El Juramento de la Luna

Capítulo 3. La casa de los espejos rotos

El día amaneció en Huamantla con un cielo encapotado, de un gris plomizo que parecía aplastar los tejados y apagar el color de la cantera. La neblina de la noche anterior se había retirado a medias, quedando suspendida en jirones sobre las faldas de La Malinche, como un recordatorio de que en este pueblo el frío nunca se iba del todo.

Mateo no había dormido más de tres horas. Las pesadillas y aquel inexplicable tintineo de espuelas que creyó escuchar en el pasillo lo mantuvieron en un estado de alerta constante, con los músculos tensos y los ojos irritados. Para cuando el primer destello de luz natural se filtró por las cortinas, ya estaba vestido y listo para salir, desesperado por abandonar la habitación del hotel que de pronto le resultaba claustrofóbica.

Su primera parada era la notaría de la licenciada Aurora, una abogada de Huamantla que se estaba encargando de los trámites de sucesión de las propiedades de su familia. El despacho estaba ubicado en una vieja casona remodelada a unas pocas cuadras de la plaza principal. Al entrar, Mateo se sintió abrumado por el olor a papel viejo, café de olla y humedad, tan característico de las oficinas del centro.

Aurora, una mujer de unos cincuenta años con gafas de armazón grueso y el cabello recogido, lo recibió con una sonrisa formal pero cansada. Lo invitó a sentarse frente a un escritorio de madera maciza atestado de expedientes amarrados con listones.

—Qué bueno que ya estás aquí, Mateo —dijo la abogada, acomodándose los lentes mientras hojeaba un fólder—. Entre más rápido firmes estos papeles, más pronto podremos concretar la venta de los terrenos de tus padres. Hay un comprador de Puebla muy interesado, pero como sabes, estas cosas de herencias siempre son un laberinto en los pueblos.

—Por mí, licenciada, firmamos hoy mismo —respondió Mateo, frotándose el rostro con cansancio—. Quiero dejar esto resuelto antes de que termine la semana y regresar al norte.

Aurora lo observó por encima de sus gafas, notando su semblante demacrado y las sombras oscuras bajo sus ojos.

—Se ve que el viaje desde la frontera te dejó agotado, muchacho. O tal vez sea el clima de aquí, que a los que se van un tiempo les pega duro.

—No es el clima —admitió Mateo con un suspiro, apoyando los codos en las rodillas—. No pasé buena noche. El hotel... no sé, se siente pesado. Y para colmo, cuando llegué ayer, pasé por la antigua casa de los Barrotes. Me pareció ver algo... o a alguien.

La mano de Aurora, que estaba a punto de pasar una página, se detuvo en el aire. La expresión de la abogada cambió sutilmente, perdiendo esa calidez profesional para volverse tensa, casi vigilante. Bajó el expediente y lo colocó sobre la mesa.

—¿La casona de los Barrotes? ¿La de la familia Teoyotl? —preguntó en voz baja.

—Sí, esa misma. Quise ver cómo estaba Amada, por los viejos tiempos —dijo Mateo, tratando de sonar desinteresado, aunque el corazón le dio un vuelco—. Vi una sombra en la ventana. Sé que suena tonto, pero... ¿quién vive ahí ahora? Pensé que estaba abandonada.

Aurora se recostó en su silla, entrelazando los dedos. Sus ojos fijos en los de Mateo transmitían una seriedad incómoda.

—Nadie vive ahí, Mateo. Y nadie va a vivir ahí en mucho tiempo. Esa casa está en un limbo legal y... social, por llamarlo de alguna manera. Desde que Amada falleció, hace ya casi tres años, la propiedad quedó completamente abandonada.

El aire en la oficina pareció enfriarse de golpe. Mateo sintió un vacío en el estómago. Sabía que Amada había muerto —se había enterado por un mensaje de texto de un conocido que decidió ignorar en su momento—, pero escuchar la confirmación en voz alta, en su propio pueblo, le cayó como un balde de agua helada.

—¿De qué murió? —preguntó, con la voz apenas más alta que un susurro.

Aurora soltó un suspiro pesado y desvió la mirada hacia la ventana que daba al patio interior, donde unas plantas de sombra se mecían con el viento.

—La gente del pueblo habla mucho, ya sabes cómo es aquí. Pero la verdad es que Amada se consumió sola. Tras la muerte de sus padres, se encerró en esa casona. No quería ver a nadie, no salía para nada. Los vecinos decían que se la pasaba noche tras noche asomada a la ventana de la reja, mirando hacia la calle, como si estuviera esperando a que alguien llegara. Algunos afirman que perdió la cabeza, que hablaba sola con la luna y que aseguraba que tenía un pacto, un juramento que no podía romperse.

Mateo tragó saliva, sintiendo que la culpa le apretaba la garganta como una mano invisible. «Un juramento que no podía romperse». Las palabras de su pesadilla de la noche anterior resonaron en su mente con una fuerza aterradora.

—La encontraron una mañana de otoño —continuó la abogada, con voz sombría—. Estaba sentada en el alféizar de la ventana, aferrada a los barrotes de hierro, con los ojos abiertos mirando hacia el infinito. Había fallecido hacía horas. El médico dictaminó un paro cardiorrespiratorio, pero el pueblo... bueno, el pueblo dice que se murió de tristeza. O de espera. Desde entonces, la casa se ha ganado una mala fama. Dicen que por las noches se escuchan ruidos extraños, golpes en los fierros, y que se ve una silueta que no pertenece a este mundo.

Mateo intentó disimular el temblor de sus manos guardándolas en los bolsillos de su chamarra.



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En el texto hay: leyendas, desilusion, promesas rotas

Editado: 29.10.2026

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