Antes de que los hombres aprendieran a nombrar el fuego, el mundo respiraba en silencio.
Montañas sin cicatrices, mares sin fronteras, cielos intactos. Aeryndor era joven, y su pulso latía al ritmo del Aliento Primordial, la fuerza que había tejido la piedra, el agua y la vida.
De ese aliento nacieron los dragones.
No surgieron como reyes ni como dioses, sino como guardianes. Cada uno portaba un fragmento del equilibrio: el fuego que transforma, el viento que anuncia, la marea que recuerda, la sombra que acompaña el final. Ellos no dominaban el mundo: lo escuchaban.
Cuando los humanos llegaron, lo hicieron con hambre y maravilla. Construyeron refugios, encendieron hogueras, dieron nombres a las estrellas. Pero también trajeron miedo. El mundo comenzó a inclinarse, apenas, como una balanza olvidada.
Los dragones observaron.
Fue Ashkara —entonces joven, aún sin cicatrices de memoria— quien habló primero. Su voz no fue un rugido, sino un temblor que recorrió la tierra.
Los humanos alzaron la mirada. Por primera vez, no desde la conquista, sino desde la necesidad.
El pacto nació esa noche.
No de rodillas ni de sangre, sino de elección.
Los dragones ofrecieron el fuego, no como arma, sino como herencia. Los humanos ofrecieron memoria, la promesa de no olvidar lo que el mundo costaba. Así nacieron los Vínculos, la unión entre voluntad y recuerdo.
El Juramento fue pronunciado sin lengua, grabado en ceniza y viento:
El fuego será compartido, no poseído.
La voz será escuchada, no encadenada.
Mientras exista memoria, habrá equilibrio.
Durante eras, el mundo respiró en armonía.
Pero la memoria humana es frágil.
Con el tiempo, el fuego dejó de ser herencia y pasó a ser deseo. Los Vínculos se volvieron leyendas, luego amenazas. Donde antes hubo elección, nació la ambición.
El Juramento fue olvidado.
Y cuando el recuerdo muere, el equilibrio sangra.
Lejos, en las cumbres ardientes de Pyrhael, un antiguo fuego despertó.
El mundo estaba a punto de recordar…