El Juramento de la Luna

Capítulo 2. Sombras de cantera

El Hotel Casona del Ángel era un edificio del siglo XVIII adaptado para el turismo, con techos altos de vigas de madera, muros de adobe de casi un metro de grosor y un patio central adornado con macetas de geranios secos por las heladas de octubre. A pesar de los esfuerzos de la administración por ofrecer una atmósfera acogedora con luces cálidas y música ambiental instrumental, el ambiente en el interior se sentía pesado, opresivo, como si las paredes de cantera hubieran absorbido siglos de secretos y tristezas que no querían disiparse.

Mateo dejó su maleta de piel sobre la cama matrimonial. El crujido de los resortes del colchón resonó en la habitación con una nitidez casi incómoda. Se quitó la chamarra de cuero, que todavía olía al humo de la carretera y al hollín del motor de su Harley, y la tiró sobre un sillón individual de terciopelo desgastado. Su cuerpo le exigía descanso; el cansancio acumulado tras doce horas sobre dos ruedas le pesaba en los párpados y le hacía doler la columna vertebral, pero su mente se negaba a apagarse.

Caminó hacia el ventanal de madera que daba hacia el pasillo del segundo piso y luego hacia la calle principal. Desde esa altura, la perspectiva de Huamantla se volvía más tenebrosa. La neblina densa descendía a gran velocidad desde las laderas de La Malinche, arrastrándose sobre los tejados de teja roja como una sábana blanca que devoraba la arquitectura del pueblo. En cuestión de minutos, la iluminación del centro quedó reducida a opacos halos amarillentos.

Se acercó al lavabo del baño para mojarse la cara. El agua salió helada, rozando el punto de congelación, provocándole un respingo que lo hizo jadear. Se miró al espejo. Las ojeras oscuras le marcaban el rostro, y la barba de tres días le daba un aspecto demacrado que no recordaba haber visto en Texas. De pronto, mientras se secaba con una toalla blanca, la luz del foco del baño parpadeó dos veces de forma errática. Un chasquido eléctrico vibró en el aire, seguido por un silencio absoluto en el que el ruido del agua que goteaba de la llave parecía marcar el ritmo de un reloj invisible.

Tictac. Tictac. Tictac.

Mateo cerró la llave con firmeza. Al levantar la vista hacia el espejo, por una fracción de segundo, la imagen reflejada no parecía la suya. La penumbra proyectó detrás de su hombro la sombra alargada de un hombre alto, erguido, con la silueta de un sombrero de ala ancha y el contorno rígido de una vestimenta antigua. Un escalofrío instintivo le recorrió la columna vertebral de abajo hacia arriba.

Se dio la vuelta de golpe. La habitación estaba vacía. Solo la sombra del perchero de madera proyectada contra la pared blanca por la lámpara de buro.

—Estás alucinando, Mateo —murmuró para sí mismo, apretando los dientes—. Es la fatiga del viaje, nada más.

Regresó a la habitación principal, sirvió un vaso con agua de la jarra de cristal sobre la mesa de noche y se despojó de las botas. Se acomodó bajo las cobijas pesadas de lana y cerró los ojos, esperando que el sueño llegara rápido para borrar las imágenes de la calle y la Casona de los Barrotes.

Sin embargo, el sueño no trajo descanso; trajo una pesadilla lúcida y sofocante.

En su sueño, Mateo no estaba en la habitación del hotel. Caminaba sobre el empedrado de la calle Juárez, pero la calle no pertenecía al México moderno. No había cables de luz, ni autos estacionados, ni el olor a gasolina de su moto. Las casas lucían recién calzadas de un blanco deslumbrante bajo la luz de una luna llena colosal que ocupaba casi la mitad del firmamento nocturno. El cielo tenía un tono azul cobalto profundo, limpio de contaminación y nubes.

Al caminar, Mateo notó que no vestía su ropa habitual. Llevaba unas botas altas de montar con espuelas de plata que tintineaban con un ritmo metálico y cadencioso a cada paso que daba. A su costado izquierdo, una espada de cazoleta chocaba rítmicamente contra el estribo de una montura invisible. El sonido era exactamente el mismo que había escuchado al llegar al pueblo: un campanilleo metálico, elegante y viril.

Clang... clang... clang...

A pesar de que su mente de pesadilla sabía que algo andaba profundamente mal, sus pies avanzaban sin que pudiera controlarlos. Se detuvo frente a la ventana de la casona de cantera. La madera de la ventana estaba intacta, pulida y barnizada, y los barrotes de hierro forjado lucían negros y relucientes. Detrás de los barrotes, envuelta en un velo blanco que flotaba con la brisa nocturna, estaba Amada.

Pero no era la Amada que él recordaba de su juventud. Tenía los rasgos de una dama de la época colonial, con la piel tan pálida como el mármol y los ojos cargados de una devoción melancólica y dolorosa.

—¿Sois vos, don Lupe? —escuchó que salía de los labios de la mujer, aunque la voz resonaba directamente dentro de su cabeza, con la potencia de un susurro multiplicado por mil ecos.

Mateo intentó responder que su nombre era Mateo, que no conocía a ningún don Lupe, pero su propia boca en el sueño se movió de manera autónoma, pronunciando palabras con una voz grave y antigua que no le pertenecía:

—El mismo, doña Guille... Vengo a deciros adiós. Hoy mismo parto a tierras lejanas, donde siempre llevaré vuestro recuerdo conmigo.

—Me olvidaréis —respondió la figura de la ventana, inclinándose hacia los barrotes. Un rayo de luz lunar cayó justo sobre su rostro, iluminando una lágrima cristalina que resbalaba por su mejilla—. Acaso en vuestras aventuras dejaréis el corazón prisionero y me robaréis vuestro amor...



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En el texto hay: leyendas, desilusion, promesas rotas

Editado: 29.10.2026

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