El desfiladero se abría como una herida en la tierra.
Kael avanzó con cuidado, apoyando la espalda contra la roca fría mientras el viento ascendía desde las profundidades con un gemido constante. Abajo, la grieta se perdía en sombras azuladas. No había puente, ni sendero visible. Solo un antiguo camino tallado en la piedra, tan estrecho que parecía obra de manos desesperadas.
Había elegido ese rumbo porque algo dentro de él lo había empujado a hacerlo.
Y porque huir hacia el norte significaba acercarse al Imperio.
—No tiene sentido —murmuró—. Si me buscan, estarán allí.
Precisamente, respondió la voz, suave como brasas cubiertas de ceniza.
Kael apretó los dientes.
—No te pedí opinión.
Y sin embargo escuchas.
No respondió. Se limitó a seguir avanzando, dejando que la pared de roca le raspase el hombro mientras descendía. Cada paso exigía concentración. Un error bastaría para desaparecer en la grieta.
Cuando alcanzó una cornisa más amplia, se permitió respirar.
Desde allí pudo ver el camino imperial.
Una línea recta de piedra gris cortando el paisaje, antinatural, arrogante. Estándares carmesí ondeaban a intervalos regulares, marcados con el símbolo del Sol Encadenado. El Imperio no construía caminos: los imponía.
Y avanzaban.
Una columna de soldados marchaba hacia el sur, armaduras relucientes, lanzas al hombro. Entre ellos, carruajes cerrados protegidos por guardias de élite.
—Vienen por mí —susurró Kael.
Vienen por lo que portas, corrigió la voz. Por lo que recuerdas.
Kael cerró los ojos.
—No soy nadie.
El silencio que siguió fue pesado.
Eso también es una mentira que te enseñaron.
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El puesto avanzado imperial se alzaba donde antes había un santuario.
Kael lo supo incluso antes de ver los restos: columnas partidas reutilizadas como muros, piedras grabadas colocadas boca abajo, símbolos antiguos borrados a golpes. El Imperio no solo conquistaba tierras: desmantelaba significados.
Se mantuvo oculto entre las rocas mientras observaba el movimiento.
Había al menos treinta soldados. Demasiados para enfrentarlos.
Pero no había venido a luchar.
Había venido a entender.
Una figura descendió de uno de los carruajes.
Kael sintió el cambio en el aire antes de verla con claridad.
La mujer vestía una túnica oscura ribeteada en metal dorado. No llevaba armadura, pero su presencia imponía más que cualquier soldado. En su mano sostenía un bastón rematado por un cristal rojizo que pulsaba con una luz irregular.
—Esa… —susurró Kael—. Es una rastreadora.
Lyra le había hablado de ellas en voz baja, como si el solo hecho de nombrarlas pudiera atraerlas.
Maga del eco, dijo la voz. Se alimentan de rastros mal comprendidos.
La mujer alzó el bastón.
El cristal vibró.
Kael sintió la marca en su brazo arder por primera vez.
—Me encontró.
No aún.
La rastreadora cerró los ojos, concentrándose.
—Aquí hubo fuego antiguo —dijo—. No el de los hombres.
Un murmullo inquieto recorrió a los soldados.
—¿Dragones? —preguntó uno.
La mujer sonrió, pero no había alegría en el gesto.
—Los dragones no han vuelto —respondió—. Pero sus juramentos sí.
Kael retrocedió instintivamente.
Escucha, dijo la voz.
La rastreadora apoyó la palma libre contra una piedra del antiguo santuario.
—Alguien despertó algo que debía permanecer dormido —continuó—. Y no sabe qué precio exige.
Kael sintió un nudo en el estómago.
—Se equivoca —susurró—. Yo no pedí nada.
El Juramento no pide permiso.
Esperó hasta el anochecer.
La disciplina imperial era rígida, predecible. Cambios de guardia cada dos horas. Patrullas en patrones exactos. Fortalezas sin alma.
Descendió cuando el cielo comenzó a cubrirse de estrellas.
No buscaba entrar al puesto.
Buscaba el santuario.
Se deslizó entre sombras, conteniendo la respiración cada vez que una armadura crujía. El pulso en su brazo marcaba el ritmo, como un tambor lejano.
Al llegar a los restos del altar, se arrodilló.
La piedra estaba tibia.
—¿Qué pasó aquí? —susurró.
La respuesta llegó en imágenes fragmentadas: dragones descendiendo sin fuego, humanos arrodillados sin miedo, palabras pronunciadas con la certeza de lo irrevocable.
Aquí se selló el Juramento, dijo la voz. Y aquí comenzó su traición.
Kael apretó los puños.
—¿Quién traicionó?
El silencio fue más largo esta vez.
Ambos.
Antes de que pudiera preguntar más, un crujido lo alertó.
—Sabía que volverías —dijo una voz femenina.
Kael se giró.
La rastreadora estaba a pocos pasos, el bastón alzado, el cristal ardiendo como un corazón expuesto.
—No deberías existir —continuó ella—. Y sin embargo… aquí estás.
Kael retrocedió.
—No quiero pelear.
Ella ladeó la cabeza.
—Nadie que porta una marca así puede elegir.
El aire se tensó.
Kael sintió el fuego ascender, indómito.
No la enfrentes, dijo la voz. Aún no.
—Entonces decime qué soy —exigió Kael—. ¡Decime por qué me buscan!
La mujer lo observó con una mezcla de curiosidad y algo parecido al respeto.
—Sos un eco —respondió—. Una falla en la historia que intentamos cerrar.
El cristal brilló con violencia.
Kael no esperó más.
Corrió.
El fuego no explotó.
Se plegó.
La roca bajo sus pies se abrió como una puerta antigua, revelando un túnel olvidado.
Kael se dejó caer en la oscuridad.
Detrás de él, el grito de la rastreadora resonó con furia.
—¡El Juramento sigue vivo!
La tierra se cerró.
Y en lo profundo del mundo, algo ancestral sonrió.