El Juramento De Los Dragones

Capitulo 1: Las cenizas del valle

El viento bajaba desde las colinas como un animal cansado, arrastrando el olor metálico del río y la ceniza vieja de las hogueras apagadas. Kael Tharion avanzaba con el cuello del abrigo levantado, la capucha ceñida contra el frío temprano, y una sensación persistente de ser observado que no lograba sacudirse.

El Valle de Kareth despertaba lento, como siempre. Los campos aún estaban grises por la escarcha y los tejados de pizarra devolvían una luz opaca, mortecina. Nada parecía fuera de lugar y, sin embargo, todo lo estaba.

Kael lo sentía en los huesos.

Había aprendido a escuchar ese presentimiento desde niño. En la frontera, sobrevivían quienes prestaban atención a lo que no podía nombrarse. Aun así, aquella mañana el silencio era distinto: demasiado tenso, demasiado atento.

—No mires atrás —se dijo, y apuró el paso.

Cruzó el puente de madera sobre el río Kareth, cuyas aguas bajaban rápidas y oscuras desde las montañas del oeste. Más allá se alzaba el pueblo: una docena de calles estrechas, casas bajas y el antiguo torreón de vigilancia, ahora reducido a un esqueleto de piedra. El Imperio de Hierro había prometido protección hacía décadas. Había enviado impuestos. Nunca soldados.

Kael ajustó la correa del saco que llevaba al hombro. Dentro tintineaban herramientas y un pequeño estuche de cuero que no abría delante de nadie. Su madre se lo había entregado antes de morir, con una advertencia tan vaga como inquietante.

Cuando el fuego te nombre, no huyas.

No le había explicado nada más.

—Kael.

La voz lo sacó de sus pensamientos. Lyra Velkyn lo esperaba frente al almacén comunal, envuelta en una capa demasiado grande para su cuerpo delgado. Tenía el cabello oscuro recogido de cualquier manera y los dedos manchados de tinta.

—Llegás tarde —dijo, sin reproche real—. El consejo ya empezó.

—No me invitaron —respondió él.

Lyra ladeó la cabeza, observándolo con atención.

—Invitar no. Pero te necesitan.

Eso era nuevo.

Caminaron juntos hacia la sala comunal. A cada paso, Kael notaba las miradas furtivas desde las ventanas. Miedo. Expectativa. Algo más, también. Como si el valle entero contuviera la respiración.

Dentro, el aire estaba cargado de humo y discusiones apagadas. Los ancianos del pueblo se sentaban alrededor de una mesa tosca, junto a dos hombres con armaduras negras marcadas con el emblema del Imperio: una corona atravesada por una llama.

—Llegás justo —gruñó Harlan, el mayor del consejo—. Íbamos a enviar a buscarte.

Kael se tensó.

—¿Por qué?

Uno de los soldados imperiales se adelantó. Era joven, con los ojos demasiado claros y una sonrisa que no alcanzaba a ser amable.

—Por orden de Ferrum-Cor —anunció—. Todos los jóvenes nacidos en la frontera deben someterse a una evaluación.

El silencio cayó como una losa.

—¿Evaluación de qué? —preguntó Kael.

El soldado lo miró de arriba abajo, como midiendo algo invisible.

—Afinidad.

Lyra dio un paso adelante.

—Eso es ilegal —dijo—. Los Vínculos están prohibidos desde la Caída.

—No buscamos Vínculos —respondió el soldado, con calma ensayada—. Buscamos recursos.

Kael sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No soy ningún recurso.

El segundo soldado, más viejo y con cicatrices en el cuello, soltó una risa seca.

—Eso lo decide el Imperio.

La discusión se prolongó, pero Kael apenas escuchó. Un zumbido le llenaba los oídos. Afinidad. Recursos. Palabras que había oído solo en susurros, en relatos que Lyra leía en voz baja y luego quemaba.

Cuando todo terminó, el veredicto fue breve: partiría al amanecer.

—No vayas —le dijo Lyra cuando salieron—. Nunca vuelven iguales.

Kael no respondió. Miró hacia las colinas, donde las montañas se recortaban contra un cielo que empezaba a teñirse de rojo.

—Tal vez nunca vuelvan —dijo— porque no recuerdan quiénes eran.

Esa noche no durmió.

Empacó lo justo y salió del pueblo antes del alba, siguiendo un sendero viejo que solo los pastores usaban. El viento había cambiado. Traía calor.

Subió durante horas, hasta que el valle quedó atrás y el mundo se volvió piedra y cielo. Fue entonces cuando el temblor comenzó.

No un terremoto.

Un latido.

Kael cayó de rodillas, jadeando. El aire ardía en sus pulmones. El estuche de cuero vibraba contra su pecho.

—No… —susurró.

El cielo se oscureció.

Desde las nubes descendió una sombra inmensa, recortada por brasas vivas. El mundo rugió.

Ashkara descendió entre fuego y viento, sus alas cortando el aire como cuchillas. El suelo se abrió en grietas incandescentes. Kael quiso huir, pero su cuerpo no respondió.

Los ojos de la dragona se clavaron en él.

No había odio.

Había reconocimiento.

Te he encontrado, resonó una voz que no usó palabras.

El fuego no lo quemó.

Lo nombró.

Y mientras el valle de Kareth comenzaba a arder a lo lejos, el Juramento despertaba por primera vez en siglos.




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