esquiva de protegerla, aun así, muestran su apoyo. No es de sorprenderse que no la abracen, la chica siempre ha sido muy fría y demasiado arisca para cosas sentimentales. Eso no quita, que los dos estén muy preocupados por la situación de su familiar.

—¿Estás más tranquila, Mir? —pregunta Fernando, dándole un ligero pellizco.

Ella, coloca una mirada severa hacia su hermano, pero se da cuenta de su graso error, puesto que su hermano se mantiene justo alado de ella, apoyándola: —Anoche no pude dormir muy bien, Fer, pero creo que con la guardia que han montado en casa, ni los de narcóticos entrarían.

La pequeña Brianna había caído en un miedo avasallante, en la que la sumergió en un pavor terrible. A pesar de que la pequeña ha corrido con suerte de una posesión diabólica, eso no quita que las noches las pasé empapada de sudor por aterradoras pesadillas. La familia de Mirla se apersonó en montar una custodia muy seria que mantuvo a todos despiertos hasta el día de hoy.

Cayetana y el padre de la chica, el señor Manuel, mantienen muy abrazada a la chica. Quien demuestra un rostro muy demacrado, ojeroso y su cuerpo muy débil, había pasado vomitando varias veces al día y ha dejado de comer como antes. La chica es la más afectada físicamente de las tres.

—Cariño, ¿quieres un poco más de té? —ofrece la madre, Tábata le regala una sonrisa y niega con la cabeza.

De repente, la ventana del lado derecho se abre con fuerza, una ventisca entra por ahí y sacude todo lo que puede. El señor Manuel, el padre Tábata, le da su abrigo a su hija, se pone de pie y cierra la ventana.

Aquel frío que se entró aventó lo que más pudo, desde hojas, cuadernos, sacudió las plantas del lugar, despeinó a todos. Pero más que nada, Jeanine pudo ver algo muy a lo lejos, cerca del árbol que está a varios metros, en una de las ramas, pudo divisar a una pequeña niña con vestido blanco manchado de sangre y fango. La pequeña niña, se colocó una soga en el cuello y se dejó precipitar.

Jeanine gritó después de que el Señor Manuel cerró la ventana. Todos la observaron con sorpresa, mirando a los lados sin saber qué fue lo que sucedió y lo que la chica vió.

—¿Qué pasó, Jean? —pregunta preocupado el novio—. ¡¿No me digas que fue de nuevo esa mujer que se te aparece?!

Jeanine no logra reconocerla, el espectro de Cándida siempre se muestra directamente, jamás lo hace a larga distancia como ahora. Además, no puede confiar nada a su cabeza, está muy nerviosa y eso complica las cosas.

—¡No lo sé! ¡No lo sé! —exclama, hecha un manojo de nervios.

Los presentes miran al mismo sector de donde tiene puesta la mirada Jeanine. Cada uno imaginando algo peor, teniendo miedo a lo desconocido. Cada alma dentro de esa encajonada habitación es expuesta a un miedo diferente, hasta que todos dan un brinco cuando el experto en asuntos paranormales y demonología entra por la puerta.

Todos suspiran, con sus corazones palpitándose y sacudiendo con fuerza. Augusto entra a la habitación, con unas carpetas en las manos y sus manos temblando. Se sienta y mira aquellos rostros ansiosos de que su pesadilla por fin acabe.

—Nos hemos reunido hoy aquí por buscar una solución a este tema que les está arrancando su vida —mira a las tres chicas con aquellos rostros de pavor que ha visto muy pocas veces como ahora—. Sabemos que nos llevó a esto.

—¡¿Sabemos?! —interfiere Cayetana, sin entender nada.

—Mamá —le acaricia el brazo Tábata a su madre—. Todo esto es el resultado de nuestra irresponsabilidad...

—Una niñería nuestra —agrega Mirla, con cierto grado de enojo y reprensión hacia Tábata, quien fue la las orilló a jugar el juego.

—No entiendo —esta vez alza la voz el padre de Tábata—, y creo que no solo hablo por mí, sino también por Cayetana.

—Mami, papi —llama su hija—. Se acuerdan de aquella noche en la que fuimos de pijamada al departamento de Jeanine, pues bien. Esa noche, yo les propuse una experiencia nueva y jugamos un juego súper extraño que un grupo de amigos me enseñaron.

El padre de Tábata no alcanza a entender la sincronía de la historia, pero solo, logra llegar a la conclusión que todo ha sido por la curiosidad de las chicas.

—Muy bien, señor —asiente el padre de Tabata, el señor Manuel—. Díganos, ¿qué haremos para solucionar todo eso?

Los presentes se sientan alrededor de una mesa de caoba. Cada uno apoyando a una de las chicas. Expectantes de lo que el señor Augusto pueda decir.

—Muy bien, esto es inusual. Pero tampoco es que no haya pasado antes. El juego o ritual de Ñahui o el ojo que todo lo ve, es un juego muy antiguo. En el pasado como en el presente, su uso fue desaprovechado. La gente de la alta alcurnia, lo disponía para conocer el futuro de sus negocios, las próximas muertes en la familia, engaños maritales, secretos inconclusos. Todos, y cada uno de sus empleos fue con un fin individual. El juego no te miente, ¡jamás lo hace!, pero en su momento, usa todos sus encantos de aseveración para abrir todos los portales posibles.




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